7.07.2017

Era ésto, o compartir otro meme de evangelion

Digo: cualquiera puede usar la regla de trés simple, cuando vuelve de la carnicería y se pregunta si no lo cagaron con el vuelto; pero, ¿A cuál de nosotros le daba la cabeza para inventarla? Claro que reparar en ese detalle es perder el tiempo. Y como sinónimo de complicarse la vida gratuitamente, tenemos una frase muy ilustrativa: no vas a inventar la pólvora.
Aún peor, imaginemos esas cosas que llevan práctica, las que se consiguen solamente tras años de compromiso: como ser trapecista, o tirar un buen freestyle. Tantas cuestiones, tan raras y artificiales, que hacemos para divertirnos; todas resultado de un larguísimo perfeccionamiento cultural.
No es que se le cayeron de la cabeza a algún genio anónimo olvidado por la Historia.
Sin embargo, está en nuestra naturaleza sentirnos mal por no saber atarnos los cordones, hasta que aprendemos, y después nos burlarnos del que todavía no sabe, porque era lo más fácil del mundo.
Todo lo damos por descontado una vez que ya lo tenemos. Y ahí, en ese olvido, se esconde nuestra incapacidad para revisar los malos hábitos que tanto trabajo da controlar, y también nuestra desgracia. Esa costumbre aceptada de putear contra la vida.




En el otro extremo está la cultura de dar gracias constantemente, de la madrugada hasta la noche, por cada cosa que se hace o que se tiene; pero eso es algo religioso, en el sentido ámplio de la palabra, y las personas que lo practican tienen que esforzarse en no quitarle su significado.
Los escolásticos aceptan que los ricos tienen la Historia, y que para los pueblos queda la Memoria. Todo el sentido común nos señala que el mundo va a seguir cambiando, en cuanto a lo tecnológico se refiere, más y más rápido a cada momento. No hay teórico del post-modernismo que no haya intentado marcar las etapas de una nueva era: nos decían que la humanidad tenía su antes y después de la bomba atómica, del ácido lisérgico, de las píldoras anticonceptivas, de la televisión a color, de las transmisiones mundiales y su llegada a la luna, de la guerra fría; de los calores de la guerra fría, del fin de la guerra fría, de internet, de la clonación, y del presidente negro de Estados Unidos.
Todo eso ya está digerido y quedó en nuestro olvido.

Cuánto más fácil nos va a resultar llevarnos el día que aprendamos a compartir nuestros problemas privados y cotidianos, en lugar de atesorarlos detrás de esas imágenes publicitarias llamadas estereotipos, que no construímos pero que nos desvivimos por reforzar. Lindo va a ser el día que no tengamos que andar impostando nuestra identidad por miedo a que la libertad de los demás se nos venga encima, cuando finalmente muera ese mito de la provocación.
Pero, por ahora, vivimos bajo la dominación naturalmente conflictiva de la fuerza. Al que diga que no, le pregunto qué pasaría mañana si de repente nos despertamos y no hay más policía. La respuesta es que otro pacto, respaldado en última instancia sobre la legitimidad de matar al disidente, ocuparía el vacío que le dejara el actual. Todo muy The Walking Dead. Y, aunque obviamente no es lo que preferimos, difícilmente ese mundo sería más difícil de sobrellevar para la mayor parte de la gente. Eso sí, lo que de ninguna forma sería es menos humano.
De éstas cosas y más habla Michel Foucault, quien observó tanto lo cotidiano como lo que hemos olvidado para develar el motivo ulterior de nuestras penas injustas, que es el control de los cuerpos. Un proyecto tan ambicioso como la conquista del mundo, o incluso peor, porque éste sí se ha demostrado posible.
Un eje fundamental de ese proyecto consiste en establecer la idea de haber alcanzado el pináculo de la civilización; decir que no se puede vivir mejor, y que intentarlo es jugar con fuego. Mucho se comenta acerca de las trampas del sistema: de cómo una minoría hegemónica que sabe cuidar sus intereses colectivos instauró sobre los demás el discurso de reglas mediante las cuales sí sería lícito intentar subir de level. Leyes que como toda Ley, desde el día que Jehová las inventó para sacar a los originales de su V.I.P., nunca se aplican sobre el que las impone.
Yo no creo en eso.
No me parece que las personas, como predica el liberalismo, persigan realmente la satisfacción. Tampoco me trago la versión de un grupo de magnates como aliens que tiene al resto del mundo domesticado; disculpen, pero no puedo. Aunque algo de eso podría haber: me imagino a los presidentes levantándose temprano, o tarde, y yendo a leer las noticias con actitud de ¿A ver en qué andan hoy los chicos?
Tampoco tan House of Cards.
Este mundo es, desde mi perspectiva, la supervivencia del más organizado; y si desconfío de las explicaciones tradicionales, patrióticas y católicas, es porque resultaron estar todas basadas en una corta lista de mentiras ridículas.
Pero nadie se confunda, yo creo que es necesario unir a los argentinos. Más todavía, personalmente comulgo con el otro proyecto, el de unir a los latinoamericanos. Sin embargo, admito que es poco. Es necesario seguir siendo ambiciosos. Que los trabajadores estén unidos, y con ellos todos los demás dentro de este ranchito de adobe llamado modernidad; y si no lo extiendo más aún, es porque no le veo el punto en continuar molestando a las comunidades originarias. Ni siquiera a esos ornitorrincos de la antropología que son los caníbales de Nueva Guinea (Lea, donde sea que estés, ese comentario fue en tu honor).
Lamentablemente, es una utopía, es decir, otra mentira, pensar en tal tipo de asociación humana. Implica creer en aquello tan mancillado de que solo la verdad nos hará libres, allá cuando ya nos hayamos cansado de lapidar y ser lapidados alternativamente.
No veo eso sucediendo, tal vez porque es algo que se plantea demasiado gratuitamente.
Lo que trato de decir es que hace doscientos años se declaró la independencia, y que fue un paso importante porque implicaba aceptar que todos somos iguales; pero que ya es tiempo para que declaremos la interdependencia, entendiendo que somos todos diferentes. Que nadie es ni podría jamás llegar a ser normal, porque eso es un cuento.
Esto no lo es; y existe para secundar la idea, en circulación, de por qué la suma de nuestras verdades conduce, en definitiva, al empoderamiento de la especie.
Muchas gracias por tomarte un tiempo de tregua para leerlo.

