14 February, 2018

Le dije que vivíamos como reyes

 Con calor, mientras los pájaros cantaban, pegados a las sábanas, con la ventana abierta y las cortinas bailando, la luz que se reflejaba contra los edificios blancos filtrándose dentro del cuarto, en el silencio de febrero; yo la miré y le dije que vivíamos como reyes. Quise decirle que éramos los privilegiados de nuestra época, que solo nosotros podíamos disfrutar de una tarde muerta con tanta tranquilidad. La gente de más y menos edad, de más y menos dinero, con personas a su cuidado o sin nadie para compartir la vida ya no podía sentir eso que estábamos sintiendo, o mejor dicho, aceptar lo que estábamos recibiendo.
 Solamente nosotros ostentábamos el beneficio. Teníamos frutas de todas partes, en una heladera que medio siglo antes apenas estaba al alcance de la aristocracia, y derrochábamos la libertad por la que tanto se había matado y muerto en la Historia de la humanidad. La malgastábamos, así tirados en silencio, con los ojos abiertos, a distancia por el calor pero juntos en la respiración, que seguía acompasada. Ella me miró sin decir nada, tal vez no me entendiera, porque un comentario como ese solo puede causarnos culpa.
 No estábamos entrenados para disfrutar de la realidad, y sentirnos culpables era parte de nuestra herencia. La clase alta, con las manos manchadas de sangre, ahuyentaba los remordimientos de su reposo con vicios y lujos desmedidos, como amuletos brillantes contra la reflexión de su propia imagen. Para nuestros abuelos el reposo había sido algo directamente inmoral. La gente, cuando no estaba trabajando, se envilecía; eso dictaba la norma, y una señal de buena educación dentro de nuestras familias había sido siempre esconder o disimular el placer de no estar haciendo nada. Sencillamente tirados en la cama, juntos pero separados, y alegres.
 Elaboré mi idea. Le señalé los libros sobre la mesa y le pregunté cuántas personas los tenían a su alcance: textos para interpretar y entender lo que decían las noticias, novelas para pensar en la naturaleza humana, poemas y enciclopedias. La envidia de cualquier sabio, hasta hace muy poco. El ventilador, otro milagro moderno. La ropa en los armarios, a nuestro gusto personal y selección. Y mirá dónde estamos (alcé las manos). Cerca del centro, contestó. No, estamos acá tirados; lejos de donde caen las bombas. No estamos ni en la cancha, ni en la iglesia, ni haciendo el trabajo barrial para un partido que a la hora de las elecciones manda de candidato a sus peores fariseos. Lejos de las obligaciones, las conspiraciones, las tribus urbanas y las apps de citas. Estamos como queremos, le dije, y si hacemos silencio no va a venir nadie a molestarnos.
 Volvió a mirar hacia el techo, entrecruzando los dedos, preocupada por mi alma de hereje. No quería ser la que se encargara de explicarme que lo nuestro era una mentira. Yo entendía eso, decirlo en voz alta hubiera sido una hostilidad gratuita, pero sabía perfectamente que lo nuestro no era a largo plazo. Solo intentaba hacerle ver, liberándola de lo que significaba, toda la riqueza del momento; como suspendidos en una hamaca paraguaya, o dormidos en una canoa que bajaba por el río. Sin nada que hiciera falta; y le dije que sentirse así era el objetivo de la vida.
 Me conocía a morir, y tal vez la sonrisa con la que cerró el diálogo fuera un acto de compasión por su parte. Ella, que decía no tener ambición. Que se sublevaba con mi ausencia de carácter y mi fragilidad, pero que después confesaba admirarme. Conservo ese recuerdo adentro de un diamante, y nada tiene permiso para ensuciarlo. Llevo esa sensación sobre el pecho como quien lleva un rosario, porque me recuerda que fuimos felices y que, llegado el momento, vamos a volver a sentirnos llenos.




