10 April, 2023

Igual




no me hagas imaginarte

durmiendo en el techo de nuevo

cortando el tránsito con la mirada

enajenada de lo que sabías que era cierto

barajando las cartas de la vida y repartiendo

siempre igual de ocupada

siempre a punto de morir estresada

esta parte de mí es para mí, esta es tuya por el momento

y esta para el mundo que me obliga a sobrevivir

y yo que aprendí a olvidarme de todo, todavía me acuerdo

que no estábamos enamorados ni estábamos de acuerdo en eso

que dormíamos bien y nos despertábamos descansados y plenos

esa vez descubrí que vos eras lo más importante del mundo para tu vieja

ella estaba  lejos y no sabía cómo ayudarte

tampoco dejaba de intentarlo, y discutían por eso a cada rato

su mirada conmigo cambió el día que le contaste que estábamos juntos, además de ser amigos

como si yo tuviera el poder para hacerte algo malo

pobre, no te conocía realmente

señora, su hija cuando se pierde se pierde en serio

no le importa romper el corazón de nadie

de hecho, generalmente es lo que termina haciendo

nunca entendí por qué, pero bueno

qué más podíamos hacer si nada tenía sentido

si dejamos pasar la oportunidad de madurar

si decidimos no aprender el saludo mágico

y nos reímos del resto mientras pudimos

después yo me caí del mapa

y ayer cuando nos cruzamos

te pregunté cómo habías estado

vos dijiste: igual

como si no hubiera pasado el tiempo

porque nos conocimos de verdad y yo entendía

que igual no era algo bueno

ni normal, ni mucho menos

05 June, 2022

Melanesia


En el camino formado por el hábito, que cruzaba en diagonal por las cuadras vacías del barrio, llenas todavía de monte y de estepa, encontré a un alacrán peleando contra un hormiguero. La tierra arcillosa se había quebrado por la sequedad del verano, y bajo sus mosaicos existía un micromundo de insectos que buscaban refugio y humedad. El alacrán en realidad estaba muerto y las hormigas lo transportaban sin romperlo.

Iba prácticamente ciego para evitar el brillo del cielo. Tenía que hacer veinte cuadras hasta el almacén más cercano, diez de ida con el sol castigando y diez de vuelta con el suelo quemándome a través de las zapatillas. En el medio estaba el cruce de ruta, una encrucijada peligrosa por la que cada tanto alguien pasaba sin mirar y quedaba debajo de un camión.

Cuando entré al local una brisa fresca me hizo estornudar. "Para los que traen el virus hay un recargo", me saludó la chica en la caja, que escuchaba su lista de rock nacional mientras remarcaba precios y veía las horas pasar. Era la primera quincena de las vacaciones y la gente había dejado la ciudad.

Demoré entre las góndolas con el pretexto de leer las etiquetas mientras me recuperaba bajo el aire acondicionado, haciendo memoria de lo que iba a comprar. Necesitaba fruta para desayunar, pan y queso, limpiador para el suelo. Agregué un sifón de soda, a la que me estaba volviendo adicto, y una libreta para organizarme con las notas que venía escribiendo. Mi última publicación sobre la escalada de tensiones en Melanesia tenía cada vez más lecturas y quería aprovechar ese impulso para meter más variedad en los temas, romper con el reporte nuestro de cada día sobre robos violentos, fútbol inconsecuente y el aumento estimado de la inflación.

Llegué a la caja con las compras entre los brazos. A ella le causaba gracia que siempre me olvidara de traer mis bolsas. Las de nylon estaban prohibidas en el municipio, pero yo había pasado demasiado tiempo afuera como para recordalo. Se demoró en cobrar para charlar un poco, del tiempo o de cualquier otra cosa, como ya era nuestra costumbre. En realidad habían almacenes más cerca de casa, aunque en ninguno de los demás estaba ella.

Me daba cuenta que la tenía que invitar a tomar algo porque siempre que le pasaba el DNI con la tarjeta se quedaba mirando mi nombre o la foto carnet. El problema era que todos los rancios y los borracines se la encaraban día por medio, y ya había tenido problemas con el dueño por ese tema. Nunca entendí por qué le echaba la culpa a ella, pero tampoco me iba a meter para no traerle más problemas. La tensión entre nosotros, creía, era real; porque cuando la estás sintiendo significa que ya es mutua. Sino, dicen, automáticamente se convierte en incomodidad.

Ya me había preguntado con quién vivía, si salía los fines de semana, si tenía hijos o qué. Me había contado, sin que se lo preguntara, que ella tenía un bebé y se había separado al poco tiempo de ternerlo.

Yo pasaba una o dos veces a la semana, y nuestra charla era una acumulación hilada de los comentarios que intercambiábamos durante el año. Siempre nos acordábamos en dónde la habíamos dejado, lo que según un amigo al que le había hablado del tema no podía no ser un indicio. Esta vez comentábamos lo rápido que se nos había pasado el tiempo desde el verano anterior, casi volando. Ella se quejó del calor y yo le respondí que acá adentro estaba divino, logrando que se le escapara una risa boba.



Ni siquiera tuve la iniciativa de pedirle su teléfono. Después de un silencio más largo de lo que podíamos soportar, reuní mis compras entre los brazos y la saludé diciendo felices vacaciones. Quiso saber si me iba, y a dónde. Mentí que a la playa por un par de semanas, aunque mi plan era encerrarme a escribir y cuidarle los gatos al vecino. Le dije que nos veíamos a la vuelta, pero ella puso el índice sobre la balanza del mostrador, sentenciando:

-Yo no voy a estar acá para siempre.

El brazo que apoyaba en su cintura remarcaba su seriedad. Me explicó que solamente necesitaba ese trabajo hasta que pudiera entrar a hacer lo que había estudiado, a partir del próximo mes. Eso significaba que era la última oportunidad. Con la mirada me decía "dale pelotudo, algo, lo que sea", pero sentí que también había un no escondido en el fondo de esa mirada. Eran ojos como nunca los había visto, con una expresión caleidoscópica que concentraba expectativas, frustración, y las explicaciones que no me podía ofrecer porque no nos conocíamos realmente.

"Buena suerte", la saludé, y salí a la calle sofocante. Un par de adolescentes que fumaban marihuana encerrados en un auto abandonado me estudiaron todo el trayecto. Escuchaban algo que parecía ser freestyle; el humo los envolvía y no alcanzaba a darme cuenta si se iban a bajar para robarme, o si tenían miedo de que los quisiera mandar al frente. Tampoco importaba. Solamente podía pensar en volver, con el pretexto de haberme olvidado algo, pero las piernas no me obedecieron. El cuerpo automatizado siguió por el camino de la costumbre, como hechizado por el sol.

Un perro con la lengua al ras del suelo se acercó para olfatearme, intrigado por el olor a comida en mi ropa. Las compras empezaban a pesarme y una gota de transpiración salada rodó por mi ceja, pero volví a encontrarme con el hormiguero, y sentí que necesitaba mirarlo con más detenimiento.

Era la cáscara vacía de un escorpión hueco, la muda de piel que los alacranes cambian para crecer durante su etapa de latencia. Una pieza perfecta, observé mientras la removía con un palito, que conservaba intacta la sección superior. Eran animales nacidos para sufrir. Al despertar de ese sueño ya serían adultos y deberían salir al mundo con la urgencia de reproducirse. Su existencia completa podría ser una tortura pero no tenían forma de saberlo; el viento del verano los orientaba, les indicaba hacia dónde tenían que ir, y eso era la vida para ellos.

27 September, 2021

Por cosas como esa

Alguien me dijo una vez que elegimos las historias que tenemos, pero eso no explica por qué me acuerdo de tantos asuntos ajenos que me obligan a escribir a cualquier hora de la noche; cosas que ni siquiera entiendo para qué me contaron, llenas de detalles, generalmente inventados. Todo se sostiene por tres o cuatro imágenes, como un cuento sin texto en el que cada página es un dibujo. Y lo veo a él, llorando en la escalera del edificio, mientras ella le patea la espalda para que avance, bajando por la oscuridad del pasillo.

Un auto que se da vuelta como una tostada, mamá y la hermana van del lado desafortunado, él tiene ahí doce años. No hay nada que hacerle, pero después la convivencia con su padre es una mierda porque están todo el tiempo encerrados en una casa vacía. La gente que lo comprende le tiene pena y los que no se dan cuenta le dan ganas de romperles la cabeza contra la vereda. En el club lo único que le piden es saltar más alto, hasta tocar el tablero. En el colegio están los pibes y en el baño los puchos. Al principio alcanzaba con eso.

Un día apareció Florencia, que era buena mina pero muy pelotuda y le hablaba como si algún día se fueran a casar, o como si ya estuvieran casados. Después estaba esa chica que encontró sola en un bar y supo que tenía que acercarse a hablarle. En el último año todavía no entendía si le gustaban las chicas en pareja o cagarse a trompadas con sus novios, así que terminó decidiéndose por tomar falopa. El dinero no era un problema: estaba lo del seguro de vida.