5.20.2017

Lunes, 18 de Febrero de 1957



Era de nuevo la siesta, que me hacía
deseable pero riesgoso el lecho”.

Antonio Di Benedetto, Zama, 1956.



¿Se puede saber cuándo terminará esta seca?, saludé, sombrero en mano y tratando de pasar de largo para no iniciar conversación. La gallega, que se afanaba los domingos en barrer la vereda, replicó algo indistinto, pero con un juego en la mirada que me hizo maliciar.
Lo mejor era tratar de guardarse de la demás gente, y ya me empezaba a preguntar si lo que buscaba no sería más bien llevarme la contraria. Llegado al fondo, revisé debajo de la maceta. La ausencia de llave me confirmó que, efectivamente, adentro estaría Desideria.
Noté, por el estado de la mesa y la cocina, que de nuevo había andado ordenando mis cosas. Tampoco había forma de hacerle entender que eso no me gustaba. Tendida, larga como era, se acostaba mirando la pared, evitando el reflejo de la luz, como se duermen las palomas. Busqué el cuchillo, corrí la máquina del centro del escritorio, y me puse a sacarle punta al lápiz. No tenía que hacerle ruido porque solamente dormida podía estarse tranquila. Necesitaba anotar lo que venía pensando antes que se me olvidara.
Se giró, capaz todavía soñando algo, sonriendo con los ojos cerrados como para indicar que me había estado extrañando:
-Vení… -alcanzó a decir, con el cachete pegado a mi almohada. Dejé los apuntes que me había pasado Woltzaszczsy, que tampoco apuntaban demasiado, sumé algunas líneas, que no agregaban gran cosa, y resoplé por mi fortuna.
-¿Qué hacés? Vení… -insistió inmóvil, ya con la mirada fija que demandaba. Llevé la página hasta la cama, descalcé y me acosté al lado de ella. Me preguntó cómo andaba. Tenía la cara tan cerca que podía sentirle el suspiro, y la intimidad me incomodó. Le dije que cuatro y media volvía a salir para el centro, que siguiera durmiendo. Se volvió, tras una suave y ensoñecida lamentación, pero con algo de satisfecha. De espaldas, me informó que otra vez estábamos sin agua; y entendí que me mandaba ponerme talco.
De vuelta a lo mío: “...de entregarse con más esfuerzo hacia el trabajo, para devolverle la gloria en la economía al país que una larga dictadura puso de rodillas tras años de viciosa administración… tatatá... buena voluntad y empeño, y recordarle al lector que la familia argentina necesita en estos momentos más fe en diós que rencores o desconfianzas. Que así como el pueblo puede ser engañado y confundirse, así también los gobernantes pueden a veces equivocarse… blá y blá... pero que todo puede superarse cuando el amor a la patria se impone sobre el capricho personal y los sectarismos”.
Luego, ya se entendía, tocaba hablar de la exigencia impostergable de mirar hacia el mundo y hacia el futuro, amén de insistir en la predisposición de las Autoridades Revolucionarias para bienvenir toda crítica, siempre que fuera constructiva. No quise tachar nada, precisaba rellenar casi tanto como ya tenía escrito.
En definitiva, el punto de la cuestión eran las elecciones a mitad de año. Pero me faltaban las palabras. Como tampoco tenía título, anoté: Lunes, 18 de Febrero.
No tenía por qué ser tan complicado. Garrincha se burlaba diciendo que yo me hacía mucho drama, que el señor Lenchours firmaba cualquier cosa que parezca escrita con un sable. Le decíamos Garrincha porque si le dabas pelota te volvía loco. Lo envidiaba porque él sabía escribir todo de un solo tirón, de corrido, fluido y rápido como quien copia un dictado. Pero él no tenía novia y, al parecer, yo sí.
Volteé para el lado de Dedé. La camiseta se le había pegado a la espalda. Me fijé en su cuello, desnudo. Con el calor que parecía venir del infierno, su piel me largaba un perfume sin olor que era el de ella.
Busqué abajo de la cama un librito que guardaba para distenderme, que estaba leyendo por compromiso porque me lo había regalado para mi cumpleaños, la semana anterior. Le dije que era el próximo, pero contestó que ya lo sabía, sin cambiar la expresión infantil jubilosa. Sus reacciones no tenían sentido, aunque para ella sí.