28 December, 2017

Melala

 Un problema gordo y peludo lo tuvimos con ese último caso del circo que no se quería mover porque le había ido un poco mejor de lo calculado, y entonces pretendía dejar puesta la carpa medio mes más. Le explicamos al gitano que ya teníamos alquilado el baldío para la fecha; lo de la fecha era mentira, pero necesitábamos limpiar, y no hubo manera de hacerle entender a ese muchacho que nadie le estaba regateando. Por supuesto que él se enojó como si hubiéramos roto nuestra parte del contrato, se agarró la calentura contra el pibe que pasaba a cobrarle la semana y le escupió la camisa. Cuando lo mandamos a llamar, mandó a su hija con la plata de los quince días por adelantado.
 Yo le dije a Rodriguito que había dos posibilidades: o bien se estaba pasando de listo, o bien eso era normal para ellos y estábamos ante una diferencia cultural. En ambos casos, le dije, la solución era llamar a la cana. Duro como es, Rodri quería que fuéramos nosotros primero a ver qué cara nos ponía; así que le caímos encima un domingo antes que empezara la función.
 Tomamos la precaución de llegar en otro coche para que nadie nos reconociera y le avisara; nunca hay que perder el efecto sorpresa a la hora de enfrentarse con los taimados. Además del cabezón, venía con nosotros un negro de otro despacho y el pibe de los mandados, para que le pidiera disculpas en frente nuestro. A una cuadra del lugar ya tuvimos que ir bajando la marcha porque estaba lleno de gente caminando por el medio de la calle. Cuando bajamos, bastante antes de la entrada, hicimos los metros que faltaban esquivando la guerra de nieve loca que se tiraban los pendejos.
-Está cerrado hasta las siete y media -dijo el tipo que cuidaba la reja.
-Vengo a hablar con Antonio -le contesté, como tiene que hablar un patrón.
 Pasamos, y ya se notaba el tono de la visita, porque los del circo nos miraban en silencio casi esperando la orden para atacar. El lugar era una mugre. Llegamos hasta la casa rodante de Antonio y los hijitos nos comentaron que estaba en la carpa, ordenando los números. Pedimos indicaciones para encontrarlo y buscamos la parte de atrás de la carpa. Ahora vamos a arreglar bien los números, dijo el cabezón de Rodriguito en el camino; yo le hice la seña de que bajara, que no había que entrar en caliente porque así no se resolvía.
 En el circo hay mucho tipo forzudo, equilibristas y fulanos anchos que levantan pesas, pero de lo que hay que cuidarse es de los loquitos; los tipos raros que fueron a parar ahí porque los abandonó la mamá en una canasta cuando nacieron. Esos, que son los más valientes porque se pasaron la vida cagándose a trompadas cada vez que alguien les decía hijo de puta, son los que hacen las tareas de limpieza y los actos más jugados, como malabares con cuchillos o piruetas en moto.
 Faltaban veinte minutos para que entrara la gente y entonces la carpa era un hormiguero de pibes y pibas yendo y viniendo con sogas, baldes y caños para todos lados. De fondo sonaba la música de Zorba el Griego que iba con el acto de apertura de los payasos. Encontramos a Antonio desenredando una madeja de enchufes y extensiones mientras le gritaba entre puteadas a una vieja que se callara la boca y subiera a probar las luces.



 Saludó sorprendido, con sorpresa genuina o bien fingida, como quien recibe la visita de un amigo. Atrajo con un ademán a un flaquito que tenía cerca y le dijo quiénes éramos, como si presentarnos fuera un elogio. Intentó hacerse el boludo, diciendo que estaba ocupado, y yo sentí cómo el Rodri se venía para adelante pero en lugar de frenarlo dejé que le pusiera algún rigor a ver si empezábamos con el pié derecho. El cabeza le preguntó sin darle vueltas por qué todavía no habían levantado la carpa.
 Poniéndose serio, con cara de justo ahora no puedo, el gitano le hizo señas a la vieja en el poste de las luces y nos pidió que lo acompañáramos mientras terminaba de acomodar. La música sonaba cada vez más alta y saturada.
-Me dice la nena que quieren vender el baldío para hacer un supermercado -empezó por comentar, como si quisiera llegar a algo.
-A ver, Antonio -intenté ordenar-, el predio ya está vendido hace un año; tienen que comenzar la obra antes del verano para terminarlo en fecha. Eso no tiene vuelta.
-Claro, qué cagada. ¿Y les dijiste que nosotros nos vamos a quedar hasta fin de noviembre?
-No, Antonio -se metió el Rodri-, nadie les dijo nada porque nosotros cuando arreglamos algo siempre lo cumplimos.
 El gitano estaba acostumbrado a negociar así, o se hacía el desentendido, porque sobrellevaba la situación con cara de ángel. Era como hablar con un médico: escuchaba solamente lo que tenía ganas. Cada tanto cambiaba de expresión para gritar órdenes furiosas, desahogándose con los empleados o demostrando autoridad en frente nuestro. Pasamos por varias capas del toldo, la música era apenas sonidos guturales, y al final llegamos hasta un enrejado. Mientras veníamos discutiendo Antonio le pidió a nuestro pibe que dejara cerrado con candado, que salíamos por el otro lado. Yo le hice que sí con la mirada para que no perder tiempo, porque parecía que ya lo teníamos contra las cuerdas; y en eso estábamos cuando de la nada el gitano de mierda gritó ¡Melala! ¡Vení, Melala!, y apareció un puma caminando al lado nuestro.
 Nunca había visto uno así de cerca; era un bicho grandote, que le llegaba al negro hasta la cintura. Antonio siguió charlando como si no pasara nada, continuando con lo que fuera que venía diciendo, mientras se arrodillaba para acariciarle la cabeza con la yema de los dedos. Sacó de la campera una petaca y un pedazo de pan, mojó una cosa en la otra y le dió de comer en la boca, sosteniéndolo del collar.
-Le gusta el aguardiente a la hija de puta.
-Es ginebra -lo corregí, porque no supe qué decir, ni tampoco pude quedarme callado.
-Ésta se llama Melala -explicó, sin que nadie se lo pidiera-; es la que manda, yo no la saco más con la gente porque no me animo, pero la sigo teniendo porque es la que controla a las otras.
 Hizo una pausa en ese momento, y aprovechando que estábamos congelados siguió hablando:
-Es una leona. Son jodidas estas, son malditas... No sirven para dar cría, si querés que den cachorros tienen que ser para eso y no las podés mover, ¿viste? Las tenés que dejar quietas, sino se comen a los cachorros. Bah, no se los comen, los matan nomás.
 Prosiguió con su monólogo de animales asesinos hasta que se paró para acomodarse la peluca arcoiris de presentador, excusándose por la falta de tiempo. Nos pidió que por favor nos quedáramos, a ver así podíamos terminar de hablar tranquilos al final de la función, tomar algo juntos y llevarnos la plata en mano ya que estábamos ahí. Yo me tragué el orgullo, Rodri y el negro los huevos, y salimos detrás suyo sin decir una palabra. Gitano de mierda, se notaba que no era la primera vez que largaba su discursito de la leona.
 Después resultó que el circo vendía falopa en las gradas y cuando le mandamos encima a la cana fue peor, porque arreglaron por arriba nuestro con los del juzgado para que nadie pudiera moverlos de ahí. En lugar de dos semanas, se quedaron dos meses; la carpa estuvo fija en el baldío hasta febrero, sensacional éxito. La guita es así, te conviene agarrarla cuando viene porque siempre va a haber otro que la ataje. Yo como un boludo tuve que renegociar con los del terreno, que iniciaron acciones contra el municipio. Al final hasta le buscamos la vuelta para que le sirviera a ustedes antes de entrar, y terminó resolviéndose con más plata.
 Sacando eso, que lo sabe todo el mundo, te diría que el laburo en la secretaría jamás nos presentó ningún problema. Ahora, si me aceptás un consejo, antes de cerrar los nombramientos yo que vos le busco la manera de ponerlo al negro éste en algún lado porque es el que conoce más del oficio; no me lo llevo al equipo nomas porque no puedo. Nosotros igual vamos a estar acá en frente, así que cualquier cosa me lo mandás a decir con el pibe, que ahora es chofer de la cámara; me hablo todo el tiempo con él en los pasillos del tercer piso, cuando tiene las reuniones el diputado, ponele que una vez a la semana.

