28 December, 2017

Melala

 Un problema gordo y peludo lo tuvimos con ese último caso del circo que no se quería mover porque le había ido un poco mejor de lo calculado, y entonces pretendía dejar puesta la carpa medio mes más. Le explicamos al gitano que ya teníamos alquilado el baldío para la fecha; lo de la fecha era mentira, pero necesitábamos limpiar, y no hubo manera de hacerle entender a ese muchacho que nadie le estaba regateando. Por supuesto que él se enojó como si hubiéramos roto nuestra parte del contrato, se agarró la calentura contra el pibe que pasaba a cobrarle la semana y le escupió la camisa. Cuando lo hicimos llamar, mandó a su hija con la plata de los quince días por adelantado.
 Yo le dije a Rodriguito que había dos posibilidades: o bien se estaba pasando de listo, o bien eso era normal para ellos y estábamos ante una diferencia cultural. En los dos casos, le dije, la solución era llamar a la cana. Duro como es, Rodri quería que fuéramos nosotros primero a ver qué cara nos ponía; así que le caímos encima un domingo antes que abriera.
 Tomamos la precaución de llegar en otro coche para que nadie nos reconociera, porque nunca se debe perder el efecto sorpresa a la hora de enfrentarse con los taimados. Además del cabezón, venía con nosotros un negro de otro despacho y el pibe de los mandados, para que le pidiera disculpas en frente nuestro. A una cuadra del lugar ya tuvimos que ir bajando la marcha porque estaba lleno de gente caminando por la mitad de la calle. Hicimos los metros que faltaban esquivando la guerra de nieve loca que se tiraban los pibitos.
-Está cerrado hasta las siete y media -dijo el que cuidaba la reja.
-Vengo a hablar con Antonio -le contesté, como habla el patrón.
 Pasamos, y ya se notaba el tono de la visita, porque los del circo nos miraban en silencio casi esperando la orden para atacar. El lugar era una mugre. Llegamos hasta la casa rodante de Antonio y los hijitos nos comentaron que estaba en la carpa haciendo números. Pedimos indicaciones para encontrarlo y nos mandamos por la parte de atrás. Ahora vamos a arreglar bien los números, dijo el cabezón de Rodriguito en el camino; yo le hice la seña de que bajara, que no había que entrar en caliente porque así no se resolvía.
 En el circo hay mucho tipo forzudo, equilibristas y fulanos anchos que levantan pesas, pero de lo que hay que cuidarse es de los loquitos; los tipos raros que fueron a parar ahí porque los abandonó la mamá en una canasta cuando nacieron. Esos, que son los más valientes porque se pasaron la vida cagándose a trompadas cada vez que alguien les decía hijo de puta, son los que hacen las tareas de limpieza y los actos más jugados, como malabares con cuchillos o piruetas en moto.
 Faltaban veinte minutos para que entrara la gente y entonces la carpa era un hormiguero de pibes y pibas yendo y viniendo con sogas, baldes y caños para todos lados. De fondo sonaba la música de Zorba el Griego que iba con el acto de apertura de los payasos. Encontramos a Antonio desenredando una madeja de enchufes y extensiones mientras le gritaba entre puteadas a una vieja que se callara la boca y subiera a probar las luces.



 Saludó sorprendido, con sorpresa genuina o bien fingida, como quien recibe la visita de un amigo. Atrajo con un ademán a un flaquito que tenía cerca y le dijo quiénes éramos, como si presentarnos fuera un elogio. Intentó hacerse el boludo, diciendo que estaba ocupado, y yo sentí cómo el Rodri se venía para adelante pero en lugar de frenarlo dejé que le pusiera algún rigor a ver si empezábamos con el pié derecho. El cabeza le preguntó sin darle vueltas por qué todavía no habían levantado la carpa.
 Poniéndose serio, con cara de justo ahora no puedo, el gitano le hizo señas a la vieja en el poste de las luces y nos pidió que lo acompañáramos mientras terminaba de acomodar. La música sonaba cada vez más alta y saturada.
-Me dice la nena que quieren vender el baldío para hacer un supermercado -empezó por comentar, como si quisiera llegar a algo.
-A ver, Antonio -intenté ordenar-, el predio ya está vendido hace un año; tienen que comenzar la obra antes del verano para terminarlo en fecha. Eso no tiene vuelta.
-Claro, qué cagada. ¿Y les dijiste que nosotros nos vamos a quedar hasta fin de noviembre?
-No, Antonio -se metió el Rodri-, nadie les dijo nada porque nosotros cuando arreglamos algo siempre lo cumplimos.
 El gitano estaba acostumbrado a negociar así, o se hacía el desentendido, porque sobrellevaba la situación con cara de ángel. Era como hablar con un médico: escuchaba solamente lo que tenía ganas. Cada tanto cambiaba de expresión para gritar órdenes furiosas, desahogándose con los empleados o demostrando su autoridad en frente nuestro. Pasamos por varias capas del toldo, la música era apenas sonidos guturales, y al final llegamos hasta un enrejado. Mientras veníamos discutiendo Antonio le pidió a nuestro pibe que dejara cerrado con candado, que salíamos por el otro lado. Yo le hice que sí con la mirada para que no perder tiempo, porque parecía que ya lo teníamos contra las cuerdas; y en eso estábamos cuando de la nada el gitano de mierda gritó ¡Melala! ¡Vení, Melala!, y apareció un puma caminando al lado nuestro.
 Nunca había visto uno así de cerca; era un bicho grandote, que le llegaba al negro hasta la cintura. Antonio siguió charlando como si no pasara nada, continuando con lo que fuera que venía diciendo, mientras se arrodillaba para acariciarle la cabeza con la yema de los dedos. Sacó de la campera una petaca y un pedazo de pan, mojó una cosa en la otra y le dió de comer en la boca, sosteniéndolo del collar.
-Le gusta el aguardiente a la hija de puta.
-Es ginebra -lo corregí, porque no supe qué decir, ni tampoco supe quedarme callado.
-Ésta se llama Melala -explicó, sin que nadie se lo pidiera-; es la que manda, yo no la saco más con la gente porque no me animo, pero la sigo teniendo porque es la que controla a las demás.
 Hizo una pausa en ese momento, y aprovechando que estábamos congelados siguió hablando:
-Es una leona. Son jodidas estas, son malditas... No sirven para dar cría, si querés que den cachorros tienen que ser para eso y no las podés mover, ¿viste? Las tenés que dejar quietas, sino se comen a los cachorros. Bah, no se los comen, los matan nomás.
 Continuó con su monólogo de animales asesinos hasta que se paró para acomodarse la peluca arcoiris de presentador, excusándose por la falta de tiempo. Nos pidió que por favor nos quedáramos, a ver si así podíamos terminar de hablar tranquilos al final de la función, tomar algo juntos y llevarnos la plata en mano ya que estábamos ahí. Yo me tragué el orgullo, Rodri y el negro los huevos, y salimos detrás suyo sin decir una palabra. Gitano de mierda, se notaba que no era la primera vez que largaba su discursito de la leona.
 Después resultó que el circo vendía falopa en las gradas y cuando le mandamos a la cana fue peor, porque arreglaron por encima nuestro con los del juzgado para que nadie pudiera moverlos de ahí. En lugar de dos semanas, se quedaron dos meses; la carpa estuvo fija en el baldío hasta febrero, sensacional éxito. La guita es así, te conviene agarrarla cuando viene porque siempre va a haber otro que la ataje. Yo como un boludo tuve que renegociar con los del terreno, que iniciaron acciones contra el municipio. Al final hasta le buscamos la vuelta para que le sirviera a ustedes antes de entrar, y terminó resolviéndose con más plata.
 Sacando eso, que lo sabe todo el mundo, te diría que el laburo en la secretaría jamás nos presentó ningún problema. Ahora, si me aceptás un consejo, antes de cerrar los nombramientos yo que vos le busco la manera de ponerlo al negro éste en algún lado porque es el que conoce más del oficio; no me lo llevo a mi equipo nomas porque no puedo. Nosotros igual vamos a estar acá en frente, así que cualquier cosa me lo mandás a decir con el pibe, que ahora es chofer de la cámara; me hablo todo el tiempo con él en los pasillos del tercer piso, cuando tiene las reuniones el diputado, ponele que una vez a la semana.