Un día se había presentado en la recepción, con una amiga del colegio, vestidas las dos para aparentar más edad y con los labios pintados, diciendo que era mi esposa. Esa tarde discutimos, y terminé por decirle que era mejor dejar de vernos. Lloró como una madre que perdía a su hijo, o como una criatura que se le había muerto la mamá; no tuve el coraje de mandarla así a la casa.
¿Me querés?, había preguntado, como admitiendo una falta sin malas intenciones. De alguna manera le terminé prometiendo que cuando terminara el liceo nos íbamos a casar, y desde entonces venía sin anunciarse. Yo todavía no sabía si se lo había dicho en serio o para calmarla. Primero, no había plata. Además, nos conocíamos hacía tres meses.
Era noviembre o finales de octubre, la orquesta había empezado a tocar tango y, por evitar el ridículo, me senté a conversar en una mesa. Dedé era la única que no podía bailar; se le había caído la peineta y alguien la había pisado. Estaba triste. A ninguno se le ocurrió comentarme la edad que tenía.
En diciembre la había llevado a ver el estreno de La Batalla del Río de La Plata. A la salida, le dije que estaba escribiendo una historia sobre Piedrabuena, no se por qué si no era cierto; pero ella se había quedado impresionada. Evidentemente, era por eso que esperaba sorprenderme con su regalo. Se trataba de una novelita histórica, de un tal Luis Sensini que nadie había sentido mentar, claramente salida del estante de novedades. Entendí que era lo que le había alcanzado para comprarme. Me enterneció el gesto. El título no decía nada; no tenía capítulos ni, para mi decepción, guerra. La leía para distraerme, porque eso que ella transpiraba no me dejaba dormir la siesta. De noche, cuando no estaba, también lo sentía.
Tampoco era un libro tan largo, ya lo llevaba más o menos por la mitad.
Leí: “Con harta frecuencia su recuerdo ponía en blanco las hojas escritas, y cuando en mi cama me visitaba la memoria de sus besos jugosos, bruscamente tomaba los libros para recuperarme. No lo lograba”. Paré de leer.
Besos Jugosos, caramba. Me pregunté si sería cierto que trabajar los domingos lo inclinaba a uno cada vez más hacia las tentaciones, por perder el hábito de la confesión. Me dije que no la podía seguir teniendo así en mi cama. ¿Ella no se daba cuenta que podía pasar algo malo? Porque tampoco era ingenua.
La idea me golpeó de repente, como quien se lleva puesta una mamposta por la cara.
–A esa edad, las pibas ya saben lo que quieren mejor que vos y que yo.
–¿Y qué es lo que quieren? ¿Jugar a la casita? Yo mujer puedo tener; pero hija, ahora, no.
–Quedate tranquilo nomás, que ya te vas a enterar cómo son las minas. ¿Vos en qué andabas a los quince años?
–No me podés comparar…

–Es lo mismo. Capaz que peor. Mi abuela tenía quince años cuando se casó con el viejo. ¿Vos te pensás que había radio en aquel momento? No había ni fútbol. La pobre le dio seis hijos, mas los que habrá perdido. Garrincha se puso serio en ese momento, con cierto aire afectado que a veces tenía. Yo recién ahora, tirado en la cama, entendía lo que me había estado diciendo. Dedé jamás me pedía permiso para tirarse a dormir la siesta. Es verdad que mujer ya era, pero los modos le quedaban de muchachita.
La miré. La falda le tapaba hasta los tobillos, era clarita y yo podía verle la forma de las piernas, la curva de los muslos. Alguna carne tenía, a parte de tanto hueso. ¿Y si era exactamente eso lo que andaba buscando? Para obligarme después a cumplir con lo prometido.
La detesté. Quise creer que no podía ser.
No entendía su pensamiento. A lo mejor lo único que le importaba era ganarle a la hermana. Yo me había dado cuenta que Fernanda ni me miraba cuando me invitaban a la cena. Estaba muy claro: a la mayor le molestaba que a Dedé le permitieran tener un novio, llevarlo a la casa, sentarlo a la mesa. Si Dedé le hablaba, era solamente para pedirle que le alcanzara algo, y nunca le daba las gracias. Por supuesto que yo de eso no preguntaba nada (más que preguntar, me la pasaba respondiendo), pero igual de algún lado me había llegado que Fernanda no tenía pretendientes; sacando a un pobre infeliz con el que se había conocido, un abogado que al final se vinieron a enterar que era judío. Dedé me había contado eso, ya me acuerdo.
Fue una tarde horrible en la ciudad de los niños. Me dijo que yo tenía que conocer, pero a los quince minutos de llegar empezó con que ya se quería ir. Era una cosa que daba pena, con los pastos por el techo y lleno de bichos. El agua parecía agua servida; todo era puro calor y mosquitos. Había que esperar el colectivo siguiente, así que nos metimos en la iglesia para escaparle al sofoco. Ahí, por no tener de qué hablar, me entró a contar de la hermana.
Cuando salió de estudiar en las monjas, llevándole la contraria al padre, había hecho un curso de dactilografía en la asociación de la mujer. Trabajó un año en el despacho de unos parientes que tenían campos y loteos pasando el matadero, alquilando una pieza (según Desideria entendía) un poco más chiquita que esta; haciéndose la ocupada, decía, y visitando solamente los domingos.
A fines de ese año había finado una abuela que las dos querían mucho, que vivía en la casa con ellas, y en la cena de navidad terminaron todos discutiendo como el diablo porque alguien le había echado la culpa de todo a Fernanda, que a la vieja la había matado del disgusto por tanto dar problemas y no se qué más. Así las cosas, superado el berretín y sin marido, se había terminado volviendo a la casa con la familia; lo ayudaba al padre con toda la papeleta del consultorio, se encargaba de la limpieza del estudio (así no quedaba la llave con nadie que no fuera de la familia), y de paso también daba una mano en la casa.
El problema con Desideria no se cuál sería, nunca me lo contaba, aunque por lo general me hablaba como si yo ya supiera. Ese día horrible en la capilla también se había emocionado, y el cura nos había amonestado para que guardásemos silencio.
Era lindo ver cómo no se daba cuenta, y terminaba hablando rápido como los teros. Era como si ya supiera que no la iban a dejar hablar, y entonces se apuraba para terminar de decir todo lo que quería bien rápido. Por apurarse más todavía, la mitad de las cosas te las decía con la mirada, hacía preguntas retóricas y en seguida las contestaba, siempre de corrido como leyendo un telegrama de guerra. Pero después, otras veces, no decía nada y era como ser apuntado con un revólver, porque parecía que podía escuchar lo que uno pensaba. De ser descontrolada, no sé cómo, pasaba a tener la manea y hacer que me costara trabajo sostenerle la vista.
Pensar en esa charla atolondrada que tiene me daban ganas de abrazarla, es una cosa encantadora; pero cuando ponía esa mirada me dejaba en blanco. Era una magia de mujer que no tenía frente al resto. A veces hasta le entendía lo que estaba pensando, como si además de escuchar pudiera hablarme con la mente. Yo reaccionaba sorprendido pero generalmente no me equivocaba, y a ella eso parecía complacerla.
Si realmente estaban en una carrera con la hermana, a ver cuál conseguía marido primera, entonces seguramente no estaría sopesando bien su conducta. Era impulsiva, nada más. En el fondo algo de eso me gustaba, esa manera suave de ser retobada; muy distinta de mí. Son once años de diferencia. Parecen una vida.