02 August, 2017

Bonus Truck

Cuando pasé al comedor, la risa de los tipos tirados en el sillón se interrumpió para ver quién entraba. Con las piernas sobre la mesita, los dos novios de las amigas esperaban la comida fumando y viendo la tele. El de la morocha era un tarado competitivo, compulsivo de la actualidad futbolística y pichón de abogado; el de la rubia era un tarado inescrupuloso que jugaba a militar en una agrupación oficialista, un tarado obsecuente, perfecto para su época.
El tercero, que completaba las juntadas de pareja, era yo: un tarado amargado y en vías de enloquecer. Un tarado anacrónico, poco útil para las reuniones. El desinterés era mutuo, el saludo correcto y la charla normal, con los tiempos apropiados y los chistes de rigor.
Atrás en la cocina estaba ella. Arremangada, con salsa en la punta de los dedos, apoyada contra la heladera, riéndose de forma translúcida: con la inocencia que me enamoró la primera vez que conversamos sentados en un colectivo de línea. Había tomado un poco, se le notaba en los ojos y las mejillas. Pero poco, el calor del horno seguramente ayudaba a que se le subiera rápido.
En realidad siempre se le sube rápido.
Me dio un beso profundo, levantándose en puntas de pié, reclinándose contra mi cuerpo. Ella es otra cuando está con sus amigas. Puedo aceptarlo, pero realmente no se qué hacer en esas ocasiones. Me siento como si mi auto se hubiera roto en medio de un embotellamiento. La multitud me odia.
La situación es como un gato en una bolsa: yo soy la bolsa.
Compartí un poco de sillón y una charla con los novios. Sin conocerlos, sabía cuáles eran sus frustraciones y sus mezquindades, porque las chicas eran incapaces de guardarse nada. Ellos por supuesto también conocían las mías. Pero me intrigaba saber qué opinarían de mi estado actual.
Miraban un partido, distraídos. Les pregunté quién jugaba. Entendí, por la pausa, que era una pregunta indecorosa; significaba que no lo sabía de antemano ni que, como mínimo, reconocía las camisetas.
Pero lo que en realidad quería preguntarles era si ellos creían que el lenguaje condiciona al pensamiento, y en qué medida. Porque el pensamiento no es lineal ni es traducible, no tiene leyes o estructuras que lo ordenen. No va de atrás para adelante, no tiene un criterio natural de prioridades. Todo eso es propio del lenguaje, que nos permite expresarlo, cobrándose un diezmo de sentido en el proceso. Yo hablaba de la imaginación.
Arsenal, Independiente. Qué poético.


El tiempo pasó y me vi a mí mismo en el reflejo de una puerta de vidrio, comiendo y tomando vino, acompañado de gente que no me interesaba, sacándola a ella. Preguntándome si serían tan felices como aparentaban, si yo merecía ser feliz. Preguntándome qué era la felicidad, pero completamente advertido que se es feliz o infeliz por partes, de a momentos y en determinados aspectos de la vida. Que nunca es absoluto; que la pregunta acerca de la felicidad, así mentada, era una trampa más simple y sencilla que la caja con la soga y el palito.
Pero esa es una trampa para conejos, y soy un conejo después de todo. O una coneja. Esta falacia de pensamiento que me llenaba el ánimo de colesterol iba a empezar a disolverse el día que lo aceptara, aunque todavía no podía hacerlo porque era un paso que me tocaba dar por mí mismo.
Porque, en mi extravío, dudaba si en realidad no sería un gato.
La diferencia no era tan importante, pero había un detalle significativo: al gato no hace falta ponerle nada en la caja. Se mete de curioso, y eso lo condena. 
Por lo demás, el sabor de la carne, que es lo que se busca de las presas, es muy parecido. La de gato es más fibrosa, con un sabor fuerte típico de los predadores. El conejo será más tierno pero tampoco es pollo.
Se resiste un poco al masticarlo.
Se revuelve adentro de la bolsa.
Se murió ese coche en la autopista.
Se quedó sin hilo mi pensamiento, l
a imaginación.
Basta de vino, gracias, por favor.