El curso de ingreso en ingeniería había sido un descontrol. Para el final de segundo año ya no quedaban mujeres en la carrera, y las que estaban tenían barba. El fútbol no tiraba nada, la cerveza artesanal no lo convocaba, al cine ya no iba; eso fue lo que le contó cuando se conocieron, o eso es lo que ella me contó sobre cómo había empezado su relación anterior.

Ella usaba la pollera azul lisa, su camisa transparente, cancanes y borcegos; él era un rockero que llegaba tarde a la facultad y con olor a escabio. Le dijo a sus amigos que algún día se iba a poner de novio con ella. Las chicas fueron corriendo a contarle, ella con su frialdad de mantis religiosa y él que todas las clases de dibujo intentaba sentarse al lado suyo. Eran otras épocas. Por supuesto, ella no le dirigía la palabra; pero el chabón persistía, sin hablarle porque no era necesario, después de un tiempo ya sin mediar el saludo.

Trato de imaginarlo pero no puedo, alguien tan descarado y al mismo tiempo discreto, encantador a los ojos de sus amigas, insistiendo en silencio durante meses, obviamente acostándose con otras mientras tanto pero firme cada semana junto a su tablero de dibujo técnico. Sin hacer chistes ni pidiéndole un lápiz prestado: los dos en silencio, esforzándose para concentrarse bajo ese perfume sin aroma que es la joven adultez de veinte años.

Es un hechizo poderoso saber que le gustás a alguien. Ese qué se yo de misterio y dinamita en su actitud tenía el atractivo de la confianza desmedida, que muy seguido identifica a los psicópatas carismáticos. A mí jamás se me hubiera ocurrido ser tan jugador. Lo mío había sido el colmo de lo sencillo, hacerla reir en el pasillo de un bar, darnos unos besos y contarle algo interesante para que se acordara de mí cuando se le pase la resaca. Pero él lo intentó de frente, en el cumpleaños de alguien, sin conversar demasiado.

 


Los primeros meses fueron la alegría de la vida. Parece que el tipo tenía un miembro de otro planeta, aunque al tiempo la emoción se le pasó porque, según sus palabras, con esa tarasca de caballo no podían hacer nada. La frustración aumentaba y la convivencia se hacía pesada. Él no cocinaba, apenas limpiaba, y ella se encargaba de todo porque compartían un departamento sin haberlo convenido antes. Además él tenía grandes problemas de celos, y cuando no conseguía anotarse en sus horarios se le metía en el aula para pasar el rato.

La pala que corría como una liebre y los pibes que se pasaban semanas completas dibujando todo a último momento, cuando se acercaban las fechas de entrega. Ella mandándose a mudar largas temporadas, porque no se lo aguantaba cuando estaba con los amigos. Y la tiza siempre a la vista, como si fuera un centro de mesa. Por cosas como esa nunca quiso presentárselo a sus padres. Ella en cambio sí conocía al papá de él, que la incomodaba preguntándole qué tiene mi hijo para merecer a una chica como vos, incapaz de darse cuenta que ya empezaba a hacerse la misma pregunta.

¿Por qué estaba contando esto? Ah, sí, la ruptura. Una cosa amarga. Mugre por toda la casa, él que no es capaz de entender una indirecta y ella que harta, equivocada, le grita yo no puedo llenar el lugar de Tamara. Ahí se va todo a la mierda, porque él en vez de contestar hace estallar la botella contra la heladera, manotea las llaves de la mesa, pega un portazo y sale para el ascensor. Gritar en el pasillo, dejar el departamento abierto, nada les importa. Era uno de esos vínculos que denominan tóxicos, pero que en realidad son simbióticos. Ella le grita pegame, pegame, nadie entiende por qué; él la mira rabioso, atravesándola con la mirada, pero al final no pasa nada.

Al final se corta la luz. Ninguno pronuncia palabra durante varios minutos. De a poco y mal vuelven a hablarse, porque tienen que hacer fuerza para abrir la puerta del ascensor, atascado entre dos niveles. Maniobras para salir, vos primero, no, vos, y así; empiezan a reírse, reptan hacia un pasillo que, como no hay electricidad y ninguno tiene su celular, no pueden saber en qué piso está. Él que la abraza, bajo el resplandor de la salida de emergencia, pero en lugar de besarla se larga a llorar y recién ahí ella comprende que eso fue todo. Él que le ruega, prometiendo cambiar, algo que nadie le había pedido.

Lo que sí le pide, ya que no la deja irse, son las llaves del edificio; y como tampoco se las quiere entregar ella empieza a enojarse. En la última escena los dos van bajando por la escalera, a ciegas, y a veces él frena para sentarse, llorar con las manos en la cara, pedirle que no se vaya, amenazando con suicidarse. Ella, reacción curiosa, lo patea en la espalda como si realmente fueran hermanos. Admite que en el fondo, en el momento, le parece entretenido. Yo la escucho y me doy cuenta que está loca, que demoré demasiado en percibirlo; porque lo relata como si fuera algo normal que no le pasó hace un año sino en otra vida y eso, por algún motivo, se me hace lo más triste de todo.

26 March, 2021

Secuencia



    Llego a la esquina, busco para estacionar del otro lado porque hay una banda escabiando en la vereda y después resulta que es culpa mía si les pinta hacer una locura. No me gusta flashar Esteban Etcheverría, pero es lo que termina pasando. Freno detrás de una casa rodante con un stencil que dice "No las hemos [silueta de las islas] de olvidar". En el barrio hay cada vez más casas rodantes, porque hay cada vez más personas y el espacio sigue siendo el mismo. Nadie pareciera darse cuenta, y si se dan cuenta estarían eligiendo no hablar del tema. En la puerta del mercadito hay dos canas. Antes los pasaba de largo como si fueran fantasmas pero desde que maduré aprendí que conviene saludarlos. Elijo verduras de los cajones de afuera, que son los que están en oferta. La banda mira y me relojea, tirando un par de bolazos. Serán unos veinte; como no les doy pelota, vuelven a sus asuntos.
    Consigo lo que necesitaba y me pongo en la fila, detrás de un tipo bastante regular y una vieja que no usa tapabocas. La banda se desconoce y arranca a las trompadas. Desde adentro los observamos a través de la vidriera, como si fuera un show de títeres. Algunos que están en la puerta comentan entretenidos mientras los demás nos quedamos esperando hasta que nos atiendan. Cuando llego al frente, la chica me dice que el precio es por kilo y que tengo que completar sí o sí una cantidad redonda; que sinó no me puede cobrar. Piña va, piña viene. Me quedo pensando cómo puede ser que no quiera cobrarme si tiene una balanza digital, pero igualmente no le hago el planteo porque son dos kilos por cien pesos y ya no se consigue comida a ese precio. Completo la bolsa, vuelvo para la caja. Empiezo a dudar si conviene dejar o llevar el paquete de yerba, pero cuando estoy en el mostrador la cajera observa perdidamente como a través de mí, y dice:
    -Tiene un arma.

 



    En vez de girar hacia la puerta levanto la vista, para ver lo que ella está viendo, que es el monitor de las cámaras de seguridad. Un chabón revolea como un poncho lo que claramente es un calibre 38, que estalla en un único disparo sucio y profundo. Salto detrás de la góndola como si fuera una trinchera, impresionado por la indiferencia del resto de los clientes, que permanece en la fila. Como no puedo saber si están desinteresados o acostumbrados, o en pánico, grito desde el suelo "Qué onda loco, ¿soy el único que se asusta?", pero tampoco responden. Eso me molesta más que toda la secuencia. Aparece la dueña para gritarle a la cajera que llame a la policía; ella le responde que la policía salió corriendo en la dirección contraria y la dueña insulta en todas direcciones exclamando que les paga para que estén en la esquina, llamando frenéticamente al nueve once y puteando todavía más porque nadie la atiende. Luego baja alguien desde el primer piso para avisar que al de la pistola ya le cayeron encima dos patrulleros, una camioneta, varias motos, una serie de policías a pié, etc. La dueña saca la cabeza por la ventana para corroborarlo, sin dejar de insultar. Pago lo mío y arranco. En el aire había quedado suspendida una nube de pólvora, como la que se podía sentir en diciembre cuando todavía tirábamos pirotecnia.
    Sonrío, aunque tiemblo por dentro. Sería demasiado conveniente que mi naturaleza pudiera ignorar la adrenalina y la molestia del aturdimiento en mis oídos. Fueron demasiadas oportunidades en las que me tocó mantener la sangre fría, para correr o para pelear. Se activan en mí los antiguos miedos. Todas las veces era mi culpa, por andar donde no se debe. Así me lo daban a entender los demás. Unos lamentándose porque no existía la pena de muerte, los otros divagando en un eterno es más complicado. Consigo respirar, y el peso que me oprime los pulmones desaparece lentamente. Hago una nueva anotación en mi libreta imaginaria: "al día de la fecha, nadie consiguió nada de mí por las malas".