Desde la cocina llegaba el rumor del viento en los árboles del patio de al lado. Era la señal tan esperada de una brisa de aire en movimiento, que pronto sería aire fresco. Todo se vuelve mucho más ligero una vez que pasa la calma de febrero, la humedad es un poco más soportable y los grillos cantan menos. Creo que tendría que conseguirme uno de esos Vórtalex que están entrando ahora.

3.04.2017

CACA EN LA CARA

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Los especialistas de todo el mundo no tenían nada para decir al respecto. El término más equilibrado para nombrarlo sería "fenómeno", aunque en la bibliografía de su época principalmente se usaban las palabras "amanecer", "epidemia" o "revolución intelectual y moral". De todas formas, lo de su época tampoco se puede describir como bibliografía; más bien eran algunos comentarios sueltos en las redes sociales.

Esta es una historia de la época de las redes sociales. Quién la comenzó, no tengo idea: a lo mejor fue bruce lee en 1970 cuando habló de volverse como el agua, o quizás fue eva perón, aunque lo más probable es que haya sido el profeta elías hace unos tres mil años.
No quisiera hablar de lo que no sé, pero hay que aclarar de antemano que ahora ya es tarde para tratar de abarcar al fenómeno con nuestra mente, porque el "fenómeno" terminó por contenernos y encerrarnos a todos. Ahora, los que intentan analizarlo o definirlo terminan por caerse en un infierno de metáforas sin objeto, en un loop del que solamente salen humillados y rendidos.
¿Quién había provocado tanto caos entre los humanos domesticados? ¿Era caos realmente? Algo, sin dudas, tenía que ver la caída de la unión soviética, seguro; pero más todavía tenía que ver la llegada de unos cosmonautas que nos invitaron a conocer la tierra de los cuentos de hadas a la que llamamos internet. En orden de prioridad, todos fuimos embarcando hacia ese planeta para asegurarnos cuanto antes una parcela. Charlando ahí, mucha gente se fue dando cuenta que lo que le pasaba no era ni tan raro ni tan personal.
La televisión y el cine les habían estado mintiendo. Tal vez no supieron entender lo que estaban mirando. Un sector importante y peligroso de estos eran los que se habían cansado de programas estúpidos sobre trivias ridículas que jugaban con los sueños de los laburantes, ilusionándolos con premios millonarios que nadie jamás recibía. También se habían cansado de representaciones sobreactuadas, de chimentos tan escatológicos como intrascendentes, de series acerca de médicos proeficientes, románticos policías justicieros y el sinfín de argumentos sobre huérfanos cantores con vidas aristocráticas. De noticias morbosas, de predicadores del apocalipsis que los tuteaban, de famosos en concursos de baile. De ruidosos periodistas deportivos que no lo eran, trabados en eternas discusiones que tampoco lo eran, saturados de información vacía. Y no había más paciencia, ni para el cadáver que invitaba gente al almuerzo, ni para la vieja de peluca rubia que hacía preguntas boludas.