02 August, 2017

Bonus Truck

Cuando pasé al comedor, la risa de los tipos tirados en el sillón se interrumpió para ver quién entraba. Con las piernas sobre la mesita, los dos novios de las amigas esperaban la comida fumando y viendo la tele. El de la morocha era un tarado competitivo, compulsivo de la actualidad futbolística y pichón de abogado; el de la rubia era un tarado inescrupuloso que jugaba a militar en una agrupación oficialista, un tarado obsecuente, perfecto para su época.
El tercero, que completaba las juntadas de pareja, era yo: un tarado amargado y en vías de enloquecer. Un tarado anacrónico, poco útil para las reuniones. El desinterés era mutuo, el saludo correcto y la charla normal, con los tiempos apropiados y los chistes de rigor.
Atrás en la cocina estaba ella. Arremangada, con salsa en la punta de los dedos, apoyada contra la heladera, riéndose de forma translúcida: con la inocencia que me enamoró la primera vez que conversamos sentados en un colectivo de línea. Había tomado un poco, se le notaba en los ojos y las mejillas. Pero poco, el calor del horno seguramente ayudaba a que se le subiera rápido.
En realidad siempre se le sube rápido.
Me dio un beso profundo, levantándose en puntas de pié, reclinándose contra mi cuerpo. Ella es otra cuando está con sus amigas. Puedo aceptarlo, pero realmente no se qué hacer en esas ocasiones. Me siento como si mi auto se hubiera roto en medio de un embotellamiento. La multitud me odia.
La situación es como un gato en una bolsa: yo soy la bolsa.
Compartí un poco de sillón y una charla con los novios. Sin conocerlos, sabía cuáles eran sus frustraciones y sus mezquindades, porque las chicas eran incapaces de guardarse nada. Ellos por supuesto también conocían las mías. Pero me intrigaba saber qué opinarían de mi estado actual.
Miraban un partido, distraídos. Les pregunté quién jugaba. Entendí, por la pausa, que era una pregunta indecorosa; significaba que no lo sabía de antemano ni que, como mínimo, reconocía las camisetas.
Pero lo que en realidad quería preguntarles era si ellos creían que el lenguaje condiciona al pensamiento, y en qué medida. Porque el pensamiento no es lineal ni es traducible, no tiene leyes o estructuras que lo ordenen. No va de atrás para adelante, no tiene un criterio natural de prioridades. Todo eso es propio del lenguaje, que nos permite expresarlo, cobrándose un diezmo de sentido en el proceso. Yo hablaba de la imaginación.
Arsenal, Independiente. Qué poético.


El tiempo pasó y me vi a mí mismo en el reflejo de una puerta de vidrio, comiendo y tomando vino, acompañado de gente que no me interesaba, sacándola a ella. Preguntándome si serían tan felices como aparentaban, si yo merecía ser feliz. Preguntándome qué era la felicidad, pero completamente advertido que se es feliz o infeliz por partes, de a momentos y en determinados aspectos de la vida. Que nunca es absoluto; que la pregunta acerca de la felicidad, así mentada, era una trampa más simple y sencilla que la caja con la soga y el palito.
Pero esa es una trampa para conejos, y soy un conejo después de todo. O una coneja. Esta falacia de pensamiento que me llenaba el ánimo de colesterol iba a empezar a disolverse el día que lo aceptara, aunque todavía no podía hacerlo porque era un paso que me tocaba dar por mí mismo.
Porque, en mi extravío, dudaba si en realidad no sería un gato.
La diferencia no era tan importante, pero había un detalle significativo: al gato no hace falta ponerle nada en la caja. Se mete de curioso, y eso lo condena. 
Por lo demás, el sabor de la carne, que es lo que se busca de las presas, es muy parecido. La de gato es más fibrosa, con un sabor fuerte típico de los predadores. El conejo será más tierno pero tampoco es pollo.
Se resiste un poco al masticarlo.
Se revuelve adentro de la bolsa.
Se murió ese coche en la autopista.
Se quedó sin hilo mi pensamiento, l
a imaginación.
Basta de vino, gracias, por favor.

20 May, 2017

Lunes, 18 de Febrero de 1957




Era de nuevo la siesta, que me hacía
deseable pero riesgoso el lecho”.

Antonio Di Benedetto, Zama, 1956.



¿Se puede saber cuándo terminará esta seca?, saludé, sombrero en mano y tratando de pasar de largo para no iniciar conversación. La gallega, que se afanaba los domingos en barrer la vereda, replicó algo indistinto, pero con un juego en la mirada que me hizo maliciar.
Lo mejor era tratar de guardarse de la demás gente, y ya me empezaba a preguntar si lo que buscaba no sería más bien llevarme la contraria. Llegado al fondo, revisé debajo de la maceta. La ausencia de llave me confirmó que, efectivamente, adentro estaría Desideria.
Noté, por el estado de la mesa y la cocina, que de nuevo había andado ordenando mis cosas. Tampoco había forma de hacerle entender que eso no me gustaba. Tendida, larga como era, se acostaba mirando la pared, evitando el reflejo de la luz, como se duermen las palomas. Busqué el cuchillo, corrí la máquina del centro del escritorio, y me puse a sacarle punta al lápiz. No tenía que hacerle ruido porque solamente dormida podía estarse tranquila. Necesitaba anotar lo que venía pensando antes que se me olvidara.
Se giró, capaz todavía soñando algo, sonriendo con los ojos cerrados para indicar que me había estado extrañando:
-Vení… -alcanzó a decir, con el cachete pegado a mi almohada. Dejé los apuntes que me había pasado Woltzaszczsy, que tampoco apuntaban demasiado, sumé algunas líneas, que no agregaban gran cosa, y resoplé por mi fortuna.
-¿Qué hacés? Vení… -insistió inmóvil, ya con la mirada fija que demandaba. Llevé la página hasta la cama, descalcé y me acosté al lado de ella. Me preguntó cómo andaba. Tenía la cara tan cerca que podía sentirle el suspiro, y la intimidad me incomodó. Le dije que cuatro y media volvía a salir para el centro, que siguiera durmiendo. Se volvió, tras una suave y ensoñecida lamentación, pero con algo de satisfecha. De espaldas, me informó que otra vez estábamos sin agua; y entendí que me mandaba ponerme talco.
De vuelta a lo mío: “...de entregarse con más esfuerzo hacia el trabajo, para devolverle la gloria en la economía al país que una larga dictadura puso de rodillas tras años de viciosa administración… tatatá... buena voluntad y empeño, y recordarle al lector que la familia argentina necesita en estos momentos más fe en diós que rencores o desconfianzas. Que así como el pueblo puede ser engañado y confundirse, así también los gobernantes pueden a veces equivocarse… blá y blá... pero que todo puede superarse cuando el amor a la patria se impone sobre el capricho personal y los sectarismos”.
Luego, ya se entendía, tocaba hablar de la exigencia impostergable de mirar hacia el mundo y hacia el futuro, amén de insistir en la predisposición de las Autoridades Revolucionarias para bienvenir toda crítica, siempre que fuera constructiva. No quise tachar nada, precisaba rellenar casi tanto como tenía escrito.
En definitiva, el punto de la cuestión eran las elecciones a mitad de año. Pero me faltaban las palabras. Como tampoco tenía título, anoté: Lunes, 18 de Febrero.
No tenía por qué ser tan complicado. Garrincha se burlaba diciendo que yo me hacía mucho drama, que el señor Lenchours firmaba cualquier cosa que parezca escrita con un sable. Le decíamos Garrincha porque si le dabas pelota te volvía loco. Lo envidiaba porque él sabía escribir todo del mismo tirón, de corrido, fluido y rápido como quien copia un dictado. Pero él no tenía novia y, al parecer, yo sí.
Volteé para el lado de Dedé. La camiseta se le había pegado a la espalda. Me fijé en su cuello, desnudo. Con el calor que parecía venir del infierno, su piel me largaba un perfume sin olor que era el de ella.
Busqué abajo de la cama un librito que guardaba para distenderme, algo que leía comprometido porque me lo había regalado para mi cumpleaños la semana anterior. Le dije que era el próximo, pero contestó que ya lo sabía, sin cambiar la expresión infantil jubilosa. Sus reacciones no tenían sentido, aunque para ella sí.