25 November, 2020

Nunca fui muy de escuchar los Smiths


    Siempre que alguien habla de Lincoln me acuerdo de Anto. Me pregunto cómo le estará yendo, y si habrá encontrado la manera de ser feliz. Nunca me animé a contarle que era una de mis personas favoritas en el mundo. Antes de conocerla y descubrir que había nacido con el corazón de una paloma la veía pasar por los pasillos de la facultad, brillando con la autosuficiencia de una estrella de rock. Colgaba mirándola en los teóricos, cuando se encorvaba para dibujar y las vértebras le asomaban por la espalda como si fuera anoréxica.
    Eso sí se lo dije una vez. Estábamos tirados en la cama y quiso saber en qué momento había empezado a gustarme. Le conté lo de sus vértebras, sin darme cuenta que no sería algo que ella quisiera escuchar, pero Anto era diferente y no se dejaba afectar por los comentarios. Una vida como hermana del medio, entre un varón más grande con tendencias fascistas y un par de mellizas más chicas con complejo de barbie, le había extirpado la sensibilidad necesaria para ofenderse por un comentario. Esa desconexión del mundo la cubría como un halo de misterio.
    Una noche que estaba en el cine la encontré apoyada contra una columna, prendiendo un cigarrillo cual malevo de tango. Le dije a los chicos que algún día iba a salir con ella, aunque estábamos lejos y nunca supieron de quién les hablaba. Otro día la encontré saliendo de rendir un examen y me acerqué a preguntarle cómo le había ido, aunque ni siquiera estaba anotado en esa materia. Investigué su nombre con una amiga que al menos la ubicaba y empecé a saludarla cuando nos cruzábamos por los pasillos. Un día  me animé y la invité a tomar algo.
    Le dije de caer a un bar de cerveza artesanal que estaba en el centro, una casa antigua que los hipsters habían reciclado con la doble virtud de ser barato y estar siempre vacío, tal vez porque la gente no se daba cuenta de que era un bar. Llegué demasiado temprano, es decir puntual, pero cuando estaba empezando a creer que me había plantado ella entró buscándome con la mirada.
    Cayó vestida exactamente igual que siempre, igual que cuando iba a la facu, igual que en la puerta del cine, con las mismas zapatillas. Me explicó que recién salía del laburo, que no había cenado y que si la disculpaba por pedirse algo para comer. Hablaba con su voz suave pero grave, con la familiaridad que se tienen los amigos, y yo sentí el dolor del flechazo en mi corazón. La escuché contarme acerca del local de ropa, y de una pelea entre proxenetas y travestis ahí en la puerta del negocio, mientras su jefa le prohibía llamar a la policía.



    Después de unas porciones de fainá y varios cuencos de maní pedimos una última pinta para compartir. Habían puesto un disco de los Smiths, seguramente porque vieron el parche en su campera, pero ahora no recuerdo cuál porque nunca fui muy de escuchar los Smiths. En un momento que salió a la vereda para fumar la acompañé y nos terminamos besando. Después caminamos hasta mi casa, charlando acerca de las pocas cosas que teníamos en común.
    En el camino me preguntó si podía usar la ducha cuando nos levantáramos, dando a entender que se estaba quedando a dormir. Eso me pareció maravilloso. Cuando clareó empezaron a cantar los pájaros y fue imposible descansar; antes del mediodía se largó a llover y no daba echarla bajo la lluvia, así que preparé algo para comer. La comida nos hizo dormir una siesta y cuando nos levantamos ya era de noche otra vez. Tomamos unos mates y en seguida se hizo la hora de la cena. Como no le pedí que se fuera ni a ella se le ocurrió, volvimos a dormir juntos.
    Pero esta tercera vez consecutiva ya no fue tan agradable porque el olor a jabón neutro de su piel, que ahora recuerdo tan agradable, había empezado a saturarme y necesitaba saber qué le pasaba. A mitad de la noche le pregunté si estaba todo bien en su casa. Respondió que acababa de cortar una relación de un par de años, la primera que había tenido en su vida. Sus palabras decían que estaba segura de no volver, pero su voz lo ponía en duda. Y el halo de misterio que la envolvía se convirtió en una película de autismo, un síntoma del aturdimiento permanente en el que vivía. Cuando le pregunté si tal vez era muy temprano para estar con alguien, es decir conmigo, ella levantó los hombros en gesto de no sé y respondió que yo la había invitado.
    Todo esto ocurrió en la ciudad de La Plata, donde las avenidas se cruzan con diagonales formando asteriscos de seis esquinas. Uno siempre intenta cruzarlas por el centro, e invariablemente queda atascado en el tráfico. La cara de desorientada que puso al decirme que yo la había invitado era la misma de la gente atrapada en esos asteriscos.
   Volvimos a vernos un par de veces, y después ya no; aunque muy seguido me despertaba sus llamadas perdidas. Le escribía para confirmar que estaba bien, siempre me respondía que sí, pidiendo disculpas, y a la semana lo hacía de nuevo. Dejé de responderle y entonces dejó de llamar. Después pasaron los años así que no tengo manera de saber si se acuerda de mí. En realidad, me gusta pensar que no me recuerda. Yo solamente recuerdo que sabía manejar la intensidad de su calidez para no quemarte, como si fuera la luz del sol en otoño.

10 February, 2020

Los masones ésto y lo otro

    Por esa época nos juntábamos muy seguido a tomar una botella de vino bajo algún farol quemado de la plaza, que nos daba el toque justo de juventud descarriada. Tini evocaba esos días con la melancolía tanguera que le perdonamos a los amigos que viven en el extranjero, sufriendo a cada rato por el mate, las milanesas, etc. Idealizaba los años que compartimos en la residencia y retomaba las antiguas charlas de plaza con intención forzada.
    En su jerga los burócratas eran masones, no tengo idea por qué pero creía entenderle. Los masones ésto y lo otro, decía, o: el problema de nuestra sociedad es que hay demasiados masones. Hablaba de los funcionarios y los políticos, pero también de los veterinarios y los arquitectos; prácticamente todos caían para él en la clasificación de panchos de alma. Yo interpretaba su monólogo como una crítica libertaria hacia nuestra sociedad de consumo, hacia la norma colectiva que nos impone convertirnos en herramientas del sistema o en su ganado, y asentía.
     Tampoco hay que engañarse; el Palto no era ningún espartaco sino que le molestaba tener que pagar los impuestos que compicaban su minúsculo lavado de dinero. Era infrecuente, pero lo hacía: compraba instrumentos de música en internet y los revendía por monedas entre sus conocidos. Luego cambiaba los pesos con algún arbolito del centro, siempre diferente, y reservaba una cantidad para gastos personales. Todo lo demás se convertía en dólares que escondía en el patio de alguna casa de confianza, porque al parecer los que andan en la movida tienen complejo de Pablo Escobar.



    Él me insistía que ese había sido el problema de fondo con el narcotráfico. Promediando los años ‘80 el cartel de Medellín había sepultado la moneda de los gringos por toda Colombia, alcanzando un abrumador 10% del metálico en circulación. La reserva federal se había visto en la obligación de imprimir más billetes, porque uno de cada diez dólares estaba enterrado en Colombia; y recién entonces, porque nada les molesta tanto como admitir que la mano invisible del mercado es un cuento, los yankees habían tomado la determinación de caerle encima al patrón.
    Pero aquel dinero nunca terminó de recuperarse y eso, según Tini, demostraba la eficiencia de los pozos: una técnica legada por los piratas. Rollos de cien, envueltos en sucesivos preservativos como mamushkas, bien asegurados en los bolsillos de la pacha. El asunto estaba en que no siempre se podía llevar el registro de dónde quedaba cuánta plata, amnesia canábica mediante, o podía ocurrir que el dueño de casa se volviera cocainómano y entonces había que salir volando a rescatarla porque dicen que la falopa es al dinero como el azúcar para las caries.
    Lo peor era que los tipos siempre estaban muy agradecidos de que les quitaran la guita de su alcance: no es la persona, comentaban todos, porque era un problema habitual y también existía camaradería entre ellos. No es por la plata, se excusaban cuando pasaban a buscarla, dando a entender que preferían resguardar la amistad. Y a la luz de la experiencia, todos consentían que era lo más indicado.

08 July, 2019

Me hace mal

Cruzamos miradas y ninguno amagó a saludar. El instinto me pedía que siguiera caminando y le pasara por el frente, solo para ver qué hacía. Resultó más fácil de hacer que de imaginar, aunque diez pasos adelante me dí cuenta que venía conteniendo la respiración desde el momento que nuestros hombros se tocaron. Adentro parecía que el sonidista se había emocionado con la máquina de humo, pero no había máquina de humo.
Hice fila en la barra para dejar mi campera. No la traía como abrigo sino para guardar el teléfono, las llaves y la billetera. Necesitaba los bolsillos disponibles para meter las manos, porque encerrarme en el celular para distraer a mi ansiedad social era una pulsión tan fuerte que no guardarlo era lo mismo que no salir.
Una chica me gritó mi nombre en el oído, clavándome unos dedos como garras en el brazo. Era Victoria, a la que no veía desde el colegio.
-Estás igual.
-Gracias.
-Ay, forro, ¿no me vas a decir que yo también?
Acercaba la cara en puntas de pié para escucharnos por encima del sonido. Estaba borracha, pero su aliento era bastante agradable. En realidad solamente habíamos sido compañeros de escuela, y en estos años hasta me había olvidado de su existencia. Ahora tenía el pelo azul, verde y violeta.
-No -sonreí-. Vos parecés más joven.
Me abrazó con todo el cuerpo, casi para taclearme. Charlamos un rato en el que le entendía la mitad de lo que decía y después me preguntó qué andaba haciendo, sin precisar si hablaba de esa noche o de mi vida en general. Le contesté que no sabía, lo que se aplicaba en ambos casos, y me hizo seguirla de la mano para pasar entre la multitud de la pista. Parecíamos una parejita que buscaba un lugar para besarse. Cuando llegamos al patio señaló en tal dirección diciendo que quería presentarme a sus amigas.