Miraron eso durante horas, todas las semanas, cuando volvían a sus casas. Los años se les volvieron décadas. Por sobreexposición de caca en la cara, ese núcleo de disconformidad era ahora un foco guerrillero del consumo alternativo. No querían más mugre en sus oídos, en su plato, en sus sueños subconscientes, y ya habían perdido el miedo a la burla pública.
Porque, hay que mencionarlo, la imagen de alguien gateando desconcertado mientras la plebe le tira podredumbres en la cara dejaba para siempre de ser un relato del fracaso. En esta era, el verdadero escarmiento público (el que sufrieron esos adelantados que tomaron la vanguardia para enfrentarse "uno contra uno" al nuevo jefe) era el yugo de una indiferencia sin desprecio, una demostración de infinita irrelevancia que reflejaba la amenaza que esos quijoteros representaban para el nuevo orden de los tiempos: lo mismo que nada.
Entonces, lógicamente, armaron clubes. Y esos clubes tuvieron sus picas, para regocijo de los mediocres, y disputaron sus torneos imaginarios y sus batallas campales, como es saludable a todos los clubes. Fue.
Digamos, ya que estamos, que las cosas habían mejorado. La humanidad había dado un paso extraño en dirección hacia su propia felicidad, a la vez que se alejaba del iluminismo con el que se había cebado tanto de la cabeza. Por el camino de los grandes errores graciosos, de los collares de cuarzo y de los libros de autoayuda, se abría una senda perdida hacia la caída del imperio romano de occidente. De eso tenemos que hablar, claro, pero ¿por dónde se comienza una historia cuando no es desde sus orígenes? Desde sus efectos, digo yo: y eso es precisamente lo que se empezó a sentir en esta breve etapa en la que fechamos nuestro cuento.
Algo había empezado a deslizarse por fuera de los cánones del mundo, algo que al principio causó gracia porque generaba mucha incomprensión, pero que pronto se volvió más real que la realidad, y hubo que empezar a tomarlo como cosa seria. Unos chamanes peruanos habían inclinado la balanza electoral en beneficio de donald trump, un puñado de hackers enmascarados proclamaba estar persiguiendo bajo amenazas al grupo bilderberg, y lo que comenzó como una reacción contra la prohibición del topless femenino terminó en un levantamiento a escala nacional con incendios en las comisarías y jueces federales colgados de los árboles; que tuvo enfrentamientos sangrientos contra los autodenominados maestros voluntarios. El vaso de lo normal estaba comenzando a derramar desde el fondo, ya estaba pinchado, y se notaba demasiado.
Pero, de todos modos, la anomalía pasaba a ser un lugar habitable. También la muerte, aunque las reformas nunca alcanzaron el ámbito de lo doméstico, donde seguía siendo tan dolorosa como irremediable. Al menos, la nueva administración había tenido la sensatez de intentar hacer algo al respecto, más allá de saber perfectamente que no se podía hacer nada que cambiara los resultados, obviamente. El enfoque, hay que rescatarlo, demostró que el nuevo modelo tenía la capacidad de generar aportes valiosos, reasignando los recursos y adquiriendo estrategias de otros sectores; de los indios, por ejemplo, a quienes se volvió a poner de moda, tercerizados, eso sí.

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2.16.2016

Blátidas





Hacían millones de grados de calor y el verano todavía no empezaba. Nos pasábamos las tardes "estudiando", como un pretexto para quedarnos tiradas en casa. Unas cosas, las cucarachas, nos tenían sitiadas desde noviembre.
-No te hacen nada, boluda -le dije-; no pican.
-¿A quién le importa que piquen? Dan asco.
-Tenés que dejar de andar en patas boluda. Además los sapos no se las comen.
-¿Y las cobras?
Ya estaba poniendo su tono caprichoso de hermana menor, tipo no-me-robes-los-juguetes.
-Son más limpias que las palomas, y capaz que más inteligentes también.
-Por mí que sepan cinco idiomas, si vuelvo a pisar otra te juro que lleno la casa de sapos.
Pensé en ese episodio de los simpsons, que tratan de controlar naturalmente una plaga de lagartos. Diana era de esas chicas excesivamente drásticas en lo que tuviera que ver con sus fobias. Y yo solamente quería saber si podía hacerla cambiar de idea, porque siempre me creía todo lo que le contaba; así que trataba de persuadirla:
-Si no te hacen nada malo, tratá de imaginarte que te gustan y punto.
-¿Cómo? -dudó.
-No se, a veces son tiernas.
-Nunca.
Desvió la mirada del suelo para examinarme, a ver si le estaba tomando el pelo. Con seriedad, empecé:
-El otro día me pasó que fui a matar una y, justo cuando estaba por ejecutarla, giró su cabeza 180º y me miró con ojitos de bebé, como diciendo 'Yo sé que vas a aplastarme por el solo crimen de ser fea, pero al menos quiero que sepas que lo único que intentaba era procurarle comidita a mis quinientos hijitos hambrientos'.
Se hizo una pausa en el relato. Entendiendo que no iba a seguir, me preguntó:
-¿Y qué hiciste?
-La dejé irse.
- ¿La dejaste que se fuera nomas? -abrió mucho los ojos-, ¿Vos sos boluda? Si seleccionamos artificialmente a las más tiernas, en poco tiempo van a ser demasiado adorables como para que las matemos. ¿Quién las va a frenar entonces, eh? Hay que matar a las menos feas primero, es sentido común.