Un día se había presentado en la recepción, con una amiga del Liceo, vestidas las dos para aparentar más edad y con los labios pintados, diciendo que era mi esposa. Esa tarde discutimos, y terminé por decirle que era mejor dejar de vernos. Lloró como una madre que perdía a su hijo, o como una criatura que se le había muerto la mamá; no tuve el coraje de mandarla así a la casa.
¿Me querés?, había preguntado, como admitiendo una falta sin malas intenciones. De alguna manera le terminé prometiendo que cuando terminara sus estudios nos íbamos a casar, y desde entonces venía sin anunciarse. Yo todavía no sabía si se lo había dicho en serio o para calmarla. Primero, no había plata. Además, nos conocíamos hacía tres meses.
Era noviembre o finales de octubre, la orquesta había empezado a tocar tango y, por evitar el ridículo, me senté a conversar en una mesa. Dedé era la única que no podía bailar; se le había caído la peineta y alguien la había pisado. Estaba triste. A ninguno se le ocurrió comentarme la edad que tenía.
En diciembre la había llevado a ver el estreno de La Batalla del Río de La Plata. A la salida, le dije que estaba escribiendo una historia sobre Piedrabuena, no se por qué si no era cierto; pero ella se había quedado impresionada. Evidentemente, era por eso que esperaba sorprenderme con su regalo. Se trataba de una novelita histórica, de un tal Luis Sensini que nadie había sentido mentar, salida claramente del estante de novedades. Entendí que era lo que le había alcanzado para comprarme. Me enterneció el gesto. El título no decía nada; no tenía capítulos ni, para mi decepción, guerra. La leía para distraerme, porque eso que ella transpiraba no me dejaba dormir la siesta. De noche, cuando no estaba, también lo sentía.
Tampoco era un libro tan largo, ya lo llevaba más o menos por la mitad.
Leí: “Con harta frecuencia su recuerdo ponía en blanco las hojas escritas, y cuando en mi cama me visitaba la memoria de sus besos jugosos, bruscamente tomaba los libros para recuperarme. No lo lograba”. Paré de leer.
Besos Jugosos, caramba. Me pregunté si sería cierto que trabajar los domingos lo inclinaba a uno cada vez más hacia las tentaciones, por perder el hábito de la confesión. Me dije que no la podía seguir teniendo así en mi cama. ¿Ella no se daba cuenta que podía pasar algo malo? Porque tampoco era ingenua.
La idea me golpeó de repente, como quien se lleva puesta una mamposta por la cara.
–A esa edad, las pibas ya saben lo que quieren mejor que vos y que yo.
–¿Y qué es lo que quieren? ¿Jugar a la casita? Yo mujer puedo tener; pero hija, ahora, no.

–Quedate tranquilo nomás, que ya te vas a enterar cómo son las minas. ¿Vos en qué andabas a los quince años?
–No podés comparar…

–Es lo mismo. Capaz que peor. Mi abuela tenía quince años cuando se casó con el viejo. ¿Vos te pensás que había radio en aquel momento? No había ni fútbol. La pobre le dio seis hijos, mas los que habrá perdido. Garrincha se puso serio en ese momento, con cierto aire afectado que a veces tenía. Yo recién ahora, tirado en la cama, entendía lo que me había estado diciendo. Dedé jamás me pedía permiso para tirarse a dormir la siesta. Es verdad que mujer ya era, pero los modos le quedaban de muchachita.
La miré. La falda le tapaba hasta los tobillos, era clarita y yo podía verle la forma de las piernas, la curva de los muslos. Alguna carne tenía, a parte de tanto hueso. ¿Y si era exactamente eso lo que andaba buscando? Para obligarme después a cumplir con lo prometido.
La detesté. Quise creer que no podía ser.
No entendía su pensamiento. A lo mejor lo único que le importaba era ganarle a la hermana. Yo me había dado cuenta que Fernanda ni me miraba cuando me invitaban a la cena. Estaba muy claro: a la mayor le molestaba que a Dedé se le permitiera tener novio. Si Dedé le hablaba, era solamente para pedirle que le alcanzara algo, y nunca le daba las gracias. Por supuesto que yo de eso no preguntaba nada (más que preguntar, me la pasaba respondiendo), pero igual de algún lado me había llegado que Fernanda no tenía pretendientes; sacando a un pobre infeliz con el que se había conocido, un abogado que al final se vinieron a enterar que era judío. Dedé me había contado eso, ya me acuerdo.
Fue una tarde horrible en la ciudad de los niños. Me dijo que yo tenía que conocer, pero a los quince minutos de llegar empezó con que ya se quería ir. Era una cosa que daba pena, con los pastos por el techo y lleno de bichos. El agua parecía agua servida; todo era puro calor y mosquitos. Había que esperar el colectivo siguiente, así que nos metimos en la iglesia para escaparle al sofoco. Ahí, por no tener de qué hablar, me entró a contar de la hermana.
Cuando salió de estudiar en las monjas, llevándole la contraria al padre, había hecho un curso de dactilografía en la asociación de la mujer. Trabajó un año en el despacho de unos parientes que tenían campos y loteos pasando el matadero, alquilando una pieza (según Desideria entendía) un poco más chiquita que esta; haciéndose la ocupada, decía, y visitando solamente los domingos.
A fines de ese año había finado una abuela que las dos querían mucho, que vivía en la casa con ellas, y en la cena de navidad terminaron todos discutiendo como el diablo porque alguien le había echado la culpa de todo a Fernanda, que a la vieja la había matado del disgusto por tanto dar problemas y no se qué más. Así las cosas, superado el berretín y sin marido, había terminado volviendo con la familia; lo ayudaba al padre con toda la papeleta del consultorio, se encargaba de la limpieza del estudio (así no quedaba la llave con nadie ajeno), y de paso también daba una mano en la casa.
El problema con Desideria no se cuál sería, nunca me lo contaba, aunque por lo general me hablaba como si yo ya supiera. Ese día horrible en la capilla también se había emocionado, y el cura nos había amonestado para que guardásemos silencio.
Era lindo ver cómo no se daba cuenta, y terminaba hablando rápido como los teros. Era como si ya supiera que no la iban a dejar hablar, y entonces se apuraba para terminar de decir todo lo que quería bien rápido. Por apurarse más todavía, la mitad de las cosas te las decía con la mirada, hacía preguntas retóricas y en seguida las contestaba, siempre de corrido como leyendo un telegrama de guerra. Pero después, otras veces, no decía nada y era como ser apuntado con un revólver, porque parecía que podía escuchar lo que uno pensaba. De ser descontrolada, no sé cómo, pasaba a tener la manea y hacer que me costara trabajo sostenerle la mirada.
Pensar en esa charla atolondrada que tiene me daba ganas de abrazarla, es una cosa encantadora; pero cuando ponía esa mirada me dejaba en blanco. Era una magia de mujer que no tenía frente al resto. A veces hasta le entendía lo que estaba pensando, como si además de escuchar pudiera hablarme con el pensamiento. Yo reaccionaba sorprendido pero generalmente no me equivocaba, y a ella le complacía.
Si realmente estaban en una carrera con la hermana a ver cuál era la primera en conseguir marido, entonces seguramente no estaría sopesando bien su conducta. Era impulsiva, nada más. En el fondo algo de eso me gustaba, esa manera suave de ser retobada; muy distinta de mí. Son once años de diferencia, que parecen una vida.

Desde la cocina llegaba el rumor del viento en los árboles del patio de al lado. Era la señal tan esperada de una brisa de aire en movimiento, que pronto sería aire fresco. Todo se vuelve más ligero pasada la calma de febrero, la humedad vuelve a ser soportable y los grillos cantan pero ya sin furia. Tengo que conseguirme uno de esos Vórtalex que entraron hace poco.

04 March, 2017

CACA EN LA CARA

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Los especialistas de todo el mundo no tenían nada para decir al respecto. El término más equilibrado para nombrarlo sería "fenómeno", aunque en la bibliografía de su época principalmente se usaban las palabras "amanecer", "epidemia" o "revolución intelectual y moral". De todas formas, lo de su época tampoco se puede describir como bibliografía; más bien eran algunos comentarios sueltos en las redes sociales.