Sus amigas eran una flaca y dos chabones con pinta de hipsters que se apiñaban sobre un banco de cemento. Me saludaron mencionando sus nombres y ofreciendo los nudillos en un desinteresado choque de puños, excepto uno de los chicos que se encorvaba sobre sus rodillas picando faso. Victoria barrió el suelo con la zapatilla para sentarse frente al grupo, y la imité.
Me presentó como a su compañero de pupitre en el primario, algo que no recordaba, y habló de un viaje a Mar del Plata que habíamos hecho para las olimpiadas de matemática. Yo había estado en las olimpiadas pero no en ese viaje, aunque evité corregirla. La otra chica, que se llamaba Cami o Mica, no sabía lo que eran y en lugar de explicarle inventaron una competición en la que tenías que resolver ecuaciones mientras corrías y saltabas por una pista. Se lo estaba creyendo hasta que alguien inventó que el árbitro te podía pegar con ese transportador gigante que se usaba en el pizarrón.
Por la forma en la que se reían era evidente que habían tomado éxtasis o algo así. Después sus amigos se pusieron a hacerse cosquillas y empujarse para tirar al otro del asiento. Entonces me preguntó: Bueno, ¿vos qué onda?. Los ojos le brillaban y realmente parecía más joven que cuando éramos chicos, o tal vez más infantil.
-Eso, loco -se metió uno de los chicos, con el atrevimiento que le causa gracia a los frikies-, ¿qué onda con vos?
-¿Qué onda con qué?
"Con la vida", completó Victoria. Les dije que no sabía por dónde empezar. "Contá en qué andás, qué estuviste haciendo, no sé. ¿Estás enamorado?". Amagué a responder, pero en lugar de hacerlo bajé la mirada.
-Creo que sí.
-Uy, te está re dejando una mina.
-No.
-¿Un chabón? -arriesgó la otra chica.
-Peor.
-Te estás comiendo a la novia de tu amigo.
"Tampoco es tan malo", aclaré, "me gusta una persona con la que no pasa nada". Lo había resumido bien, aunque dicho de esa manera quedaba poco claro. Quisieron saber hasta qué punto no pasaba nada, y cuando les expliqué que ni siquiera sabía su nombre perdieron el interés. Los chicos habían encendido el faso y ya tenían su propia conversación.
-Entonces estás manijeando -concluyó Victoria.
-Básicamente.
-¿Y de dónde la sacaste? -preguntó Cami o Mica.
-Nos cruzamos hace un par de meses en la movilización contra el desalojo de un centro cultural y noté que me estaba mirando. Después me dí cuenta que debe ser del barrio porque la volví a encontrar un montón de veces, en la fila del chino o arriba del colectivo. Al principio creí que me conocía, pero ahora estoy seguro que no. Y cada vez que pienso en acercarme a saludarla me pasa lo mismo, termino pensando que estoy flashando y sigo de largo.
Se miraron entre sí y Victoria soltó:
-Estás hasta las manos.
-Mal -apoyaba su amiga-, tenés que invitarla a salir.
-No la conozco.
-No importa, si te estaba mirando ya fue. La próxima vez tenés que ir y decirle "hola, me gustás, vayamos a tomar una birra".
-¿Así nomás?
-Sí, pelotudo -decía Victoria-, así nomás. Bueno, perdón por lo de pelotudo. Pero le tenés que hablar, no seas marica.
Me sentía un poco fuera de estado para tirarme a la pileta de esa manera. En otra época hubiera demorado cinco minutos en ir a hablarle y despejar la incógnita, pero ahora se me hacía cuesta arriba. Pensé en Victoria, que todavía no agotaba la energía de su adolescencia.
Cambié el eje de la charla preguntando qué harían ellas en lugar de la chica, con una invitación tan jugada. La respuesta siempre era depende, y con su amiga decían depende, jugando con las posibilidades de una situación tan hipotética. Al rato empezaron a dudar de la estrategia.
-Bueno, igual es lindo -me dijo.
-¿El qué?
-Estar enamorado, sentir algo, no sé. Eso que pasa a veces. Está Bueno.
-No te creas.
-Encima es como en esa teoría que dice que los que están enamorados siempre se encuentran por coincidencia -agregó la amiga.
-¿Cuál teoría?
-Esa, que cuando dos personas están enamoradas, es más probable que se encuentren por casualidad. Está científicamente comprobado.
-Igual no sé si estoy enamorado.
-Pero sí, chabón. No lo controlás, es una cosa química, eso de las maripositas en la panza y qué se yo. ¿Sentiste maripositas cuando se vieron?
-Sentí una pelea de gatos.
-De una, es re especial eso.
-Me hace mal.
Esta chica que se llamaba Cami o Mica sacó del bolsillo de su tapado una petaca metálica para ofrecerme. La giró por el lado de los chicos, que se cobraron un peaje, y yo también le di un trago.
-¿Qué están tomando, colonia pibes?
Me preocupaba que todo les causara tanta gracia. Cuando terminó de reírse, Cami o Mica me explicó que era caña de durazno. Compraban algún escabio horrible para que les rindiera toda la noche, porque de otra manera se ponían muy en pedo o terminaban discutiendo por plata, o las dos cosas.
Después colgué mirando la noche. La afinidad entre las personas había sido un misterio desde el origen de los tiempos, y por eso todavía existían los horóscopos y las agrupaciones políticas. Tal vez en el futuro alguien diera con la solución, para liberarnos entre otras cosas de tantas supersticiones con las que nos mateníamos distantes.
Tuvimos que levantarnos porque alguien a nuestra espalda dejó caer una cerveza que se hizo astillas por el suelo. Ya había pasado la última banda, y el patio estaba cada vez más atestado de gente buscando aire limpio. Victoria entonces pasó a sentarse sobre las rodillas de su amiga, y yo me quedé parado en frente de ellas. Era el único que no revisaba el celular, porque no lo traía conmigo.
-A mí me parece que deberías hablarle. Aunque no pase nada, al menos te fijás si después de eso te sigue saludando.
-Y si llega a pasar algo -agregó Cami o Mica, sin desatender su teléfono-, le sacás una foto para ver si la conocemos.
Victoria estuvo de acuerdo. No se me había ocurrido preguntar si alguien la conocía. "Es la que está allá, entre la pared y la palmera", comenté, señalando con la cabeza. Giraron el cuello sin discreción.
-¿Cual -preguntó la amiga-, la que se parece a Sabrina la bruja adolescente?
-La otra.
-¿La que está charlando con el chabón que está re bueno?
-Esa.
Las chicas dijeron uhh y de nuevo cambiaron la conversación. Estábamos demasiado lejos como para que se escuchara, pero cuando señalé en su dirección se giró como si entendiera que hablaba de ella. Al hacer contacto visual volví a sentir esa fiebre tropical escalando por la espalda, fría y caliente, que invadía el aire con una fosforescencia anaranjada y que desaparecía con la misma intensidad cuando nuestras miradas se desencontraban.

16 October, 2018

Punto de giro


te daría mi palabra pero la necesito
de todas maneras no vale más que cualquier otra
porque no domina la retórica engañosa
ni se mueve en contra de sus pocos enemigos
protegida bajo férreas certezas dogmáticas

el caso es que se ha muerto la abuela coca
esa que tenía una sola pollera marrón
y arreglaba medias mientras cocinaba fideos
firme junto a la radio que pasa las novelas
siempre en contra de cualquier cambio en su galaxia

el coche no arranca porque hace mucho frío
a pata no da ir porque estamos a mil cuadras
mañana ya es otra cosa, no vas a comparar
lo que pasa es que allá son serios y acá no
por eso nos ocurre, y siempre va a ser igual

la angustia eran los recuerdos del futuro
imágenes de un trabajo grande e importante
decisiones que marcarían un punto de giro
y la noche que fuimos a dar todo por perdido
nos despertamos, perfectamente sincronizados