07 July, 2017

Era ésto, o compartir otro meme de evangelion

Digo yo: cualquiera puede usar la regla de tres simple cuando está volviendo de la carnicería y se pregunta si no lo cagaron con el vuelto, pero a cuál de nosotros le daba la cabeza para inventarla. Claro que reparar en ese detalle es perder el tiempo. Y como sinónimo de complicarse la vida gratuitamente, tenemos una frase muy ilustrativa: no vas a inventar la pólvora.
Aún peor, imaginemos esas cosas que llevan práctica, las que se consiguen solamente tras años de compromiso, como ser trapecista o tirar un buen freestyle. Tantas cuestiones, tan raras y artificiales, que hacemos para divertirnos; todas resultado de un larguísimo perfeccionamiento cultural.
No es que se le cayeron de la cabeza a algún genio anónimo olvidado por la Historia.
Sin embargo está en nuestra naturaleza sentirnos mal por no saber atarnos los cordones hasta que aprendemos, y después nos burlarnos del que todavía no sabe, porque era lo más fácil del mundo.
Todo lo damos por descontado una vez que lo tenemos. Y ahí, en ese olvido, se esconde nuestra incapacidad para revisar los malos hábitos que tanto trabajo da controlar, y también nuestra desgracia. Esa costumbre aceptada de putear contra la vida.




En el otro extremo está la cultura de dar gracias constantemente, de la madrugada hasta la noche, por cada cosa que se hace o que se tiene; pero eso es algo religioso, en el sentido amplio de la palabra y las personas que lo practican tienen que esforzarse en no quitarle su significado.
Los académicos aceptan que los ricos tienen la Historia y que para los pueblos queda la Memoria. Todo el sentido común nos señala que el mundo va a seguir cambiando, en cuanto a lo tecnológico se refiere. No hay teórico de la posmodernidad que no haya intentado marcar las etapas de una nueva era: nos decían que la humanidad tenía su antes y después de la bomba atómica, del ácido lisérgico, de las píldoras anticonceptivas, de la televisión a color, de las transmisiones mundiales y su llegada a la luna, de la guerra fría; de los calores de la guerra fría, del fin de la guerra fría, de internet, de la clonación, y del presidente negro de Estados Unidos.
Todo eso ya está digerido y quedó en nuestro olvido.

Cuánto más fácil nos va a resultar llevarnos el día que aprendamos a compartir nuestros problemas privados y cotidianos en lugar de atesorarlos detrás de esas imágenes publicitarias llamadas estereotipos que no construimos pero que nos desvivimos por reforzar. Lindo va a ser el día que no tengamos que andar impostando nuestra identidad por miedo a que la libertad de los demás se nos venga encima, cuando finalmente muera ese mito de la provocación.
Pero, por ahora, vivimos bajo la dominación naturalmente conflictiva de la fuerza. Al que diga que no, le pregunto qué pasaría mañana si de repente nos despertamos y no hay más policía. La respuesta es que otro pacto, respaldado en última instancia sobre la legitimidad de matar al disidente, ocuparía el vacío del actual. Todo muy The Walking Dead. Y, aunque obviamente no es lo que preferimos, difícilmente ese mundo sería más difícil de sobrellevar para la mayor parte de la gente. Eso sí, lo que de ninguna forma sería es menos humano. De éstas cosas y más habla Michel Foucault, quien observó tanto lo cotidiano como lo que hemos olvidado para develar el motivo ulterior de nuestras penas injustas, que es el control de los cuerpos. Un proyecto tan ambicioso como la conquista del mundo, o incluso peor, porque éste sí se ha demostrado posible.
Un eje fundamental de ese proyecto consiste en establecer la idea de haber alcanzado el pináculo de la civilización; decir que no se puede vivir mejor, y que intentarlo es jugar con fuego. Mucho se comenta acerca de las trampas del sistema: de cómo una minoría hegemónica que sabe cuidar sus intereses colectivos instauró sobre los demás el discurso de reglas mediante las cuales sería lícito intentar subir de level. Leyes que como toda Ley, desde el día que Jehová las inventó para sacar a los originales de su V.I.P., no se aplican sobre quienes las imponen.
Yo no creo en eso.
No me parece que las personas, como predica el liberalismo, persigan realmente la satisfacción. Tampoco me trago la versión de un grupo de magnates como aliens que tiene al resto del mundo domesticado; disculpen, pero no puedo. Aunque algo de eso podría haber: me imagino a los presidentes levantándose temprano, o tarde, y yendo a leer las noticias con actitud de "¿en qué andarán hoy los chicos?". Tampoco tan House of Cards.
Este mundo es, desde mi perspectiva, la supervivencia del más organizado; y si desconfío de las explicaciones tradicionales, patrióticas y católicas, es porque resultaron estar todas basadas en una corta lista de mentiras ridículas. Pero nadie se confunda, yo creo que es necesario unir a los argentinos. Más todavía, personalmente comulgo con el otro proyecto, el de unir a los latinoamericanos. Sin embargo, admito que es poco. Es necesario seguir siendo ambiciosos. Que los trabajadores estén unidos, y con ellos todos los demás dentro de este ranchito de adobe llamado sociedad global; y si no lo extiendo aún más es porque no le veo el punto en continuar molestando a las comunidades originarias. Ni siquiera a esos ornitorrincos de la antropología que son los antropófagos de Nueva Guinea (Lea, donde sea que estés, ese comentario fue en tu honor).
Lamentablemente, es una utopía, es decir, otra mentira, pensar en tal tipo de asociación humana. Implica creer en aquello tan mancillado de que solo la verdad nos hará libres, allá cuando ya nos hayamos cansado de lapidar y ser lapidados alternativamente. No veo eso sucediendo, tal vez porque es algo que se plantea demasiado gratuitamente. Lo que trato de decir es que hace doscientos años se declaró la independencia, y que fue un paso importante porque implicaba aceptar que todos somos iguales; pero que ya es tiempo para que declaremos la interdependencia, entendiendo que somos todos diferentes. Que nadie es ni podría jamás llegar a ser normal, porque eso es un cuento.
Esto no lo es; y existe para secundar la idea, en circulación, de por qué la suma de nuestras verdades conduce a la superación de la especie. Muchas gracias por tomarte un tiempo de tregua para leerlo.