Esta es una historia de la época de las redes sociales. Quién la comenzó, no tengo idea: a lo mejor fue bruce lee en 1970 cuando habló de volverse como el agua, o quizás fue eva perón, aunque lo más probable es que haya sido el profeta elías hace unos tres mil años.
No quisiera hablar de lo que no sé, pero hay que aclarar de antemano que ahora ya es tarde para tratar de abarcar al fenómeno con nuestra mente, porque el "fenómeno" terminó por contenernos y encerrarnos a todos. Ahora, los que intentan analizarlo o definirlo terminan por caerse en un infierno de metáforas sin objeto, en un loop del que solamente salen humillados y rendidos.
¿Quién había provocado tanto caos entre los humanos domesticados? ¿Era caos realmente? Algo, sin dudas, tenía que ver la caída de la unión soviética, seguro; pero más todavía tenía que ver la llegada de unos cosmonautas que nos invitaron a conocer la tierra de los cuentos de hadas a la que llamamos internet. En orden de prioridad, todos fuimos embarcando hacia ese planeta para asegurarnos cuanto antes una parcela. Charlando ahí, mucha gente se fue dando cuenta que lo que le pasaba no era ni tan raro ni tan personal.
La televisión y el cine les habían estado mintiendo. Tal vez no supieron entender lo que estaban mirando. Un sector importante y peligroso de estos eran los que se habían cansado de programas estúpidos sobre trivias ridículas que jugaban con los sueños de los laburantes, ilusionándolos con premios millonarios que nadie jamás recibía. También se habían cansado de representaciones sobreactuadas, de chimentos tan escatológicos como intrascendentes, de series acerca de médicos proeficientes, románticos policías justicieros y el sinfín de argumentos sobre huérfanos cantores con vidas aristocráticas. De noticias morbosas, de predicadores del apocalipsis que los tuteaban, de famosos en concursos de baile. De ruidosos periodistas deportivos que no lo eran, trabados en eternas discusiones que tampoco lo eran, saturados de información vacía. Y no había más paciencia, ni para el cadáver que invitaba gente al almuerzo, ni para la vieja de peluca rubia que hacía preguntas boludas.



Miraron eso durante horas, todas las semanas, cuando volvían a sus casas. Los años se les volvieron décadas. Por sobreexposición de caca en la cara, ese núcleo de disconformidad era ahora un foco guerrillero del consumo alternativo. No querían más mugre en sus oídos, en su plato, en sus sueños subconscientes, y ya habían perdido el miedo a la burla pública.
Porque, hay que mencionarlo, la imagen de alguien gateando desconcertado mientras la plebe le tira podredumbres en la cara dejaba para siempre de ser un relato del fracaso. En esta era, el verdadero escarmiento público (el que sufrieron esos adelantados que tomaron la vanguardia para enfrentarse "uno contra uno" al nuevo jefe) era el yugo de una indiferencia sin desprecio, una demostración de infinita irrelevancia que reflejaba la amenaza que esos quijoteros representaban para el nuevo orden de los tiempos: lo mismo que nada.
Entonces, lógicamente, armaron clubes. Y esos clubes tuvieron sus picas, para regocijo de los mediocres, y disputaron sus torneos imaginarios y sus batallas campales, como es saludable a todos los clubes. Fue.
Digamos, ya que estamos, que las cosas habían mejorado. La humanidad había dado un paso extraño en dirección hacia su propia felicidad, a la vez que se alejaba del iluminismo con el que se había cebado tanto de la cabeza. Por el camino de los grandes errores graciosos, de los collares de cuarzo y de los libros de autoayuda, se abría una senda perdida hacia la caída del imperio romano de occidente. De eso tenemos que hablar, claro, pero ¿por dónde se comienza una historia cuando no es desde sus orígenes? Desde sus efectos, digo yo: y eso es precisamente lo que se empezó a sentir en esta breve etapa en la que fechamos nuestro cuento.
Algo había empezado a deslizarse por fuera de los cánones del mundo, algo que al principio causó gracia porque generaba mucha incomprensión, pero que pronto se volvió más real que la realidad, y hubo que empezar a tomarlo como cosa seria. Unos chamanes peruanos habían inclinado la balanza electoral en beneficio de donald trump, un puñado de hackers enmascarados proclamaba estar persiguiendo bajo amenazas al grupo bilderberg, y lo que comenzó como una reacción contra la prohibición del topless femenino terminó en un levantamiento a escala nacional con incendios en las comisarías y jueces federales colgados de los árboles; que tuvo enfrentamientos sangrientos contra los autodenominados maestros voluntarios. El vaso de lo normal estaba comenzando a derramar desde el fondo, ya estaba pinchado, y se notaba demasiado.
Pero, de todos modos, la anomalía pasaba a ser un lugar habitable. También la muerte, aunque las reformas nunca alcanzaron el ámbito de lo doméstico, donde seguía siendo tan dolorosa como irremediable. Al menos, la nueva administración había tenido la sensatez de intentar hacer algo al respecto, más allá de saber perfectamente que no se podía hacer nada que cambiara los resultados, obviamente. El enfoque, hay que rescatarlo, demostró que el nuevo modelo tenía la capacidad de generar aportes valiosos, reasignando los recursos y adquiriendo estrategias de otros sectores; de los indios, por ejemplo, a quienes se volvió a poner de moda, tercerizados, eso sí.

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18 December, 2015

Lo zarpado

Tenía que pasarme, y me pasó. Dos vagancias, tipos grandes, uno con cara de peluche y el otro malo como un puma. Una cuchilla de cocina apuntando hacia mi hígado les sirvió para sacarme el DNI, la credencial del laburo, y una sube con veinte pesos de saldo. Después que me soltaron caminé unas cuadras hasta dar con un patrullero. Más de lo mismo. Lo único que yo quería, era que me aguantaran en la vereda a ver si todavía andaban mis cosas tiradas por ahí; pero el largo brazo de la ley estaba muy filoso para la retórica, y solo conseguí 20 minutos de amena conversación, en los que me quedó bien claro y de muchas formas que ellos no iban a hacer absolutamente nada al respecto.
Fin de la historia esa.
Doña karma me escribe un par de semanas más tarde, para avisarme que había encontrado mi documento con la credencial del diario, tirados en el piso de un colectivo. A esas alturas ya había dado todo por muerto, y recuperar las cosas fue el punto más alto de un mes apestado por asquerosas noticias electorales. Esta es tu fortuna, me dije. Y, sin embargo, estaba equivocado; porque una mucho más grande estaba en camino hacia mí.
En una esquina, apoyada contra un árbol con su inconfundible estilo arrabalero, se lucía en compañía de las de su especie. La vi de suerte, por no perder la costumbre de fijarme, pero ¿cómo no reconocerla, después de haber compartido tantas cosas? Que las cicatrices de las rodillas respondan por mí. No, trece años de compañía son demasiados como para andar confundiéndose. Claro que algunas cuestiones habían cambiado, detalles; pero todavía conservaba ese look minimalista que tanto me atrae y me enamora.
Dos años habían pasado, sin olvidarla, pero entendiendo que la vida sigue, y que de alguna forma tenía que moverme para llegar hasta donde quiero. Trece vueltas al sol las pasamos juntitos, y hasta en ese número encontré cierta fatalidad: porque sabía que ni bien me la trajera a la ciudad me la zarpaban. Dicho y hecho, duramos cuatro meses desde de la mudanza. Me reproché por no haberla cuidado lo suficiente, por haber sido un confiado de mierda; hasta que acepté que no tenía la culpa. Que, en todo caso, mi responsabilidad estaba en la inexperiencia.



Interpreté que era el precio que tenía que pagar para aprender a valorar mejor lo que es mío. Pensé, por un lado, que todo lo que existe en algún momento se va a romper; pero también que no desaparecía del universo, que solamente la habían robado, y que alguien estaría feliz encima suyo galopando como un rayo. Y de nuevo me equivocaba, porque una cosa es la realidad, y otra que no tiene nada que ver es la manera en la que la entendemos; con la moral, la justicia poética y otras formas de resignar lo que perdemos, o de justificar lo que sabemos que robamos. Pero para el que tiene la mano abierta no existen leyes, y recién cuando estuve entregado a que sucediera lo que quisiera ir o venir, recién entonces nos volvimos a encontrar. Distintos, más grandes, y en otra situación.
La miré pensando qué decidir. Le hice unas caricias por los viejos tiempos, en silencio, y el bicicletero se acercó sospechando lo obvio. La tarde que le conté todo esto, Guille me dijo que debería habérmela robado, y capaz que tenía la razón. Tal vez lo zarpado se pague con un arrojo de autodeterminación y audacia; cien años de perdón, el talión, y toda la bola.
En realidad, al final terminamos negociando un acuerdo de poca guita con el chabón de la bicicletería. Era un viejo lobo de mar en cuestiones de la compraventa: intentó persuadirme de que no era, me contó una anécdota muy a lo Fargo, en la que a él le robaban un Fiat 100 en 1988 y desde esa época que venía frenando coches en la calle para ver si se trataba del suyo. Se llamaba Ricardo, y su negocio era un huesero de bicis afanadas.
Me pregunté: ¿Qué prefiero realmente? ¿Cuál de las dos sería peor? ¿Que vuelvan a chorearme, y perder algo que quiero, o encontrarme sin previo aviso con las cosas que ya resigné de mi vida? Podría volver a pasarme, y seguramente me pase. No es sencillo enfrentarse con lo resignado, no es para cualquiera.
Porque yo ya resigné eso de llevar una vida sencilla, claramente no es para mí; como también resigné lo de sentirme una persona cualquiera, y no son cosas que me anime a volver a cruzarme en el camino. Si me las cruzo, espero estar encima de la bici, y pasarlas de largo bien rápido.
Qué linda que es, la verdad.
Menos mal que nos volvimos a encontrar.
Aunque, ahora que me fijé mejor, tiene un par de detalles que me hacen dudar.
Capaz no que sea la misma que me afanaron hace dos años.
Igual, todo bien; es una bici nada más. A nadie le importa.