Durante algunas cenas no volvimos a charlar de las cucarachas. Un día, con el pretexto de hablar sobre kafka, llevé la conversación para ese lado.
-Estuve pensando, y creo que el miedo irracional que les tenemos nos viene del rechazo por todas esas similitudes que compartimos.
-No es miedo -apuntó-, es asco.
-Sí, como sea. Creo que nos vemos en ellas, y que es un miedo heteronormativo.
Siempre se le podía entrar por ese lado.
-¿Quiénes nos vemos? -desconfió.
-Las mujeres blancas.
Me miró, como tantas veces, esperando a que terminara de desarrollar mis argumentos antes de juzgarme.
-¿Por qué? -quiso saber.
-Bueno, porque son todo lo que nos dicen que no tenemos que ser: negras, sucias y peludas. Además, tienen olor.
No comentó nada. Era el beneficio de la curiosidad. Le comenté:
-Si, y fijate esto: pertenecen a la familia de los blátidos. El nombre quiere decir 'que se esconden de la luz del sol'. Somos nosotras, boluda.
-¿Y qué más? -exigió.
-Bueno, al principio solo estaban en europa occidental, pero en dos siglos llegaron en los barcos hasta todos los rincones del mundo, acompañando al hombre blanco.
Marqué el final de mi teoría con una mirada capciosa.
-Es buena -reconoció, pensativa, y agregó-; con más razón entonces deberíamos aplastar a las más lindas primero.

12.18.2015

Lo zarpado

Tenía que pasarme, y me pasó. Dos vagancias, tipos grandes, uno con cara de peluche y el otro malo como un puma. Una cuchilla de cocina apuntando hacia mi hígado les sirvió para sacarme el DNI, la credencial del laburo, y una sube con veinte pesos de saldo. Después que me soltaron caminé unas cuadras hasta dar con un patrullero. Más de lo mismo. Lo único que yo quería, era que me aguantaran en la vereda a ver si todavía andaban mis cosas tiradas por ahí; pero el largo brazo de la ley estaba muy filoso para la retórica, y solo conseguí 20 minutos de amena conversación, en los que me quedó bien claro y de muchas formas que ellos no iban a hacer absolutamente nada al respecto.
Fin de la historia esa.
Doña karma me escribe un par de semanas más tarde, para avisarme que había encontrado mi documento con la credencial del diario, tirados en el piso de un colectivo. A esas alturas ya había dado todo por muerto, y recuperar las cosas fue el punto más alto de un mes apestado por asquerosas noticias electorales. Esta es tu fortuna, me dije. Y, sin embargo, estaba equivocado; porque una mucho más grande estaba en camino hacia mí.
En una esquina, apoyada contra un árbol con su inconfundible estilo arrabalero, se lucía en compañía de las de su especie. La vi de suerte, por no perder la costumbre de fijarme, pero ¿cómo no reconocerla, después de haber compartido tantas cosas? Que las cicatrices de las rodillas respondan por mí. No, trece años de compañía son demasiados como para andar confundiéndose. Claro que algunas cuestiones habían cambiado, detalles; pero todavía conservaba ese look minimalista que tanto me atrae y me enamora.
Dos años habían pasado, sin olvidarla, pero entendiendo que la vida sigue, y que de alguna forma tenía que moverme para llegar hasta donde quiero. Trece vueltas al sol las pasamos juntitos, y hasta en ese número encontré cierta fatalidad: porque sabía que ni bien me la trajera a la ciudad me la zarpaban. Dicho y hecho, duramos cuatro meses desde de la mudanza. Me reproché por no haberla cuidado lo suficiente, por haber sido un confiado de mierda; hasta que acepté que no tenía la culpa. Que, en todo caso, mi responsabilidad estaba en la inexperiencia.



Interpreté que era el precio que tenía que pagar para aprender a valorar mejor lo que es mío. Pensé, por un lado, que todo lo que existe en algún momento se va a romper; pero también que no desaparecía del universo, que solamente la habían robado, y que alguien estaría feliz encima suyo galopando como un rayo. Y de nuevo me equivocaba, porque una cosa es la realidad, y otra que no tiene nada que ver es la manera en la que la entendemos; con la moral, la justicia poética y otras formas de resignar lo que perdemos, o de justificar lo que sabemos que robamos. Pero para el que tiene la mano abierta no existen leyes, y recién cuando estuve entregado a que sucediera lo que quisiera ir o venir, recién entonces nos volvimos a encontrar. Distintos, más grandes, y en otra situación.
La miré pensando qué decidir. Le hice unas caricias por los viejos tiempos, en silencio, y el bicicletero se acercó sospechando lo obvio. La tarde que le conté todo esto, Guille me dijo que debería habérmela robado, y capaz que tenía la razón. Tal vez lo zarpado se pague con un arrojo de autodeterminación y audacia; cien años de perdón, el talión, y toda la bola.
En realidad, al final terminamos negociando un acuerdo de poca guita con el chabón de la bicicletería. Era un viejo lobo de mar en cuestiones de la compraventa: intentó persuadirme de que no era, me contó una anécdota muy a lo Fargo, en la que a él le robaban un Fiat 100 en 1988 y desde esa época que venía frenando coches en la calle para ver si se trataba del suyo. Se llamaba Ricardo, y su negocio era un huesero de bicis afanadas.
Me pregunté: ¿Qué prefiero realmente? ¿Cuál de las dos sería peor? ¿Que vuelvan a chorearme, y perder algo que quiero, o encontrarme sin previo aviso con las cosas que ya resigné de mi vida? Podría volver a pasarme, y seguramente me pase. No es sencillo enfrentarse con lo resignado, no es para cualquiera.
Porque yo ya resigné eso de llevar una vida sencilla, claramente no es para mí; como también resigné lo de sentirme una persona cualquiera, y no son cosas que me anime a volver a cruzarme en el camino. Si me las cruzo, espero estar encima de la bici, y pasarlas de largo bien rápido.
Qué linda que es, la verdad.
Menos mal que nos volvimos a encontrar.
Aunque, ahora que me fijé mejor, tiene un par de detalles que me hacen dudar.
Capaz no que sea la misma que me afanaron hace dos años.
Igual, todo bien; es una bici nada más. A nadie le importa.