20 May, 2017

Lunes, 18 de Febrero de 1957




Era de nuevo la siesta, que me hacía
deseable pero riesgoso el lecho”.

Antonio Di Benedetto, Zama, 1956.



¿Se puede saber cuándo terminará esta seca?, saludé, sombrero en mano y tratando de pasar de largo para no iniciar conversación. La gallega, que se afanaba los domingos en barrer la vereda, replicó algo indistinto, pero con un juego en la mirada que me hizo maliciar.
Lo mejor era tratar de guardarse de la demás gente, y ya me empezaba a preguntar si lo que buscaba no sería más bien llevarme la contraria. Llegado al fondo, revisé debajo de la maceta. La ausencia de llave me confirmó que, efectivamente, adentro estaría Desideria.
Noté, por el estado de la mesa y la cocina, que de nuevo había andado ordenando mis cosas. Tampoco había forma de hacerle entender que eso no me gustaba. Tendida, larga como era, se acostaba mirando la pared, evitando el reflejo de la luz, como se duermen las palomas. Busqué el cuchillo, corrí la máquina del centro del escritorio, y me puse a sacarle punta al lápiz. No tenía que hacerle ruido porque solamente dormida podía estarse tranquila. Necesitaba anotar lo que venía pensando antes que se me olvidara.
Se giró, capaz todavía soñando algo, sonriendo con los ojos cerrados para indicar que me había estado extrañando:
-Vení… -alcanzó a decir, con el cachete pegado a mi almohada. Dejé los apuntes que me había pasado Woltzaszczsy, que tampoco apuntaban demasiado, sumé algunas líneas, que no agregaban gran cosa, y resoplé por mi fortuna.
-¿Qué hacés? Vení… -insistió inmóvil, ya con la mirada fija que demandaba. Llevé la página hasta la cama, descalcé y me acosté al lado de ella. Me preguntó cómo andaba. Tenía la cara tan cerca que podía sentirle el suspiro, y la intimidad me incomodó. Le dije que cuatro y media volvía a salir para el centro, que siguiera durmiendo. Se volvió, tras una suave y ensoñecida lamentación, pero con algo de satisfecha. De espaldas, me informó que otra vez estábamos sin agua; y entendí que me mandaba ponerme talco.
De vuelta a lo mío: “...de entregarse con más esfuerzo hacia el trabajo, para devolverle la gloria en la economía al país que una larga dictadura puso de rodillas tras años de viciosa administración… tatatá... buena voluntad y empeño, y recordarle al lector que la familia argentina necesita en estos momentos más fe en diós que rencores o desconfianzas. Que así como el pueblo puede ser engañado y confundirse, así también los gobernantes pueden a veces equivocarse… blá y blá... pero que todo puede superarse cuando el amor a la patria se impone sobre el capricho personal y los sectarismos”.
Luego, ya se entendía, tocaba hablar de la exigencia impostergable de mirar hacia el mundo y hacia el futuro, amén de insistir en la predisposición de las Autoridades Revolucionarias para bienvenir toda crítica, siempre que fuera constructiva. No quise tachar nada, precisaba rellenar casi tanto como tenía escrito.
En definitiva, el punto de la cuestión eran las elecciones a mitad de año. Pero me faltaban las palabras. Como tampoco tenía título, anoté: Lunes, 18 de Febrero.
No tenía por qué ser tan complicado. Garrincha se burlaba diciendo que yo me hacía mucho drama, que el señor Lenchours firmaba cualquier cosa que parezca escrita con un sable. Le decíamos Garrincha porque si le dabas pelota te volvía loco. Lo envidiaba porque él sabía escribir todo del mismo tirón, de corrido, fluido y rápido como quien copia un dictado. Pero él no tenía novia y, al parecer, yo sí.
Volteé para el lado de Dedé. La camiseta se le había pegado a la espalda. Me fijé en su cuello, desnudo. Con el calor que parecía venir del infierno, su piel me largaba un perfume sin olor que era el de ella.
Busqué abajo de la cama un librito que guardaba para distenderme, algo que leía comprometido porque me lo había regalado para mi cumpleaños la semana anterior. Le dije que era el próximo, pero contestó que ya lo sabía, sin cambiar la expresión infantil jubilosa. Sus reacciones no tenían sentido, aunque para ella sí.