25 October, 2015

No tiene nombre

Traca, traca, traca resonaba mi bicicleta a los saltos por los adoquines. Iba por una bajadita especialmente intrincada, en la soledad de la noche, para verme con un amigo en la plaza. Nos juntamos ahí a charlar de las cosas de la vida, cuando no hay gente ocupándola. Siempre vemos a la policía llegar con el patrullero cargado de nenes, los meten en la comisaría y al rato los largan. Hasta ahora, ninguna noche fue la excepción.
Estaba empezando a entender ese concepto de cuanto peor, mejor, o al menos a incorporarlo en mis cuestiones cotidianas: amigos, trabajo, carrera y otros afectos. Uno que sabe mucho, me había recordado que todo lo que perdura se forjó en la resistencia; pero a veces nos perdemos en la distancia que existe entre entender una cosa y poder reconocerla cuando sucede, así que agradecí por volver a escucharlo. Porque es verdad que todo lo que perdura se forjó en la resistencia.
Pasa que la vida en sociedad es sutil y muy compleja, siempre se miden las cosas desde los efectos que producen.
Tuve que hacer un poco de fuerza con los brazos, para despegar mi cara del suelo. A un costado, pedazos de bicicleta desparramados brillaban en la vereda. Una rueda seguía girando, o sea que no me había desmayado. El indicio de que había sido un vuelco violento y espectacular lo tuve en las expresiones de una pareja que venía caminando abrazadita, cada uno con la mano en el bolsillo del pantalón del otro. "Se mató", leí en sus caras, pero inmediatamente la de ella viró en alivio, y la de él en tentarse de risa. La bici, en el piso, había quedado como cuando se rompen las cosas en los dibujos animados, solo faltaba el ruido de acordeón desafinado.
Traté de entender lo que pasaba.
La explicación técnica sería que el guardabarros de la rueda de adelante se soltó, trabando el giro y provocando una frenada en seco que me catapultó un par de metros horizontales hacia la vereda, sobre la que aterricé con la palma de la mano derecha, la rodilla izquierda, el tobillo del otro pié, y apenas la mejilla. Un lujo de maniobra aérea. Pero lo que me estaba pasando era distinto, era una sensación enorme que me llenaba los pulmones; una mezcla de nostalgia con alegría.

·

Estaba viajado en el tiempo. El último palo que me había pegado en la bici, había sido hacía unos quince años. Los días eran más largos en esa época, y los recuerdos que me quedaban de ellos eran apenas un puñado de nociones generales, no mucho más que el argumento de una película o de un libro, como si todo le hubiera pasado a otra persona que ya no era yo. Fragmentos enteros de memoria estaban regresando: charlas, detalles insignificantes, comentarios hechos al pasar y cosas que me habían gustado cuando las probé. Especialmente, lo más extraño era el recuerdo de sentir cómo era, antes de entender todo lo que hoy entiendo; antes de ser grande.
Qué loco. Yo hacía eso de pararme sobre el cuadro de la bici, como un equilibrista. Claro que en esa época pesaba 35 kilos. De vuelta la presente, el adulto y el niño estaban mirándose los ojos, y ninguno sentía vergüenza ajena.
Quise definir el golpe que me había dado. No era un palo, porque eso implica chocar contra algo; ni tampoco una piña, porque eso es cuando te la das contra alguien. "No tiene nombre", decidí: era un choque de mí contra migo mismo.
En la comparación, el futuro en el que estaba viviendo me parecía asombroso: no solo desde la tecnología, que desbordaba los límites de mi imaginación, sino en lo que había hecho con mi propio destino. Parecía casi una joda cómo terminaron siendo las cosas, y no pude evitar reírme, ahí tirado en la vereda, a media noche.
Comprobé que no estuviera sangrando, y me paré de nuevo. Como siempre, las apariencias engañaban; entendí que no pagaba un precio demasiado alto por lo que estaba recibiendo. Alcanzaba con verme para burlarse.
Cualquiera diría que era un tarado.
Ni siquiera me dí cuenta en qué momento me la puse. De chico, cada vez que volaba en la bici era como un momento matrix. Tenía, de nuevo, cada detalle en la cabeza; como un sabor que me llenaba la boca, o como la caricia de alguien que volvía. Era una experiencia física y espiritual, inducida por la reunión entre ciertos adoquines muy zarpados, y el puto del guardabarros traidor de la rueda de adelante, que hace mucho tendría que haber tirado a la mierda. Casi me mata, pero lo de aprender de las caídas nunca había sido tan literal ni tan pragmático.
O capaz fue ese golpe en la frente, no lo sé.
Junté los pedazos de bicicleta, y me la llevé andando en la mano. El viento movió unas hojas, y flashé que me corría un perro. Claramente estaba aturdido. Me distraje del dolor con el recuerdo de una mano que jugué en un campeonato de truco, en sexto grado; podía acordarme qué cartas me habían tocado, pero no tenía manera de demostrarlo, ni nadie cerca para contarle.

16 September, 2015

Guatemala


Me escuchó atentamente, ni con interés ni con recelo, sino con atención; distinto de los burócratas locales, que te miran por encima del hombro, acostumbrados a que la gente se les acerque solo para mendigarle algún favorcito, algún gesto de amiguismo con el que sentirse congraciados de por vida. Le expuse mis intenciones, las conversamos, y me dio su tarjeta. Me pidió que le enviara un mail recordándole todo el asunto por escrito, porque tenía ganas de facilitarme alguna ayuda.

-¿Es muy complicado conseguir la residencia cubana? -quise saber.
-Y, te tienes que casar con una cubana.
-En principio, eso no sería ningún problema -respondí con media sonrisa.
 A mi edad, mis viejos ya tenían dos hijos que sabían escribir; el más chico su propio nombre, y el más grande ni idea cuánto. Dentro de un par de años, superados los treinta, se que esa cifra me va a dar vueltas por la cabeza en mis habituales noches de insomnio; y qué bien que me vendría tener a alguien al lado para amortiguar el aislamiento.
"Casado con una cubana", resignificaba la connotación oscura y fría de "casado".
 Miré hacia adelante, en mi futuro; y sentí que la vida era como una pila de monedas que vamos armando, más o menos derechita, en función del cuidado que se le ponga. Uno puede ser desdeñoso y, con la perspectiva del tiempo, se empieza a notar en qué puntos faltó atención, dedicación, prolijidad... Pero al final, todo crece hacia arriba, como el tetris, cada vez más rápido; buscamos acomodar lo mejor posible las cosas a medida que se nos vienen encima, sintiendo el frenesí de una música que al principio era divertida, entendiendo finalmente que, por bueno que seas, no es posible para nadie sostener lo efímero, ni para siempre, ni por mucho tiempo más. El juego se termina cuando llegás hasta arriba, y el que juntó más puntos se gana el privilegio de ponerle su nombre al primer puesto, hasta que llega otro y se lo saca, y así.
 La gilada.
 Dentro de poco voy a decir "basta", y me voy a dedicar a buscar las cosas de la vida que me hacen latir el corazón. Basta de juntar puntos, basta de pensar en el primer puesto como la gente del cardumen. Jesús dijo que había una vida mejor por llevar, y es lo que me interesa; porque yo también veo que es cierto.
 Ni cabida.
 Eso es lo que me iría a buscar a Cuba. Nunca necesité demasiado, pero ahora entiendo que siempre fue mucho más de lo que creía. En un futuro, quizás me toque proveer a mi familia; y si ese es el caso, creo que las mejores oportunidades las voy a tener en un país que, con menos plata que Haití, tiene la mejor salud pública del mundo entero. Eso habla de un profundo respeto hacia la vida.




 Allá nadie se ríe del anarquismo, porque es lo único que queda a la izquierda del gobierno. Y, sin embargo, se acercan infinitamente al sueño de Malatesta: un mundo en el que las únicas penas, sean las penas del amor no correspondido.


"Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador;
él volvió con su mujer,
ella se murió de amor".


La niña de Guatemala. Tal vez no haya muerte más dolorosa, porque el amor no mata realmente. Decimos que la otra opción sería rendirse, Pero, ¿cómo es rendirse? ¿Cómo es dejarse caer hasta que todo se termine, sin tratar de intentar nunca nada, aunque solo sea un último manotazo de ahogado? Así sería: como un tetris. Riéndose, angustiándose: sufriendo las leyes del dharma, cantando Sinatra.
 Siento un poco de lástima por esos empleados de la oficina que me forrean cuando paso a cobrar; son unos ñoquis miserables pero evidentemente creen que porque se encargan de agilizar la firma de un cheque a mi nombre una vez al mes, les debo un tributo de simpatía sumisa o algo así. Nunca me termina de asombrar lo equivocada que puede llegar a vivir la gente, lo fácil que se agachan cuando tienen miedo, y lo poca cosa que resultan ser a la hora de hacerse respetar frente a alguien más poderoso. Les gusta fingir que no escucharon, hacer como que no vieron; reírse, porque la realidad es muy pesada, y exhibirse, porque la vida es muy corta.
 Y viene este burócrata cubano a decirme que "la mayor parte de la humanidad es buena, es noble". ¿Hablaba de la misma humanidad que mira a su nación con malos ojos, sin fundamentos y solo porque sí? ¿Para qué me dijo eso? ¿Qué me quería vender? Nunca le mandé ese mail. Hace como 60 años que no le venden nada a nadie, claramente están fuera de práctica: acá la onda es diferente, hay que promocionar a través del miedo, el humo, y la paranoia.
"Yo que no creo -anotó Macedonio Fernández- en la muerte de los que aman, ni en la vida de los que no aman, te digo lo que no me oirás nunca, y que ya sabes: que es imposible que no seas feliz". Eso es verdad.
 Salí de la depresión maniática en la que me pasé los años perdidos, que fueron los únicos realmente indispensables, sabiendo que eso era cierto; y, de yapa, pudiendo entender los papeles de Recienvenido. Ahora las cosas van y vienen, como siempre; pero de a ratos me gustaría tenerme en frente para abrazarme y darme un beso, porque me parece que me lo gané. Tal vez en un par de años alguna cubana se encargue de hacer eso por mí. Las cosas nunca dejaron de estar mal, y en cierto sentido están peor que nunca; pero hoy siento que voy en un velero, y que ya es imposible que no sea feliz, no importa lo que me pase en la vida.
A todos nos toca decidir si la vamos a pelear o no.
Y a la gilada, le ya está dicho: ni cabida.

29 July, 2015

Mi novia es más linda





-Chabón -dijo, acomodando el monitor para que viéramos mejor-, es increíble lo buena que está esta mina.
-No pude más de linda.
-Encima ahora que cortó con el novio, anda medio entregada.
-¿Posta?
-Posta.
Giré el cuerpo para ver de quién hablaban. La gata se me había dormido encima, en una contorsión rebuscada. La chica salía con cara de no estar pensando en nada, como esos modelos masculinos en las publicidades de zapatos que vienen en las revistas de chimentos, con el obligatorio puente de puerto madero de fondo.
-Mi novia es más linda -comenté con desinterés, para molestarlos.
Julián puso cara de indignación, y volvió la vista a la computadora.
-¿Pero vos viste ésta foto?
Era una pregunta retórica. Uno de los chicos comentó que deberían prohibirle tener redes sociales porque era violencia de género contra los hombres, y nos reímos.




El agua va del mar a la montaña, y baja con la lluvia. Nos desesperamos para que las cosas cambien, pero también queremos que la vida sea como una foto. Hacemos de todo con tal de parecernos al resto. Para diferenciarnos del resto. Claro, también necesitamos ser diferentes y tener algo para contar, o prometernos aquello que no entra en nuestro rango.
Y nos divertimos con lo que inventamos.
Somos los animales que mienten.


-Cuando tenga plata, me voy a comprar un caballo.
-Me extraña.
-¿Qué te extraña?
-De vos. Que digas eso.
-¿En serio?
-En serio.
-Qué raro. Pensé que me conocías.


Lo más cálido del trato. Lo más íntimo de lo cotidiano, toda esa comida compartida, y un lugar en sus planes de futuro. Eso se va: queda la cordialidad en el saludo. En los mejores casos.
Siempre me digo que no tiene nada de malo. Incluso cuando intento, no consigo recordarlo. Será que mi corazón está más liviano. El estado de ánimo vuela como una bolsa de nylon arrinconada contra dos paredes, la familia y los amigos se dan cuenta y sonríen condescendientes. Yo sencillamente no funcionaba más.


Al final era verdad que iba a recibir algo invaluable. Con el tiempo ya no importa quién lo sepa o no lo sepa. Vale lo que cuesta conseguirlo, sirve lo que se tarda en alcanzarlo. La vara que nos mide, es con la que nos pegamos. Pero lo más extraño de todo es cuando pensamos que tenemos el derecho. No lo tenemos. Vamos a bailar, salimos a comer. Tildamos de antinatural lo que nos molesta, de injusto lo que no nos conviene.
Y creemos que somos agnósticos.
Nos adaptamos rápido las opiniones mayoritarias porque necesitamos estar de acuerdo, encontrarnos en el otro, sentirnos acompañados. Tenemos pánico de lo que pueda ocurrir cuando se terminaela obra, un miedo irracional que alimenta al monstruo de la ansiedad, que engendra vicios y adicciones. Porque si un árbol se cae en el bosque y no hay nadie para sacarle una foto, entonces ni hubo árbol ni hubo tal bosque.
Pero lo que sí hay es un miedo más grande: el miedo a quedar mal parados, al bochorno, a ser una burla; como si todo el tiempo estuvieran a punto de escribir sobre nosotros en wikipedia, criticar nuestros actos, debatir nuestras vidas.

-Cualquier chica te puede querer.
-¿Y vos?
-Yo te quiero.
-¿Entonces?
-Es complicado.
 Le di la razón. Hay una excelente vida sencilla a nuestro alcance y sería una pena dejar pasar esta oportunidad única en la historia. ¿Para qué conflictuarnos tanto, a cambio de qué? Porque nunca pasa nada. No vinimos al mundo para complicarnos la existencia sino justamente para comernos al mundo. Para la sencillez de los placeres sensibles. Que nuestros nietos, si es que los pobres desgraciados llegan a existir, encuentren mejores respuestas al enigma de la asimetría; ahora es nuestro momento para ir a bailar, para salir a comer afuera. Pero qué lindo si un día, casualmente, ya no hiciera falta patear el peso del mundo para adelante. Si un día ya no tuviéramos que preguntar ni prometer, ni arrinconarnos contra una imagen de perfección ni sacarnos fotos con cara de nada en el medio de un bosque deshabitado.

20 July, 2015

Comela


¿Viste cuando soñás que estás en el colegio, y es de noche?
Es como cuando se te ocurre algo, pero no tenés a quién contárselo.
Lo vas a entender si alguna vez fuiste al cine y adentro no había nadie.
Ponele que sabés lo que se siente no tener plata.
Estar en el desierto.

Era como esconderse, para que no te fajen. Y sonreir.
Como seguir caminando, para que no te la busquen; porque es así.
¿Me estabas hablando? Claramente.
Ponele que a las palabras se las lleva el viento.
Vos dirás, "Pero habíamos quedado en vernos a las cinco de la tarde".
¿Cómo es que nunca te preguntaste nada de todo esto?
Ese es el broche de oro.

¿Y lugar para mí no había?
-No, te lo tenías que hacer vos.
Pero a qué precio.
"En realidad, todo te lo tenías que hacer vos".
Ponele que la puerta está abierta para que hagas lo que más quieras.

El tema es el Thelema.
Mientras haya personas, y tengan tiempo.
¿Y la escuela? ¿Y el trabajo?
¿Y esas cosas que nunca hablamos, pero que los dos sabemos?
Bueno, al final no era para tanto.
Era pura publicidad, o maldad de la época.
Fábulas para las moralejas.
Terapeutas para las bolsas de arena.
Comela.
¿Entendés lo que te queda?

La felicidad de una tarea bien hecha.
Una estrellita en la frente, o un dibujo en la heladera.
Jugá conmigo. Reite de mí.
Escondete para que te busque.
Dame otra oportunidad.
O mejor no lo hagas.
Gritando hasta que se te vayan las ganas.
Pero después no te enojes.
O enojate.