10.25.2015

No tiene nombre

Traca, traca, traca resonaba mi bicicleta a los saltos por los adoquines. Iba por una bajadita especialmente intrincada, en la soledad de la noche, para verme con un amigo en la plaza. Nos juntamos ahí a charlar de las cosas de la vida, cuando no hay gente ocupándola. Siempre vemos a la policía llegar con el patrullero cargado de nenes, los meten en la comisaría y al rato los largan. Hasta ahora, ninguna noche fue la excepción.
Estaba empezando a entender ese concepto de cuanto peor, mejor, o al menos a incorporarlo en mis cuestiones cotidianas: amigos, trabajo, carrera y otros afectos. Uno que sabe mucho, me había recordado que todo lo que perdura se forjó en la resistencia; pero a veces nos perdemos en la distancia que existe entre entender una cosa y poder reconocerla cuando sucede, así que agradecí por volver a escucharlo. Porque es verdad que todo lo que perdura se forjó en la resistencia.
Pasa que la vida en sociedad es sutil y muy compleja, siempre se miden las cosas desde los efectos que producen.
Tuve que hacer un poco de fuerza con los brazos, para despegar mi cara del suelo. A un costado, pedazos de bicicleta desparramados brillaban en la vereda. Una rueda seguía girando, o sea que no me había desmayado. El indicio de que había sido un vuelco violento y espectacular lo tuve en las expresiones de una pareja que venía caminando abrazadita, cada uno con la mano en el bolsillo del pantalón del otro. "Se mató", leí en sus caras, pero inmediatamente la de ella viró en alivio, y la de él en tentarse de risa. La bici, en el piso, había quedado como cuando se rompen las cosas en los dibujos animados, solo faltaba el ruido de acordeón desafinado.
Traté de entender lo que pasaba.
La explicación técnica sería que el guardabarros de la rueda de adelante se soltó, trabando el giro y provocando una frenada en seco que me catapultó un par de metros horizontales hacia la vereda, sobre la que aterricé con la palma de la mano derecha, la rodilla izquierda, el tobillo del otro pié, y apenas la mejilla. Un lujo de maniobra aérea. Pero lo que me estaba pasando era distinto, era una sensación enorme que me llenaba los pulmones; una mezcla de nostalgia con alegría.

·

Estaba viajado en el tiempo. El último palo que me había pegado en la bici, había sido hacía unos quince años. Los días eran más largos en esa época, y los recuerdos que me quedaban de ellos eran apenas un puñado de nociones generales, no mucho más que el argumento de una película o de un libro, como si todo le hubiera pasado a otra persona que ya no era yo. Fragmentos enteros de memoria estaban regresando: charlas, detalles insignificantes, comentarios hechos al pasar y cosas que me habían gustado cuando las probé. Especialmente, lo más extraño era el recuerdo de sentir cómo era, antes de entender todo lo que hoy entiendo; antes de ser grande.
Qué loco. Yo hacía eso de pararme sobre el cuadro de la bici, como un equilibrista. Claro que en esa época pesaba 35 kilos. De vuelta la presente, el adulto y el niño estaban mirándose los ojos, y ninguno sentía vergüenza ajena.
Quise definir el golpe que me había dado. No era un palo, porque eso implica chocar contra algo; ni tampoco una piña, porque eso es cuando te la das contra alguien. "No tiene nombre", decidí: era un choque de mí contra migo mismo.
En la comparación, el futuro en el que estaba viviendo me parecía asombroso: no solo desde la tecnología, que desbordaba los límites de mi imaginación, sino en lo que había hecho con mi propio destino. Parecía casi una joda cómo terminaron siendo las cosas, y no pude evitar reírme, ahí tirado en la vereda, a media noche.
Comprobé que no estuviera sangrando, y me paré de nuevo. Como siempre, las apariencias engañaban; entendí que no pagaba un precio demasiado alto por lo que estaba recibiendo. Alcanzaba con verme para burlarse.
Cualquiera diría que era un tarado.
Ni siquiera me dí cuenta en qué momento me la puse. De chico, cada vez que volaba en la bici era como un momento matrix. Tenía, de nuevo, cada detalle en la cabeza; como un sabor que me llenaba la boca, o como la caricia de alguien que volvía. Era una experiencia física y espiritual, inducida por la reunión entre ciertos adoquines muy zarpados, y el puto del guardabarros traidor de la rueda de adelante, que hace mucho tendría que haber tirado a la mierda. Casi me mata, pero lo de aprender de las caídas nunca había sido tan literal ni tan pragmático.
O capaz fue ese golpe en la frente, no lo sé.
Junté los pedazos de bicicleta, y me la llevé andando en la mano. El viento movió unas hojas, y flashé que me corría un perro. Claramente estaba aturdido. Me distraje del dolor con el recuerdo de una mano que jugué en un campeonato de truco, en sexto grado; podía acordarme qué cartas me habían tocado, pero no tenía manera de demostrarlo, ni nadie cerca para contarle.