Un día se había presentado en la recepción, con una amiga del Liceo, vestidas las dos para aparentar más edad y con los labios pintados, diciendo que era mi esposa. Esa tarde discutimos, y terminé por decirle que era mejor dejar de vernos. Lloró como una madre que perdía a su hijo, o como una criatura que se le había muerto la mamá; no tuve el coraje de mandarla así a la casa.
¿Me querés?, había preguntado, como admitiendo una falta sin malas intenciones. De alguna manera le terminé prometiendo que cuando terminara sus estudios nos íbamos a casar, y desde entonces venía sin anunciarse. Yo todavía no sabía si se lo había dicho en serio o para calmarla. Primero, no había plata. Además, nos conocíamos hacía tres meses.
Era noviembre o finales de octubre, la orquesta había empezado a tocar tango y, por evitar el ridículo, me senté a conversar en una mesa. Dedé era la única que no podía bailar; se le había caído la peineta y alguien la había pisado. Estaba triste. A ninguno se le ocurrió comentarme la edad que tenía.
En diciembre la había llevado a ver el estreno de La Batalla del Río de La Plata. A la salida, le dije que estaba escribiendo una historia sobre Piedrabuena, no se por qué si no era cierto; pero ella se había quedado impresionada. Evidentemente, era por eso que esperaba sorprenderme con su regalo. Se trataba de una novelita histórica, de un tal Luis Sensini que nadie había sentido mentar, salida claramente del estante de novedades. Entendí que era lo que le había alcanzado para comprarme. Me enterneció el gesto. El título no decía nada; no tenía capítulos ni, para mi decepción, guerra. La leía para distraerme, porque eso que ella transpiraba no me dejaba dormir la siesta. De noche, cuando no estaba, también lo sentía.
Tampoco era un libro tan largo, ya lo llevaba más o menos por la mitad.
Leí: “Con harta frecuencia su recuerdo ponía en blanco las hojas escritas, y cuando en mi cama me visitaba la memoria de sus besos jugosos, bruscamente tomaba los libros para recuperarme. No lo lograba”. Paré de leer.
Besos Jugosos, caramba. Me pregunté si sería cierto que trabajar los domingos lo inclinaba a uno cada vez más hacia las tentaciones, por perder el hábito de la confesión. Me dije que no la podía seguir teniendo así en mi cama. ¿Ella no se daba cuenta que podía pasar algo malo? Porque tampoco era ingenua.
La idea me golpeó de repente, como quien se lleva puesta una mamposta por la cara.
–A esa edad, las pibas ya saben lo que quieren mejor que vos y que yo.
–¿Y qué es lo que quieren? ¿Jugar a la casita? Yo mujer puedo tener; pero hija, ahora, no.

–Quedate tranquilo nomás, que ya te vas a enterar cómo son las minas. ¿Vos en qué andabas a los quince años?
–No podés comparar…

–Es lo mismo. Capaz que peor. Mi abuela tenía quince años cuando se casó con el viejo. ¿Vos te pensás que había radio en aquel momento? No había ni fútbol. La pobre le dio seis hijos, mas los que habrá perdido. Garrincha se puso serio en ese momento, con cierto aire afectado que a veces tenía. Yo recién ahora, tirado en la cama, entendía lo que me había estado diciendo. Dedé jamás me pedía permiso para tirarse a dormir la siesta. Es verdad que mujer ya era, pero los modos le quedaban de muchachita.
La miré. La falda le tapaba hasta los tobillos, era clarita y yo podía verle la forma de las piernas, la curva de los muslos. Alguna carne tenía, a parte de tanto hueso. ¿Y si era exactamente eso lo que andaba buscando? Para obligarme después a cumplir con lo prometido.
La detesté. Quise creer que no podía ser.
No entendía su pensamiento. A lo mejor lo único que le importaba era ganarle a la hermana. Yo me había dado cuenta que Fernanda ni me miraba cuando me invitaban a la cena. Estaba muy claro: a la mayor le molestaba que a Dedé se le permitiera tener novio. Si Dedé le hablaba, era solamente para pedirle que le alcanzara algo, y nunca le daba las gracias. Por supuesto que yo de eso no preguntaba nada (más que preguntar, me la pasaba respondiendo), pero igual de algún lado me había llegado que Fernanda no tenía pretendientes; sacando a un pobre infeliz con el que se había conocido, un abogado que al final se vinieron a enterar que era judío. Dedé me había contado eso, ya me acuerdo.
Fue una tarde horrible en la ciudad de los niños. Me dijo que yo tenía que conocer, pero a los quince minutos de llegar empezó con que ya se quería ir. Era una cosa que daba pena, con los pastos por el techo y lleno de bichos. El agua parecía agua servida; todo era puro calor y mosquitos. Había que esperar el colectivo siguiente, así que nos metimos en la iglesia para escaparle al sofoco. Ahí, por no tener de qué hablar, me entró a contar de la hermana.
Cuando salió de estudiar en las monjas, llevándole la contraria al padre, había hecho un curso de dactilografía en la asociación de la mujer. Trabajó un año en el despacho de unos parientes que tenían campos y loteos pasando el matadero, alquilando una pieza (según Desideria entendía) un poco más chiquita que esta; haciéndose la ocupada, decía, y visitando solamente los domingos.
A fines de ese año había finado una abuela que las dos querían mucho, que vivía en la casa con ellas, y en la cena de navidad terminaron todos discutiendo como el diablo porque alguien le había echado la culpa de todo a Fernanda, que a la vieja la había matado del disgusto por tanto dar problemas y no se qué más. Así las cosas, superado el berretín y sin marido, había terminado volviendo con la familia; lo ayudaba al padre con toda la papeleta del consultorio, se encargaba de la limpieza del estudio (así no quedaba la llave con nadie ajeno), y de paso también daba una mano en la casa.
El problema con Desideria no se cuál sería, nunca me lo contaba, aunque por lo general me hablaba como si yo ya supiera. Ese día horrible en la capilla también se había emocionado, y el cura nos había amonestado para que guardásemos silencio.
Era lindo ver cómo no se daba cuenta, y terminaba hablando rápido como los teros. Era como si ya supiera que no la iban a dejar hablar, y entonces se apuraba para terminar de decir todo lo que quería bien rápido. Por apurarse más todavía, la mitad de las cosas te las decía con la mirada, hacía preguntas retóricas y en seguida las contestaba, siempre de corrido como leyendo un telegrama de guerra. Pero después, otras veces, no decía nada y era como ser apuntado con un revólver, porque parecía que podía escuchar lo que uno pensaba. De ser descontrolada, no sé cómo, pasaba a tener la manea y hacer que me costara trabajo sostenerle la mirada.
Pensar en esa charla atolondrada que tiene me daba ganas de abrazarla, es una cosa encantadora; pero cuando ponía esa mirada me dejaba en blanco. Era una magia de mujer que no tenía frente al resto. A veces hasta le entendía lo que estaba pensando, como si además de escuchar pudiera hablarme con el pensamiento. Yo reaccionaba sorprendido pero generalmente no me equivocaba, y a ella le complacía.
Si realmente estaban en una carrera con la hermana a ver cuál era la primera en conseguir marido, entonces seguramente no estaría sopesando bien su conducta. Era impulsiva, nada más. En el fondo algo de eso me gustaba, esa manera suave de ser retobada; muy distinta de mí. Son once años de diferencia, que parecen una vida.