Tomó un trago largo y me dijo:
"Nene, ya estamos grandes".


~

03 July, 2015

Antes tenías música

Saliste confiado, como siempre; y como siempre, te arrepentiste a la media cuadra de no haber traído la campera abrigada. Pero te importó más que venías usándola hace un par de semanas y ya no daba. Mirá si justo te cruzabas a alguien.
Tu bondi es el de la prole, lo sabés: vas parado, volvés parado, y siempre lo esperás como una hora. Te preguntás por qué los policías no pagan. En realidad sabés por qué los policías no pagan: lo que te preguntás es cómo a nadie pareciera llamarle la atención y por qué nunca es tema de conversación en ningún lado. Te preguntás si de verdad te importa, o por qué te molesta. Si es por la guita o por lo que implica. Hacés un cálculo estimado; sos obsesivo compulsivo, igual que el resto.
Vas a llegar tarde, y es lo común. Ya casi ni vas, y cuando vas llegás tarde. ¿En qué pensás? En cualquier cosa, menos en lo que te está pasando; por eso te comés el viaje de que te clava un puntazo el cabeza que estaba revisando la basura en la vereda, cuando encaraste la esquina con las dos manos en los bolsillos del pantalón como si se te fuera a caer porque estás demasiado flaco. Lo miraste de reojo, y eso no se hace. Es una falta de respeto, una muestra de desconfianza; él solamente lo hizo para entretener al hermanito, que cuando sonríe se nota que está cambiando los dientes. Te reís porque tiene un gorrito de Boca; te acordás de ese amigo que te dijo que uno de cada cinco nace con el gorrito de Boca puesto. A nadie le importa. A vos tampoco. Ellos están acostumbrados a revolver, vos a comerte el viaje, la gente a no dar pelota, los amigos a burlarse, y los canas a no pagar el bondi.
Entrás y los asientos están llenos. Son quince personas, se atiende por orden de llegada.


Esperás. Pensás pavadas, lo mismo que nada. Me quiere, no me quiere, etcétera. Antes tenías música; pero ahora estás mejor porque ya no sufrís por cada cosa que pasa ni te desgarra la ansiedad de tener que esperar treinta y cinco minutos en una sala llena de pacientes sumergidos en un silencio con suaves notas de resignación, roto por algún que otro catarro esporádico. Ya no te asalta ese pánico del último minuto que te obliga a revisar la mochila y confirmar que tenés todos los papeles, que no te los olvidaste arriba de la cama mientras te praparabas para salir. Cultivaste algo de confianza, o capaz al fin estás creciendo.
-¿Hola? -te saluda, con una sonrisa amable, las cejas levantadas, los ojos verde oscuro. En el instante que te quedaste sin reaccionar te preguntás varias cosas: si tu sonrisa fue causa o consecuencia de ella, si esperaba que la saludaras y le causó gracia que no la reconocieras, o si no te reconoció y solamente le pareciste un tipo extraño. Incluso te preguntás si las sonrisas no se dispararon antes del pensamiento, automáticamente, como parte de esa ropa social que nos enseñan a llevar en público y con la que intentamos manipular las situaciones a nuestro favor, leyendo con la mirada lo que intentan ocular las otras personas.
Pero no te reconoció. Si le hubiera dado vergüenza... no, nunca fue de tener vergüenza. Su forma de ser era así. Le alcancé los papeles, le expliqué mi tratamiento, mantuve una actitud seria y ella también se puso en adulta. Prácticamente no intercambiamos palabras, porque al instante apareció un médico desde atrás de un biombo gritando mi apellido y ordenándome que lo acompañara. No existía la posibilidad de que no reconociera mi apellido. Se estaba haciendo la que no me conocía. Genial. Ya habíamos hablado demasiado, cuando teníamos catorce años, y ella me había regalado un diálogo memorable.
En la escuela nos pedían que no comentáramos el tema. En la calle habían volteado un colectivo y lo habían prendido fuego; hubo muerte y violencia. Las únicas noticias medianamente creíbles nos llegaban por radio, y hablaban de un presidente nuevo cada doce horas. Estábamos en el aula y yo dije por decir que había gente tan pobre que lo único que tenía era plata. Repetía una frase hecha que seguramente le había escuchado a mi viejo en casa. Ella era buena, y por su mirada entendí que me compadecía, como si le preocupara que fuera demasiado ingeuo para sobrevivir en esta vida. "No", me corrigió, "pobre quiere decir que no tenés plata".
Lo hizo con su cara de inocencia, que era realmente inocente. Era católica y, salvo porque yo la trataba de tonta, me respetaba y me valoraba como compañero. En su cabeza no había lugar para demasiadas variables pero jamás me trató con los prejuicios típicos del curso. Ahora atendía en una guardia. Su familia tenía plata, montones de plata, ¿qué hacía trabajando en ese lugar? Yo lo sabía: estaba cumplido con su palabra. Ella quería estudiar medicina. Su nombre no estaba en la puerta pero igual se sentaba ahí, atendiendo a las personas, aunque solamente fuera en la mesa de entrada. Había reaparecido en mi vida para mostrarme que ni siquiera fui mejor que ella. Yo apenas iba porque necesitaba los retrovirales, pero jamás tuve el impulso de ofrecerme para hacer un voluntariado.
Es cierto que su vida le permitía despreocuparse de la subsistencia, que ya tenía resuelta por todas las generaciones futuras, pero podría haber estado en una pileta o en un hotel de Mallorca. El problema es que ella prefería eso y a mi sobervia de cínico terminal no le entraba en la cabeza por qué.
¿Todavía quedaba algún espacio adentro mío, para escuchar lo que me decían? ¿No estaba todo rígido, atado, y yo tan prepotente que pensaba que ya entendía cómo era el mundo? ¿Te acordás cuando me dijiste que todo hombre inteligente piensa cada tanto en su propia muerte? Al final solamente me quedaron esas frases hechas: las recibí con orgullo como parte de una herencia que ya veo de qué me sirvió.
Camino solo, por el camino del orgulloso, que es un jardín lleno de estatuas sin nombre. Ahí se vive, libre de sorpresas, ni triste ni contento porque eso no es lo que hacemos los hombres inteligentes.
Despertate.
Lo único que te habías propuesto en la vida fue ser humilde.
Y no te salió.
¿A quién le vas a seguir dando clases de qué?
¿Quién te pensás que sos?

18 June, 2015

¿QUÉ ERA?

Tenía diecisiete años, estaba parada en silencio, frente a la multitud, y sosteniendo la bandera que le habían puesto en las manos para que se supiera que ella tenía el mejor promedio del pueblo. Estaba acostumbrada a estos rituales, a la mirada del público y al aburrimiento analgésico que se prolongaba como el cielo nublado del otoño. Las palabras del intendente le llegaban con un eco deforme, lacónicas. Ya no se gastaba en sonreírle. Cuando todavía tenía amigas, la bandera había sido causa de expectativas, vanidad y rumores con su nombre, pero ahora las chicas solamente susurraban que ella estaba poseída, o hipnotizada.
La tarada con las mejores notas. Lo único que pensaba era que ya le faltaban pocos días para volar hacia la ciudad. El pueblo era demasiado, no sé, cobarde como para perdonar a cualquiera que tuviera algo entre el pecho y la espalda. Y su conciencia estaba en otro lado porque generalmente no la necesitaba. Pasaba las tardes fantaseando con algún hombre que le atara las muñecas a la cabecera de la cama. Estaba aburrida, ese aburrimiento empezaba a dolerle y entonces lo único que podía esperar era a cualquiera que llegara para sacarle el dolor pero sin preguntarle nada, sin pedirle explicaciones porque tampoco tenía nada para decir sobre el tema.



Pensó que iba a extrañar a su perra, una siberiana que traía el palo cuando ella lo tiraba. Se dio cuenta que un hombre la estaba mirando. Era un policía, no tanto mayor que ella, pero el uniforme y el corte de pelo hacían que perteneciera al mundo adulto. Le sostuvo la mirada, conteniendo sus gestos y expresiones, como si llevara pintada encima de la suya la cara de un sarcófago. Sintió una ráfaga de vida por dentro, porque todos miraban hacia el frente pero ella lo hacía en la dirección del público, hacia ese chabón y era como estar desnuda frente a la multitud.
¿Qué era? Electricidad. Lo que se siente en la piel y en las tripas cuando pasa exactamente lo que tiene que pasar, aunque sepamos que no debería estar pasando, o tal vez precisamente por ello. El susurro de lo real: sentía como si hubiera peces nadando adentro suyo, por todas partes.
El viento que alivianaba el peso de la tarde y el rebote del sonido contra los muros de la iglesia la devolvieron a la realidad. Abandonó los músculos de su cara al control de la gravedad, mientras se sumergía en un sueño diurno: ella era ella, el pueblo era el pueblo, y la estaban quemando en la hoguera. No podía moverse ni gritar, ni tampoco lo intentaba. En la mirada de la gente había curiosidad y culpa, y así pudo entender quién era, y por qué le tenían miedo.