23 July, 2018

Atrapada en las fuentes

Me resultaba gracioso imaginar a los dioses primitivos teniendo que adaptarse a nuestro estilo de vida, también alienados, con roles asignados dentro su sociedad divina. Algunos estarían encargados de proponer ideas para enriquecer el argumento de la trama cotidiana, sacando de su consumida galera nuevos episodios para los dramas policiales, las comedias amorosas, las comedias policiales y los dramas adolescentes que tanto necesitamos.
Por debajo suyo estarían los dioses rasos, encargados de hacer girar la vida. Podía imaginarme algunos de esos dioses modernos y hacer una lista: con el dios de las listas, el pequeño dios de los fuegos que habita en los encendedores, o el dios insomne de los medios de comunicación. También entraría el apático dios de las cosas que salen mal, el que hace funcionar los semáforos a destiempo, burlándose cada vez que un despertador no suena.
Y por supuesto, sus esposas las diosas: diosa de la comida a domicilio, diosa de las parejas infieles, diosa de los sahumerios y las velas aromáticas, o la compasiva diosa del agua que fluye atrapada en las fuentes. Diosas de las líneas telefónicas, las que hablan con voz mecánica.
Dioses de la nada, con mil caras; todos bajo el mando de Macedonio Fernández, que había reservado para sí mismo el primer pedestal sin monumento ni placa. Esos que habitan el espacio entre los átomos, dormidos por ahora.
El joven dios del éxito, al que se representa como un polvo finísimo y blanquísimo. La temible diosa de la soledad, llamada melancolía en la jerga de los enamorados, que no cierra sus ojos de noche ni de día. El dios de las ilusiones. ¿O era una diosa? Claro que era una diosa, fluctuante, cambiante; por eso la identificamos con la luna.
Dioses de las proporciones y diosas de las relaciones, del ratio; las que cuidan las apariencias. Dos señoras maduras que barren cada cual una vereda, emparentadas por el nombre, siempre entregadas a su tarea y a su conversación: la locura y la cordura. Su prima soltera, la literatura.
El dios delgado y misterioso que recorre la noche buscando un banco de plaza en el que acostarse a descansar, pero que nunca puede dormirse porque tiene muchas deudas; deudas mitológicas, que se remontan a épocas en las que el mundo todavía no existía.
Deidades olvidadas por sus cultores, muertas con los pueblos nativos, que bailan tristes encima de las mesas en los antros de cumbia villera. Deidades crueles que nos imponen al azúcar en todas nuestras comidas, por cuyo lobby ahora las emociones han sido reglamentadas y racionadas: no más de tres por persona. Dioses indiferentes como el viento, indistintos como las hormigas, cargados de productividad y profesionalismo.


Dioses ya no del dinero sino de las moneda, batallando sin tregua por el honor de cada nación, urdiendo complots y desangrándose con las devaluaciones cíclicas. Dioses que empujan la mierda por el inodoro y a los camiones de basura fuera de la ciudad, hacia los infiernos baldíos, para simplificarnos la vida y alejar los efectos del progreso de nuestra mirada. Temibles dioses con máscaras, los devoradores de inocentes, que acechan en los lugares donde antes hubo una selva: en la estación de trenes, en el supermercado, en la facultad de ciencias jurídicas.
El dios de los colectivos, figura en la que están inspirados los ángeles. El policía que está clavado en un mundo que gira puede viajar gratis en colectivo; pero el maestro de escuela, inmóvil frente a un río de niños que solo aumenta, tiene que pagar sus viajes con monedas.

14 February, 2018

Le dije que vivíamos como reyes

 Con calor, mientras los pájaros cantaban, pegados a las sábanas, con la ventana abierta y las cortinas bailando, la luz que se reflejaba contra los edificios blancos filtrándose dentro del cuarto, en el silencio de febrero; yo la miré y le dije que vivíamos como reyes. Quise decirle que éramos los privilegiados de nuestra época, que solamente nosotros podíamos disfrutar de una tarde muerta con tanta tranquilidad. La gente de más y menos edad, de más y menos dinero, con personas a su cuidado o sin nadie para compartir la vida, ya no podía sentir eso que estábamos sintiendo; o mejor dicho, aceptar lo que estábamos recibiendo.
 Solamente nosotros ostentábamos el beneficio. Teníamos frutas de todas las naciones, en una heladera que medio siglo antes apenas estaba al alcance de la aristocracia, y derrochábamos la libertad por la que tanto se había matado y muerto en la Historia de la humanidad. La malgastábamos, así tirados en silencio, con los ojos abiertos, a distancia por el calor pero juntos en la respiración, que seguía acompasada. Ella me miró sin decir nada, tal vez no me entendiera, porque un comentario como ese solo puede causarnos culpa.
 No estábamos entrenados para disfrutar de la realidad, y sentirnos culpables era parte de nuestra herencia. La clase alta, con las manos manchadas de sangre, ahuyentaba los remordimientos de su reposo con vicios y lujos desmedidos, como amuletos brillantes contra la reflexión de su propia imagen. Para nuestros abuelos el reposo había sido algo directamente inmoral. La gente, cuando no estaba trabajando, se envilecía; eso dictaba la norma, y una señal de buena educación dentro de nuestras familias había sido siempre esconder o disimular el placer de no estar haciendo nada. Sencillamente tirados en la cama, juntos pero separados, y alegres.
 Elaboré mi idea. Le señalé los libros sobre la mesa y le pregunté cuántas personas los tenían a su alcance: textos para interpretar y entender lo que decían las noticias, novelas para pensar en la naturaleza humana, poemas y diccionarios. La envidia de cualquier sabio clásico. El ventilador, otro milagro moderno. La ropa en los armarios, a nuestro gusto personal y selección. Y mirá dónde estamos (alcé las manos). Cerca del centro, contestó. No, estamos acá tirados; lejos de donde caen las bombas. No estamos ni en la cancha, ni en la iglesia, ni haciendo el trabajo barrial para un partido que a la hora de las elecciones manda de candidato a sus peores fariseos. Lejos de las obligaciones, las conspiraciones, las tribus urbanas y las apps de citas. Estamos como queremos, le dije, y si hacemos silencio no va a venir nadie a molestarnos.
 Volvió a mirar hacia el techo, entrecruzando los dedos, preocupada por mi alma de hereje. No quería ser la que se encargara de explicarme que lo nuestro era una mentira. Yo entendía eso, decirlo en voz alta hubiera sido una hostilidad inmerecida, pero sabía perfectamente que lo nuestro no era sustentable a largo plazo. Solo intentaba resaltar, liberándome de lo que significaba, toda la riqueza del momento; como suspendidos en una hamaca paraguaya o dormidos en una canoa que bajaba por el río. Sin nada que hiciera falta; y le dije que sentirse así era el objetivo de la vida.
 Me conocía a morir, y tal vez la sonrisa con la que clausuró el diálogo fuera un acto de compasión. Ella, que decía no tener ambición. Que se sublevaba con mi ausencia de carácter y mi fragilidad, pero que después confesaba admirarme. Conservo ese recuerdo adentro de un diamante, y nada tiene permiso para ensuciarlo. Llevo esa sensación sobre el pecho como quien lleva un rosario, porque me recuerda que fuimos felices y que, llegado el momento, vamos a volver a sentirnos llenos.




28 December, 2017

Melala

 Un problema gordo y peludo lo tuvimos con ese último caso del circo que no se quería mover porque le había ido un poco mejor de lo calculado, y entonces pretendía dejar puesta la carpa medio mes más. Le explicamos al gitano que ya teníamos alquilado el baldío para la fecha; lo de la fecha era mentira, pero necesitábamos limpiar, y no hubo manera de hacerle entender a ese muchacho que nadie le estaba regateando. Por supuesto que él se enojó como si hubiéramos roto nuestra parte del contrato, se agarró la calentura contra el pibe que pasaba a cobrarle la semana y le escupió la camisa. Cuando lo hicimos llamar, mandó a su hija con la plata de los quince días por adelantado.
 Yo le dije a Rodriguito que había dos posibilidades: o bien se estaba pasando de listo, o bien eso era normal para ellos y estábamos ante una diferencia cultural. En los dos casos, le dije, la solución era llamar a la cana. Duro como es, Rodri quería que fuéramos nosotros primero a ver qué cara nos ponía; así que le caímos encima un domingo antes que abriera.
 Tomamos la precaución de llegar en otro coche para que nadie nos reconociera, porque nunca se debe perder el efecto sorpresa a la hora de enfrentarse con los taimados. Además del cabezón, venía con nosotros un negro de otro despacho y el pibe de los mandados, para que le pidiera disculpas en frente nuestro. A una cuadra del lugar ya tuvimos que ir bajando la marcha porque estaba lleno de gente caminando por la mitad de la calle. Hicimos los metros que faltaban esquivando la guerra de nieve loca que se tiraban los pibitos.
-Está cerrado hasta las siete y media -dijo el que cuidaba la reja.
-Vengo a hablar con Antonio -le contesté, como habla el patrón.
 Pasamos, y ya se notaba el tono de la visita, porque los del circo nos miraban en silencio casi esperando la orden para atacar. El lugar era una mugre. Llegamos hasta la casa rodante de Antonio y los hijitos nos comentaron que estaba en la carpa haciendo números. Pedimos indicaciones para encontrarlo y nos mandamos por la parte de atrás. Ahora vamos a arreglar bien los números, dijo el cabezón de Rodriguito en el camino; yo le hice la seña de que bajara, que no había que entrar en caliente porque así no se resolvía.
 En el circo hay mucho tipo forzudo, equilibristas y fulanos anchos que levantan pesas, pero de lo que hay que cuidarse es de los loquitos; los tipos raros que fueron a parar ahí porque los abandonó la mamá en una canasta cuando nacieron. Esos, que son los más valientes porque se pasaron la vida cagándose a trompadas cada vez que alguien les decía hijo de puta, son los que hacen las tareas de limpieza y los actos más jugados, como malabares con cuchillos o piruetas en moto.
 Faltaban veinte minutos para que entrara la gente y entonces la carpa era un hormiguero de pibes y pibas yendo y viniendo con sogas, baldes y caños para todos lados. De fondo sonaba la música de Zorba el Griego que iba con el acto de apertura de los payasos. Encontramos a Antonio desenredando una madeja de enchufes y extensiones mientras le gritaba entre puteadas a una vieja que se callara la boca y subiera a probar las luces.