Desde la cocina llegaba el rumor del viento en los árboles del patio de al lado. Era la señal tan esperada de una brisa de aire en movimiento, que pronto sería aire fresco. Todo se vuelve más ligero pasada la calma de febrero, la humedad vuelve a ser soportable y los grillos cantan pero ya sin furia. Tengo que conseguirme uno de esos Vórtalex que entraron hace poco.

04 March, 2017

CACA EN LA CARA

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Los especialistas de todo el mundo no tenían nada para decir al respecto. El término más equilibrado para nombrarlo sería "fenómeno", aunque en la bibliografía de su época principalmente se usaban las palabras "amanecer", "epidemia" o "revolución intelectual y moral". De todas formas, lo de su época tampoco se puede describir como bibliografía; más bien eran algunos comentarios sueltos en las redes sociales.

Esta es una historia de la época de las redes sociales. Quién la comenzó, no tengo idea: a lo mejor fue bruce lee en 1970 cuando habló de volverse como el agua, o quizás fue eva perón, aunque lo más probable es que haya sido el profeta elías hace unos tres mil años.
No quisiera hablar de lo que no sé, pero hay que aclarar de antemano que ahora ya es tarde para tratar de abarcar al fenómeno con nuestra mente, porque el "fenómeno" terminó por contenernos y encerrarnos a todos. Ahora, los que intentan analizarlo o definirlo terminan por caerse en un infierno de metáforas sin objeto, en un loop del que solamente salen humillados y rendidos.
¿Quién había provocado tanto caos entre los humanos domesticados? ¿Era caos realmente? Algo, sin dudas, tenía que ver la caída de la unión soviética, seguro; pero más todavía tenía que ver la llegada de unos cosmonautas que nos invitaron a conocer la tierra de los cuentos de hadas a la que llamamos internet. En orden de prioridad, todos fuimos embarcando hacia ese planeta para asegurarnos cuanto antes una parcela. Charlando ahí, mucha gente se fue dando cuenta que lo que le pasaba no era ni tan raro ni tan personal.
La televisión y el cine les habían estado mintiendo. Tal vez no supieron entender lo que estaban mirando. Un sector importante y peligroso de estos eran los que se habían cansado de programas estúpidos sobre trivias ridículas que jugaban con los sueños de los laburantes, ilusionándolos con premios millonarios que nadie jamás recibía. También se habían cansado de representaciones sobreactuadas, de chimentos tan escatológicos como intrascendentes, de series acerca de médicos proeficientes, románticos policías justicieros y el sinfín de argumentos sobre huérfanos cantores con vidas aristocráticas. De noticias morbosas, de predicadores del apocalipsis que los tuteaban, de famosos en concursos de baile. De ruidosos periodistas deportivos que no lo eran, trabados en eternas discusiones que tampoco lo eran, saturados de información vacía. Y no había más paciencia, ni para el cadáver que invitaba gente al almuerzo, ni para la vieja de peluca rubia que hacía preguntas boludas.