9.16.2015

Guatemala


Me escuchó atentamente, ni con interés ni con recelo, sino con atención; distinto de los burócratas locales, que te miran por encima del hombro, acostumbrados a que la gente se les acerque solo para mendigarle algún favorcito, algún gesto de amiguismo con el que sentirse congraciados de por vida. Le expuse mis intenciones, las conversamos, y me dio su tarjeta. Me pidió que le enviara un mail recordándole todo el asunto por escrito, porque tenía ganas de facilitarme alguna ayuda.

-¿Es muy complicado conseguir la residencia cubana? -quise saber.
-Y, te tienes que casar con una cubana.
-En principio, eso no sería ningún problema -respondí con media sonrisa.
 A mi edad, mis viejos ya tenían dos hijos que sabían escribir; el más chico su propio nombre, y el más grande ni idea cuánto. Dentro de un par de años, superados los treinta, se que esa cifra me va a dar vueltas por la cabeza en mis habituales noches de insomnio; y qué bien que me vendría tener a alguien al lado para amortiguar el aislamiento.
"Casado con una cubana", resignificaba la connotación oscura y fría de "casado".
 Miré hacia adelante, en mi futuro; y sentí que la vida era como una pila de monedas que vamos armando, más o menos derechita, en función del cuidado que se le ponga. Uno puede ser desdeñoso y, con la perspectiva del tiempo, se empieza a notar en qué puntos faltó atención, dedicación, prolijidad... Pero al final, todo crece hacia arriba, como el tetris, cada vez más rápido; buscamos acomodar lo mejor posible las cosas a medida que se nos vienen encima, sintiendo el frenesí de una música que al principio era divertida, entendiendo finalmente que, por bueno que seas, no es posible para nadie sostener lo efímero, ni para siempre, ni por mucho tiempo más. El juego se termina cuando llegás hasta arriba, y el que juntó más puntos se gana el privilegio de ponerle su nombre al primer puesto, hasta que llega otro y se lo saca, y así.
 La gilada.
 Dentro de poco voy a decir "basta", y me voy a dedicar a buscar las cosas de la vida que me hacen latir el corazón. Basta de juntar puntos, basta de pensar en el primer puesto como la gente del cardumen. Jesús dijo que había una vida mejor por llevar, y es lo que me interesa; porque yo también veo que es cierto.
 Ni cabida.
 Eso es lo que me iría a buscar a Cuba. Nunca necesité demasiado, pero ahora entiendo que siempre fue mucho más de lo que creía. En un futuro, quizás me toque proveer a mi familia; y si ese es el caso, creo que las mejores oportunidades las voy a tener en un país que, con menos plata que Haití, tiene la mejor salud pública del mundo entero. Eso habla de un profundo respeto hacia la vida.




 Allá nadie se ríe del anarquismo, porque es lo único que queda a la izquierda del gobierno. Y, sin embargo, se acercan infinitamente al sueño de Malatesta: un mundo en el que las únicas penas, sean las penas del amor no correspondido.


"Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador;
él volvió con su mujer,
ella se murió de amor".


La niña de Guatemala. Tal vez no haya muerte más dolorosa, porque el amor no mata realmente. Decimos que la otra opción sería rendirse, Pero, ¿cómo es rendirse? ¿Cómo es dejarse caer hasta que todo se termine, sin tratar de intentar nunca nada, aunque solo sea un último manotazo de ahogado? Así sería: como un tetris. Riéndose, angustiándose: sufriendo las leyes del dharma, cantando Sinatra.
 Siento un poco de lástima por esos empleados de la oficina que me forrean cuando paso a cobrar; son unos ñoquis miserables pero evidentemente creen que porque se encargan de agilizar la firma de un cheque a mi nombre una vez al mes, les debo un tributo de simpatía sumisa o algo así. Nunca me termina de asombrar lo equivocada que puede llegar a vivir la gente, lo fácil que se agachan cuando tienen miedo, y lo poca cosa que resultan ser a la hora de hacerse respetar frente a alguien más poderoso. Les gusta fingir que no escucharon, hacer como que no vieron; reírse, porque la realidad es muy pesada, y exhibirse, porque la vida es muy corta.
 Y viene este burócrata cubano a decirme que "la mayor parte de la humanidad es buena, es noble". ¿Hablaba de la misma humanidad que mira a su nación con malos ojos, sin fundamentos y solo porque sí? ¿Para qué me dijo eso? ¿Qué me quería vender? Nunca le mandé ese mail. Hace como 60 años que no le venden nada a nadie, claramente están fuera de práctica: acá la onda es diferente, hay que promocionar a través del miedo, el humo, y la paranoia.
"Yo que no creo -anotó Macedonio Fernández- en la muerte de los que aman, ni en la vida de los que no aman, te digo lo que no me oirás nunca, y que ya sabes: que es imposible que no seas feliz". Eso es verdad.
 Salí de la depresión maniática en la que me pasé los años perdidos, que fueron los únicos realmente indispensables, sabiendo que eso era cierto; y, de yapa, pudiendo entender los papeles de Recienvenido. Ahora las cosas van y vienen, como siempre; pero de a ratos me gustaría tenerme en frente para abrazarme y darme un beso, porque me parece que me lo gané. Tal vez en un par de años alguna cubana se encargue de hacer eso por mí. Las cosas nunca dejaron de estar mal, y en cierto sentido están peor que nunca; pero hoy siento que voy en un velero, y que ya es imposible que no sea feliz, no importa lo que me pase en la vida.
A todos nos toca decidir si la vamos a pelear o no.
Y a la gilada, le ya está dicho: ni cabida.