 Saludó sorprendido, con sorpresa genuina o bien fingida, como quien recibe la visita de un amigo. Atrajo con un ademán a un flaquito que tenía cerca y le dijo quiénes éramos, como si presentarnos fuera un elogio. Intentó hacerse el boludo, diciendo que estaba ocupado, y yo sentí cómo el Rodri se venía para adelante pero en lugar de frenarlo dejé que le pusiera algún rigor a ver si empezábamos con el pié derecho. El cabeza le preguntó sin darle vueltas por qué todavía no habían levantado la carpa.
 Poniéndose serio, con cara de justo ahora no puedo, el gitano le hizo señas a la vieja en el poste de las luces y nos pidió que lo acompañáramos mientras terminaba de acomodar. La música sonaba cada vez más alta y saturada.
-Me dice la nena que quieren vender el baldío para hacer un supermercado -empezó por comentar, como si quisiera llegar a algo.
-A ver, Antonio -intenté ordenar-, el predio ya está vendido hace un año; tienen que comenzar la obra antes del verano para terminarlo en fecha. Eso no tiene vuelta.
-Claro, qué cagada. ¿Y les dijiste que nosotros nos vamos a quedar hasta fin de noviembre?
-No, Antonio -se metió el Rodri-, nadie les dijo nada porque nosotros cuando arreglamos algo siempre lo cumplimos.
 El gitano estaba acostumbrado a negociar así, o se hacía el desentendido, porque sobrellevaba la situación con cara de ángel. Era como hablar con un médico: escuchaba solamente lo que tenía ganas. Cada tanto cambiaba de expresión para gritar órdenes furiosas, desahogándose con los empleados o demostrando su autoridad en frente nuestro. Pasamos por varias capas del toldo, la música era apenas sonidos guturales, y al final llegamos hasta un enrejado. Mientras veníamos discutiendo Antonio le pidió a nuestro pibe que dejara cerrado con candado, que salíamos por el otro lado. Yo le hice que sí con la mirada para que no perder tiempo, porque parecía que ya lo teníamos contra las cuerdas; y en eso estábamos cuando de la nada el gitano de mierda gritó ¡Melala! ¡Vení, Melala!, y apareció un puma caminando al lado nuestro.
 Nunca había visto uno así de cerca; era un bicho grandote, que le llegaba al negro hasta la cintura. Antonio siguió charlando como si no pasara nada, continuando con lo que fuera que venía diciendo, mientras se arrodillaba para acariciarle la cabeza con la yema de los dedos. Sacó de la campera una petaca y un pedazo de pan, mojó una cosa en la otra y le dió de comer en la boca, sosteniéndolo del collar.
-Le gusta el aguardiente a la hija de puta.
-Es ginebra -lo corregí, porque no supe qué decir, ni tampoco supe quedarme callado.
-Ésta se llama Melala -explicó, sin que nadie se lo pidiera-; es la que manda, yo no la saco más con la gente porque no me animo, pero la sigo teniendo porque es la que controla a las demás.
 Hizo una pausa en ese momento, y aprovechando que estábamos congelados siguió hablando:
-Es una leona. Son jodidas estas, son malditas... No sirven para dar cría, si querés que den cachorros tienen que ser para eso y no las podés mover, ¿viste? Las tenés que dejar quietas, sino se comen a los cachorros. Bah, no se los comen, los matan nomás.
 Continuó con su monólogo de animales asesinos hasta que se paró para acomodarse la peluca arcoiris de presentador, excusándose por la falta de tiempo. Nos pidió que por favor nos quedáramos, a ver si así podíamos terminar de hablar tranquilos al final de la función, tomar algo juntos y llevarnos la plata en mano ya que estábamos ahí. Yo me tragué el orgullo, Rodri y el negro los huevos, y salimos detrás suyo sin decir una palabra. Gitano de mierda, se notaba que no era la primera vez que largaba su discursito de la leona.
 Después resultó que el circo vendía falopa en las gradas y cuando le mandamos a la cana fue peor, porque arreglaron por encima nuestro con los del juzgado para que nadie pudiera moverlos de ahí. En lugar de dos semanas, se quedaron dos meses; la carpa estuvo fija en el baldío hasta febrero, sensacional éxito. La guita es así, te conviene agarrarla cuando viene porque siempre va a haber otro que la ataje. Yo como un boludo tuve que renegociar con los del terreno, que iniciaron acciones contra el municipio. Al final hasta le buscamos la vuelta para que le sirviera a ustedes antes de entrar, y terminó resolviéndose con más plata.
 Sacando eso, que lo sabe todo el mundo, te diría que el laburo en la secretaría jamás nos presentó ningún problema. Ahora, si me aceptás un consejo, antes de cerrar los nombramientos yo que vos le busco la manera de ponerlo al negro éste en algún lado porque es el que conoce más del oficio; no me lo llevo a mi equipo nomas porque no puedo. Nosotros igual vamos a estar acá en frente, así que cualquier cosa me lo mandás a decir con el pibe, que ahora es chofer de la cámara; me hablo todo el tiempo con él en los pasillos del tercer piso, cuando tiene las reuniones el diputado, ponele que una vez a la semana.

02 August, 2017

Bonus Truck

Cuando pasé al comedor, la risa de los tipos tirados en el sillón se interrumpió para ver quién entraba. Con las piernas sobre la mesita, los dos novios de las amigas esperaban la comida fumando y viendo la tele. El de la morocha era un tarado competitivo, compulsivo de la actualidad futbolística y pichón de abogado; el de la rubia era un tarado inescrupuloso que jugaba a militar en una agrupación oficialista, un tarado obsecuente, perfecto para su época.
El tercero, que completaba las juntadas de pareja, era yo: un tarado amargado y en vías de enloquecer. Un tarado anacrónico, poco útil para las reuniones. El desinterés era mutuo, el saludo correcto y la charla normal, con los tiempos apropiados y los chistes de rigor.
Atrás en la cocina estaba ella. Arremangada, con salsa en la punta de los dedos, apoyada contra la heladera, riéndose de forma translúcida: con la inocencia que me enamoró la primera vez que conversamos sentados en un colectivo de línea. Había tomado un poco, se le notaba en los ojos y las mejillas. Pero poco, el calor del horno seguramente ayudaba a que se le subiera rápido.
En realidad siempre se le sube rápido.
Me dio un beso profundo, levantándose en puntas de pié, reclinándose contra mi cuerpo. Ella es otra cuando está con sus amigas. Puedo aceptarlo, pero realmente no se qué hacer en esas ocasiones. Me siento como si mi auto se hubiera roto en medio de un embotellamiento. La multitud me odia.
La situación es como un gato en una bolsa: yo soy la bolsa.
Compartí un poco de sillón y una charla con los novios. Sin conocerlos, sabía cuáles eran sus frustraciones y sus mezquindades, porque las chicas eran incapaces de guardarse nada. Ellos por supuesto también conocían las mías. Pero me intrigaba saber qué opinarían de mi estado actual.
Miraban un partido, distraídos. Les pregunté quién jugaba. Entendí, por la pausa, que era una pregunta indecorosa; significaba que no lo sabía de antemano ni que, como mínimo, reconocía las camisetas.
Pero lo que en realidad quería preguntarles era si ellos creían que el lenguaje condiciona al pensamiento, y en qué medida. Porque el pensamiento no es lineal ni es traducible, no tiene leyes o estructuras que lo ordenen. No va de atrás para adelante, no tiene un criterio natural de prioridades. Todo eso es propio del lenguaje, que nos permite expresarlo, cobrándose un diezmo de sentido en el proceso. Yo hablaba de la imaginación.
Arsenal, Independiente. Qué poético.


El tiempo pasó y me vi a mí mismo en el reflejo de una puerta de vidrio, comiendo y tomando vino, acompañado de gente que no me interesaba, sacándola a ella. Preguntándome si serían tan felices como aparentaban, si yo merecía ser feliz. Preguntándome qué era la felicidad, pero completamente advertido que se es feliz o infeliz por partes, de a momentos y en determinados aspectos de la vida. Que nunca es absoluto; que la pregunta acerca de la felicidad, así mentada, era una trampa más simple y sencilla que la caja con la soga y el palito.
Pero esa es una trampa para conejos, y soy un conejo después de todo. O una coneja. Esta falacia de pensamiento que me llenaba el ánimo de colesterol iba a empezar a disolverse el día que lo aceptara, aunque todavía no podía hacerlo porque era un paso que me tocaba dar por mí mismo.
Porque, en mi extravío, dudaba si en realidad no sería un gato.
La diferencia no era tan importante, pero había un detalle significativo: al gato no hace falta ponerle nada en la caja. Se mete de curioso, y eso lo condena. 
Por lo demás, el sabor de la carne, que es lo que se busca de las presas, es muy parecido. La de gato es más fibrosa, con un sabor fuerte típico de los predadores. El conejo será más tierno pero tampoco es pollo.
Se resiste un poco al masticarlo.
Se revuelve adentro de la bolsa.
Se murió ese coche en la autopista.
Se quedó sin hilo mi pensamiento, l
a imaginación.
Basta de vino, gracias, por favor.