Miraron eso durante horas, todas las semanas, cuando volvían a sus casas. Los años se les volvieron décadas. Por sobreexposición de caca en la cara, ese núcleo de disconformidad era ahora un foco guerrillero del consumo alternativo. No querían más mugre en sus oídos, en su plato, en sus sueños subconscientes, y ya habían perdido el miedo a la burla pública.
Porque, hay que mencionarlo, la imagen de alguien gateando desconcertado mientras la plebe le tira podredumbres en la cara dejaba para siempre de ser un relato del fracaso. En esta era, el verdadero escarmiento público (el que sufrieron esos adelantados que tomaron la vanguardia para enfrentarse "uno contra uno" al nuevo jefe) era el yugo de una indiferencia sin desprecio, una demostración de infinita irrelevancia que reflejaba la amenaza que esos quijoteros representaban para el nuevo orden de los tiempos: lo mismo que nada.
Entonces, lógicamente, armaron clubes. Y esos clubes tuvieron sus picas, para regocijo de los mediocres, y disputaron sus torneos imaginarios y sus batallas campales, como es saludable a todos los clubes. Fue.
Digamos, ya que estamos, que las cosas habían mejorado. La humanidad había dado un paso extraño en dirección hacia su propia felicidad, a la vez que se alejaba del iluminismo con el que se había cebado tanto de la cabeza. Por el camino de los grandes errores graciosos, de los collares de cuarzo y de los libros de autoayuda, se abría una senda perdida hacia la caída del imperio romano de occidente. De eso tenemos que hablar, claro, pero ¿por dónde se comienza una historia cuando no es desde sus orígenes? Desde sus efectos, digo yo: y eso es precisamente lo que se empezó a sentir en esta breve etapa en la que fechamos nuestro cuento.
Algo había empezado a deslizarse por fuera de los cánones del mundo, algo que al principio causó gracia porque generaba mucha incomprensión, pero que pronto se volvió más real que la realidad, y hubo que empezar a tomarlo como cosa seria. Unos chamanes peruanos habían inclinado la balanza electoral en beneficio de donald trump, un puñado de hackers enmascarados proclamaba estar persiguiendo bajo amenazas al grupo bilderberg, y lo que comenzó como una reacción contra la prohibición del topless femenino terminó en un levantamiento a escala nacional con incendios en las comisarías y jueces federales colgados de los árboles; que tuvo enfrentamientos sangrientos contra los autodenominados maestros voluntarios. El vaso de lo normal estaba comenzando a derramar desde el fondo, ya estaba pinchado, y se notaba demasiado.
Pero, de todos modos, la anomalía pasaba a ser un lugar habitable. También la muerte, aunque las reformas nunca alcanzaron el ámbito de lo doméstico, donde seguía siendo tan dolorosa como irremediable. Al menos, la nueva administración había tenido la sensatez de intentar hacer algo al respecto, más allá de saber perfectamente que no se podía hacer nada que cambiara los resultados, obviamente. El enfoque, hay que rescatarlo, demostró que el nuevo modelo tenía la capacidad de generar aportes valiosos, reasignando los recursos y adquiriendo estrategias de otros sectores; de los indios, por ejemplo, a quienes se volvió a poner de moda, tercerizados, eso sí.

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16 February, 2016

Blátidas





Hacían millones de grados de calor y el verano todavía no empezaba. Nos pasábamos las tardes "estudiando", como un pretexto para quedarnos tiradas en casa, pero las cucarachas nos tenían sitiadas desde noviembre.
-No te hacen nada, boluda -le dije-; no pican.
-¿Y a quién le importa si pican? Me dan asco.
Ya empezaba con su tono caprichoso de hermana menor.
-Son más limpias que las palomas, y capaz que más inteligentes también.
-Por mí que sepan cinco idiomas, si vuelvo a pisar otra te juro que lleno la casa de sapos.
-Tenés que dejar de andar en patas boluda. Además, los sapos no se las comen.
-¿Y las cobras?
Me acordé de ese episodio de los simpsons que tratan de controlar una plaga de lagartos introduciendo otras especies. Diana era de esas chicas muy drásticas con cualquier cosa relativa a sus fobias. Y yo solamente quería saber si podía hacerla cambiar de idea, porque era tan crédula, así que trataba de persuadirla:
-Si no te hacen nada malo, tratá de imaginarte que te gustan y punto.
-¿Cómo? -dudó.
-No se, a veces son tiernas.
-Nunca.
Desvió la mirada del suelo para ver si le estaba tomando el pelo. Con seriedad, arranqué:
-El otro día me pasó que fui a matar una y, justo cuando estaba por ejecutarla, giró su cabeza 180 grados y me miró con ojitos de bebé, como diciendo: "Yo sé que vas a aplastarme por el solo crimen de ser fea, pero al menos quiero que sepas que lo único que intentaba era procurarle comidita a mis quinientas larvas hambrientas".
Hizo una pausa. Entendiendo que no iba a seguir, me preguntó:
-¿Y qué hiciste?
-La dejé irse.
-¿La dejaste que se fuera? -abrió mucho los ojos-, ¿Vos sos boluda? Si seleccionamos las más tiernas en nada de tiempo van a ser tan adorables que no las vamos a poder seguir matando. ¿Cómo las vamos a frenar entonces? ¿Con un decreto? Hay que eliminar a las menos feas primero, es sentido común.



No volvimos a tocar el tema de las cucarachas. Un día, con el pretexto de estar hablando sobre kafka, le llevé la conversación para ese lado.
-Estuve pensando, y creo que el miedo irracional que les tenemos viene del rechazo por todas esas similitudes que compartimos.
-No es miedo -apuntó-, es asco.
-Sí, ok. Creo que nos vemos en ellas: es un miedo heteronormativo.
Siempre se le podía entrar por ese lado.
-¿Quiénes nos vemos? -desconfió.
-Las mujeres blancas.
Me miró, como tantas otras veces, esperando a que desarrollara mis argumentos para empezar a juzgarlos.
-¿Por qué? -quiso saber.
-Bueno, porque son todo lo que nos dicen que no tenemos que ser: negras, sucias y peludas. Además, tienen olor.
No criticó nada. Era el beneficio de la curiosidad. Le comenté:
-Si, y fijate esto: pertenecen a la familia de los blátidos. El nombre quiere decir que se esconden de la luz del sol. Somos nosotras, boluda.
-¿Y qué más? -exigió.
-Bueno, al principio solamente estaban en Europa pero en un par de siglos llegaron en barco hasta todos los rincones del mundo, acompañando al hombre blanco.
Acentué el final de mi disertación con una mirada capciosa.
-Es buena -reconoció pensativa, y agregó-; entonces con más razón deberíamos aplastar a las lindas primero.