20 May, 2017

Lunes, 18 de Febrero de 1957




“Era de nuevo la siesta, que me hacía
deseable pero riesgoso el lecho”.

Antonio Di Benedetto, Zama, 1956.



¿Se puede saber cuándo terminará esta seca?, saludé, sombrero en mano y tratando de pasar de largo para no iniciar conversación. La gallega, que se afanaba los domingos en barrer la vereda, replicó algo indistinto, pero con un juego en la mirada que me hizo maliciar.
Lo mejor era tratar de guardarse de la demás gente, y ya me empezaba a preguntar si lo que buscaba no sería más bien llevarme la contraria. Llegado al fondo, revisé debajo de la maceta. La ausencia de llave me confirmó que, efectivamente, adentro estaría Desideria.
Noté, por el estado de la mesa y la cocina, que de nuevo había andado ordenando mis cosas. Tampoco había forma de hacerle entender que eso no me gustaba. Tendida, larga como era, se acostaba mirando la pared, evitando el reflejo de la luz, como se duermen las palomas. Busqué el cuchillo, corrí la máquina del centro del escritorio, y me puse a sacarle punta al lápiz. No tenía que hacerle ruido porque solamente dormida podía estarse tranquila. Necesitaba anotar lo que venía pensando antes que se me olvidara.
Se giró, capaz todavía soñando algo, sonriendo con los ojos cerrados para indicar que me había estado extrañando:
-Vení… -alcanzó a decir, con el cachete pegado a mi almohada. Dejé los apuntes que me había pasado Woltzaszczsy, que tampoco apuntaban demasiado, sumé algunas líneas, que no agregaban gran cosa, y resoplé por mi fortuna.
-¿Qué hacés? Vení… -insistió inmóvil, ya con la mirada fija que demandaba. Llevé la página hasta la cama, descalcé y me acosté al lado de ella. Me preguntó cómo andaba. Tenía la cara tan cerca que podía sentirle el suspiro, y la intimidad me incomodó. Le dije que cuatro y media volvía a salir para el centro, que siguiera durmiendo. Se volvió, tras una suave y ensoñecida lamentación, pero con algo de satisfecha. De espaldas, me informó que otra vez estábamos sin agua; y entendí que me mandaba ponerme talco.
De vuelta a lo mío: “...de entregarse con más esfuerzo hacia el trabajo, para devolverle la gloria en la economía al país que una larga dictadura puso de rodillas tras años de viciosa administración… tatatá... buena voluntad y empeño, y recordarle al lector que la familia argentina necesita en estos momentos más fe en diós que rencores o desconfianzas. Que así como el pueblo puede ser engañado y confundirse, así también los gobernantes pueden a veces equivocarse… blá y blá... pero que todo puede superarse cuando el amor a la patria se impone sobre el capricho personal y los sectarismos”.
Luego, ya se entendía, tocaba hablar de la exigencia impostergable de mirar hacia el mundo y hacia el futuro, amén de insistir en la predisposición de las Autoridades Revolucionarias para bienvenir toda crítica, siempre que fuera constructiva. No quise tachar nada, precisaba rellenar casi tanto como tenía escrito.
En definitiva, el punto de la cuestión eran las elecciones a mitad de año. Pero me faltaban las palabras. Como tampoco tenía título, anoté: Lunes, 18 de Febrero.
No tenía por qué ser tan complicado. Garrincha se burlaba diciendo que yo me hacía mucho drama, que el señor Lenchours firmaba cualquier cosa que parezca escrita con un sable. Le decíamos Garrincha porque si le dabas pelota te volvía loco. Lo envidiaba porque él sabía escribir todo del mismo tirón, de corrido, fluido y rápido como quien copia un dictado. Pero él no tenía novia y, al parecer, yo sí.
Volteé para el lado de Dedé. La camiseta se le había pegado a la espalda. Me fijé en su cuello, desnudo. Con el calor que parecía venir del infierno, su piel me largaba un perfume sin olor que era el de ella.
Busqué abajo de la cama un librito que guardaba para distenderme, algo que leía comprometido porque me lo había regalado para mi cumpleaños la semana anterior. Le dije que era el próximo, pero contestó que ya lo sabía, sin cambiar la expresión infantil jubilosa. Sus reacciones no tenían sentido, aunque para ella sí.



Un día se había presentado en la recepción, con una amiga del Liceo, vestidas las dos para aparentar más edad y con los labios pintados, diciendo que era mi esposa. Esa tarde discutimos, y terminé por decirle que era mejor dejar de vernos. Lloró como una madre que perdía a su hijo, o como una criatura que se le había muerto la mamá; no tuve el coraje de mandarla así a la casa.
¿Me querés?, había preguntado, como admitiendo una falta sin malas intenciones. De alguna manera le terminé prometiendo que cuando terminara sus estudios nos íbamos a casar, y desde entonces venía sin anunciarse. Yo todavía no sabía si se lo había dicho en serio o para calmarla. Primero, no había plata. Además, nos conocíamos hacía tres meses.
Era noviembre o finales de octubre, la orquesta había empezado a tocar tango y, por evitar el ridículo, me senté a conversar en una mesa. Dedé era la única que no podía bailar; se le había caído la peineta y alguien la había pisado. Estaba triste. A ninguno se le ocurrió comentarme la edad que tenía.
En diciembre la había llevado a ver el estreno de La Batalla del Río de La Plata. A la salida, le dije que estaba escribiendo una historia sobre Piedrabuena, no se por qué si no era cierto; pero ella se había quedado impresionada. Evidentemente, era por eso que esperaba sorprenderme con su regalo. Se trataba de una novelita histórica, de un tal Luis Sensini que nadie había sentido mentar, salida claramente del estante de novedades. Entendí que era lo que le había alcanzado para comprarme. Me enterneció el gesto. El título no decía nada; no tenía capítulos ni, para mi decepción, guerra. La leía para distraerme, porque eso que ella transpiraba no me dejaba dormir la siesta. De noche, cuando no estaba, también lo sentía.
Tampoco era un libro tan largo, ya lo llevaba más o menos por la mitad.
Leí: “Con harta frecuencia su recuerdo ponía en blanco las hojas escritas, y cuando en mi cama me visitaba la memoria de sus besos jugosos, bruscamente tomaba los libros para recuperarme. No lo lograba”. Paré de leer.
Besos Jugosos, caramba. Me pregunté si sería cierto que trabajar los domingos lo inclinaba a uno cada vez más hacia las tentaciones, por perder el hábito de la confesión. Me dije que no la podía seguir teniendo así en mi cama. ¿Ella no se daba cuenta que podía pasar algo malo? Porque tampoco era ingenua.
La idea me golpeó de repente, como quien se lleva puesta una mamposta por la cara.
–A esa edad, las pibas ya saben lo que quieren mejor que vos y que yo.
–¿Y qué es lo que quieren? ¿Jugar a la casita? Yo mujer puedo tener; pero hija, ahora, no.

–Quedate tranquilo nomás, que ya te vas a enterar cómo son las minas. ¿Vos en qué andabas a los quince años?
–No podés comparar…

–Es lo mismo. Capaz que peor. Mi abuela tenía quince años cuando se casó con el viejo. ¿Vos te pensás que había radio en aquel momento? No había ni fútbol. La pobre le dio seis hijos, mas los que habrá perdido. Garrincha se puso serio en ese momento, con cierto aire afectado que a veces tenía. Yo recién ahora, tirado en la cama, entendía lo que me había estado diciendo. Dedé jamás me pedía permiso para tirarse a dormir la siesta. Es verdad que mujer ya era, pero los modos le quedaban de muchachita.
La miré. La falda le tapaba hasta los tobillos, era clarita y yo podía verle la forma de las piernas, la curva de los muslos. Alguna carne tenía, a parte de tanto hueso. ¿Y si era exactamente eso lo que andaba buscando? Para obligarme después a cumplir con lo prometido.
La detesté. Quise creer que no podía ser.
No entendía su pensamiento. A lo mejor lo único que le importaba era ganarle a la hermana. Yo me había dado cuenta que Fernanda ni me miraba cuando me invitaban a la cena. Estaba muy claro: a la mayor le molestaba que a Dedé se le permitiera tener novio. Si Dedé le hablaba, era solamente para pedirle que le alcanzara algo, y nunca le daba las gracias. Por supuesto que yo de eso no preguntaba nada (más que preguntar, me la pasaba respondiendo), pero igual de algún lado me había llegado que Fernanda no tenía pretendientes; sacando a un pobre infeliz con el que se había conocido, un abogado que al final se vinieron a enterar que era judío. Dedé me había contado eso, ya me acuerdo.
Fue una tarde horrible en la ciudad de los niños. Me dijo que yo tenía que conocer, pero a los quince minutos de llegar empezó con que ya se quería ir. Era una cosa que daba pena, con los pastos por el techo y lleno de bichos. El agua parecía agua servida; todo era puro calor y mosquitos. Había que esperar el colectivo siguiente, así que nos metimos en la iglesia para escaparle al sofoco. Ahí, por no tener de qué hablar, me entró a contar de la hermana.
Cuando salió de estudiar en las monjas, llevándole la contraria al padre, había hecho un curso de dactilografía en la asociación de la mujer. Trabajó un año en el despacho de unos parientes que tenían campos y loteos pasando el matadero, alquilando una pieza (según Desideria entendía) un poco más chiquita que esta; haciéndose la ocupada, decía, y visitando solamente los domingos.
A fines de ese año había finado una abuela que las dos querían mucho, que vivía en la casa con ellas, y en la cena de navidad terminaron todos discutiendo como el diablo porque alguien le había echado la culpa de todo a Fernanda, que a la vieja la había matado del disgusto por tanto dar problemas y no se qué más. Así las cosas, superado el berretín y sin marido, había terminado volviendo con la familia; lo ayudaba al padre con toda la papeleta del consultorio, se encargaba de la limpieza del estudio (así no quedaba la llave con nadie ajeno), y de paso también daba una mano en la casa.
El problema con Desideria no se cuál sería, nunca me lo contaba, aunque por lo general me hablaba como si yo ya supiera. Ese día horrible en la capilla también se había emocionado, y el cura nos había amonestado para que guardásemos silencio.
Era lindo ver cómo no se daba cuenta, y terminaba hablando rápido como los teros. Era como si ya supiera que no la iban a dejar hablar, y entonces se apuraba para terminar de decir todo lo que quería bien rápido. Por apurarse más todavía, la mitad de las cosas te las decía con la mirada, hacía preguntas retóricas y en seguida las contestaba, siempre de corrido como leyendo un telegrama de guerra. Pero después, otras veces, no decía nada y era como ser apuntado con un revólver, porque parecía que podía escuchar lo que uno pensaba. De ser descontrolada, no sé cómo, pasaba a tener la manea y hacer que me costara trabajo sostenerle la mirada.
Pensar en esa charla atolondrada que tiene me daba ganas de abrazarla, es una cosa encantadora; pero cuando ponía esa mirada me dejaba en blanco. Era una magia de mujer que no tenía frente al resto. A veces hasta le entendía lo que estaba pensando, como si además de escuchar pudiera hablarme con el pensamiento. Yo reaccionaba sorprendido pero generalmente no me equivocaba, y a ella le complacía.
Si realmente estaban en una carrera con la hermana a ver cuál era la primera en conseguir marido, entonces seguramente no estaría sopesando bien su conducta. Era impulsiva, nada más. En el fondo algo de eso me gustaba, esa manera suave de ser retobada; muy distinta de mí. Son once años de diferencia, que parecen una vida.

Desde la cocina llegaba el rumor del viento en los árboles del patio de al lado. Era la señal tan esperada de una brisa de aire en movimiento, que pronto sería aire fresco. Todo se vuelve más ligero pasada la calma de febrero, la humedad vuelve a ser soportable y los grillos cantan pero ya sin furia. Tengo que conseguirme uno de esos Vórtalex que entraron hace poco.

04 March, 2017

CACA EN LA CARA

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Los especialistas de todo el mundo no tenían nada para decir al respecto. El término más equilibrado para nombrarlo sería "fenómeno", aunque en la bibliografía de su época principalmente se usaban las palabras "amanecer", "epidemia" o "revolución intelectual y moral". De todas formas, lo de su época tampoco se puede describir como bibliografía; más bien eran algunos comentarios sueltos en las redes sociales.

Esta es una historia de la época de las redes sociales. Quién la comenzó, no tengo idea: a lo mejor fue bruce lee en 1970 cuando habló de volverse como el agua, o quizás fue eva perón, aunque lo más probable es que haya sido el profeta elías hace unos tres mil años.
No quisiera hablar de lo que no sé, pero hay que aclarar de antemano que ahora ya es tarde para tratar de abarcar al fenómeno con nuestra mente, porque el "fenómeno" terminó por contenernos y encerrarnos a todos. Ahora, los que intentan analizarlo o definirlo terminan por caerse en un infierno de metáforas sin objeto, en un loop del que solamente salen humillados y rendidos.
¿Quién había provocado tanto caos entre los humanos domesticados? ¿Era caos realmente? Algo, sin dudas, tenía que ver la caída de la unión soviética, seguro; pero más todavía tenía que ver la llegada de unos cosmonautas que nos invitaron a conocer la tierra de los cuentos de hadas a la que llamamos internet. En orden de prioridad, todos fuimos embarcando hacia ese planeta para asegurarnos cuanto antes una parcela. Charlando ahí, mucha gente se fue dando cuenta que lo que le pasaba no era ni tan raro ni tan personal.
La televisión y el cine les habían estado mintiendo. Tal vez no supieron entender lo que estaban mirando. Un sector importante y peligroso de estos eran los que se habían cansado de programas estúpidos sobre trivias ridículas que jugaban con los sueños de los laburantes, ilusionándolos con premios millonarios que nadie jamás recibía. También se habían cansado de representaciones sobreactuadas, de chimentos tan escatológicos como intrascendentes, de series acerca de médicos proeficientes, románticos policías justicieros y el sinfín de argumentos sobre huérfanos cantores con vidas aristocráticas. De noticias morbosas, de predicadores del apocalipsis que los tuteaban, de famosos en concursos de baile. De ruidosos periodistas deportivos que no lo eran, trabados en eternas discusiones que tampoco lo eran, saturados de información vacía. Y no había más paciencia, ni para el cadáver que invitaba gente al almuerzo, ni para la vieja de peluca rubia que hacía preguntas boludas.



Miraron eso durante horas, todas las semanas, cuando volvían a sus casas. Los años se les volvieron décadas. Por sobreexposición de caca en la cara, ese núcleo de disconformidad era ahora un foco guerrillero del consumo alternativo. No querían más mugre en sus oídos, en su plato, en sus sueños subconscientes, y ya habían perdido el miedo a la burla pública.
Porque, hay que mencionarlo, la imagen de alguien gateando desconcertado mientras la plebe le tira podredumbres en la cara dejaba para siempre de ser un relato del fracaso. En esta era, el verdadero escarmiento público (el que sufrieron esos adelantados que tomaron la vanguardia para enfrentarse "uno contra uno" al nuevo jefe) era el yugo de una indiferencia sin desprecio, una demostración de infinita irrelevancia que reflejaba la amenaza que esos quijoteros representaban para el nuevo orden de los tiempos: lo mismo que nada.
Entonces, lógicamente, armaron clubes. Y esos clubes tuvieron sus picas, para regocijo de los mediocres, y disputaron sus torneos imaginarios y sus batallas campales, como es saludable a todos los clubes. Fue.
Digamos, ya que estamos, que las cosas habían mejorado. La humanidad había dado un paso extraño en dirección hacia su propia felicidad, a la vez que se alejaba del iluminismo con el que se había cebado tanto de la cabeza. Por el camino de los grandes errores graciosos, de los collares de cuarzo y de los libros de autoayuda, se abría una senda perdida hacia la caída del imperio romano de occidente. De eso tenemos que hablar, claro, pero ¿por dónde se comienza una historia cuando no es desde sus orígenes? Desde sus efectos, digo yo: y eso es precisamente lo que se empezó a sentir en esta breve etapa en la que fechamos nuestro cuento.
Algo había empezado a deslizarse por fuera de los cánones del mundo, algo que al principio causó gracia porque generaba mucha incomprensión, pero que pronto se volvió más real que la realidad, y hubo que empezar a tomarlo como cosa seria. Unos chamanes peruanos habían inclinado la balanza electoral en beneficio de donald trump, un puñado de hackers enmascarados proclamaba estar persiguiendo bajo amenazas al grupo bilderberg, y lo que comenzó como una reacción contra la prohibición del topless femenino terminó en un levantamiento a escala nacional con incendios en las comisarías y jueces federales colgados de los árboles; que tuvo enfrentamientos sangrientos contra los autodenominados maestros voluntarios. El vaso de lo normal estaba comenzando a derramar desde el fondo, ya estaba pinchado, y se notaba demasiado.
Pero, de todos modos, la anomalía pasaba a ser un lugar habitable. También la muerte, aunque las reformas nunca alcanzaron el ámbito de lo doméstico, donde seguía siendo tan dolorosa como irremediable. Al menos, la nueva administración había tenido la sensatez de intentar hacer algo al respecto, más allá de saber perfectamente que no se podía hacer nada que cambiara los resultados, obviamente. El enfoque, hay que rescatarlo, demostró que el nuevo modelo tenía la capacidad de generar aportes valiosos, reasignando los recursos y adquiriendo estrategias de otros sectores; de los indios, por ejemplo, a quienes se volvió a poner de moda, tercerizados, eso sí.

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