02 June, 2015

No existe el crimen perfecto

 La otra identidad era la de un pájaro enjaulado.
 Como de una pistola, me había escapado de todo lo que conocía y me aseguraban.
-Es un maneje -me dijo.
-Es un maneje -acepté, y la ví rascar el Zippo contra su rodilla.
Pensé que nunca se sabe. Hay días mejores que otros, y existe la suerte. Además, teníamos todo para ganar: las ideas, las palabras y a la gente indispensable en el bolsillo.
 Era falible. Pudieron madrugarnos, pero fueron muy lentos. Nos habían estado presumiendo una pila de esas cosas que no cambian nada; reglas del oficio, tecnología de antes, política de fierro. Se habían dejado el piyama puesto por demasiado tiempo, sabían que en la correlación de fuerzas solo tenían su montón de plata para negociar.
 Tenían miedo de perder sus privilegios.
 Y los iban a perder, porque esa es la ley de la vida: tenemos que morirnos para que la especie perdure y se adapte. La raza de los que mandan se hace lugar a sí misma.
 El tema era que había demasiado sobre lo que pelearse; y no estamos hablando de la clase de gente a la que le importa si alcanza para todos o no. Había un espíritu deportivo, algo espartano dando vueltas. Claramente, no lo iban a entender por las buenas; ese fue nuestro error. En realidad, yo ya lo sabía. Lo sabía, pero no me había prevenido con ninguna garantía, o un respaldo; que es lo mismo que admitir que no lo sabía. Pero decir que no lo sabía, sería mentir; y yo no miento, porque es aburrido.
 Y, a parte, mentir era de lo que ella se encargaba.
 Así fue como nos conocimos. De hecho, yo le compré lo que me estaba vendiendo; pero ella fue buena (u otra cosa, que tuvo las mismas repercusiones) y se apiadó de mí. La relación fue creciendo, no gracias a la confianza, sino a la afinidad. O la compatibilidad. O la necesidad; no estoy seguro.
 Otra cosa que ya sabía, es que no existe el crimen perfecto. Es decir, existe, pero no es un crimen; es tenerla clara. Ese camino nos conducía hacia una situación en la que no podíamos exteriorizar nuestro orgullo. Incluso entre criminales, tampoco éramos lo que se dice un guante blanco. Porque una cosa es que el ladrón crea que son todos de su condición, pero yo ya empezaba a sentirme como Lupin III. Improvisábamos mucho, dejábamos huellas y teníamos un estilo por el que estaban empezando a reconocernos: nada de lo que es bueno para negocio.
 -¿Vamos?
 -Deberíamos. ¿Ésta camisa está bien?
 Depositó su ojo de rapiña sobre mis detalles.
 -Perfecto -soltó, como si fuera algo malo, y me desabrochó el botón del cuello. Después resopló, evitando intencionalmente que nuestras miradas se cruzaran. En su resoplido se translucían un millón de pensamientos irresueltos:
 -Yo manejo -decretó.



23 April, 2015

suerte con eso

-Chabón, ¿qué te pasó?
-Se me vino el mundo abajo -contestó, con esa elocuencia pretenciosa que nos molestaba a todos, y de la que no conseguíamos separarlo ni cuando lo ahogábamos en vino.
 Me agazapé para estar a su altura, cuidando de no embarrarme con la vomitada:
-¿Querés agua?
-No... -se enderezó contra la pared e hizo una pausa, hasta que se le pasó el mareo-, dame un pucho.
-Mejor nos corremos de acá -dije, señalando el vómito con un gesto de la cara.
-Bancá, ni bien pueda me levanto.
 Dudé un instante. Se había roto el pantalón en la caída y le sangraba la rodilla.
-Bueno, te busco un vaso de agua y vuelvo, ¿dale?
 Giré y me alejé en dirección a la puerta, desde la que venía la música. Yo también estaba en pedo.
 Soltó una voz que me pareció lastimosa:
 -Pará, no me dejes.



Volví a girar para mirarlo. Nos quedamos en silencio.
-Yo... -empezó-, no sé, qué se yo; todos me miran como si fuera un enfermo. ¿Es tan raro lo que me pasa? Estaba escuchando la radio, de repente aparece un tema buenísimo, y después vuelve la porquería de moda que no tiene nada interesante. Es natural que me quedara con ganas de escuchar el disco entero, ¿cierto?
 Estaba tan oscuro que no podía verlo, pero supuse que sus ojos brillaban.
 -¿Cuánto tiempo pasó? -le pregunté, sin ganas. Tampoco éramos tan amigos.
 -Seis meses.
 -Seis meses ya... Bueno, cualquiera de estos días te vas a levantar y no te vas a acordar, creéme.
Sacudió la cabeza con lentitud, negando pesadamente:
 -Pero yo quiero acordarme; yo necesito acordarme de todo -se rió-, es lo mejor que me pasó en la vida.
 -Nah, eso no es cierto -supuse.
 -Creo que sí, no se me ocurre otra cosa. Intento pensar en cosas buenas que me van a pasar, pero no aparece nada. ¿Sabés qué flashé?
-¿Qué?
-Agarrar una noche, y salir solo. Ir a donde nadie me conozca, y ver si consigo olvidarme un rato de Julia. Capaz el problema es que cuando los veo a todos, medio que me la recuerdan.
-Capaz -asentí.
-Si... alejarme un poco ¿viste?, y olvidarme por un rato.
-Suerte con eso.
-Te parece que no va a funcionar -lo dijo con más enojo que resignación.
-Ni idea. Igual está bueno, yo que vos lo intentaría -concilié.
 Se puso a tararear la melodía de fondo. No se cómo la escuchaba, yo estaba al lado de la puerta y no había reconocido el tema. Pude ver el vómito en el piso; era una lanzada con equilibrio estético, pensé que se parecía a una pintura de Pollock: había algo de rojo, naranja y amarillo; y los largos grumos de brownie le aportaban líneas negras de distinto trazo.
-Che -se interrumpió, en cualquier punto de la canción.
-Decime.
 Largó un suspiro largo:
-Nada, dejá... ¿no tenés un pucho, no?

12 February, 2015

MUCHA PIROTECNIA



Entonces la espada se hamacaba al compás de la cumbia como el huevo sobre el muro y los mortales temieron por los riesgos hasta que del otro lado del océano vieron que había empezado una fiesta donde la palabra permitido no existía. Eso fue hace miles de años, y vos ya estabas ahí. La leyenda cuenta que peligro y libertad van de la mano, porque tienen una relación íntima desde hace mucho tiempo. Dicen las viejas que él le pegaba porque ella le mentía. Parece que se gustaron a primera vista, y siendo los dos histéricos y celosos tuvieron que elegir entre separarse, o alejarse juntos del resto. Y se embarcaron hasta el país que cruza los hielos, pero luego unos gordos caballeros dijeron que ella les había firmado papeles verdes que significaban el divorcio, y desde entonces él tiene orden de restricción, pero nunca dejaron de gustarse y todavía si te juntás con alguno de ellos, el otro aparece para mostrarte que siguen dándose besos besitos.
Fue cuando se dividieron las partes del año en dos, y no exagero si digo que armaron grandes quilombos. En esa época todos miraban Ritmo de la Noche, porque los milicos. Ahí se descubrió que la fama era a la gloria, lo que el brillo es a la luz. Grandes notarios accedieron a la inmortalidad de los laureles redactando en prosa y rima las crónicas de los pormenores ajenos. No eran malas rimas.
 Pero sus días estaban contados. Desafiaron a la familia grande, y pronto no quedó quien no hubiera sentido hablar del tema. El casado casa quiere, ¿cierto? así que se escaparon los dos juntos.
Y el amor estaba celoso de ellos. Un pelotudo dijo que es ciego y la locura lo acompaña; la verdad es que aquellos señores de panza con billetes le prometieron al amor que alejarían a la libertad del peligro. El amor lo compró todo, lo vendió todo; porque no piensa con la cabeza.
Fueron momentos difíciles y entretenidos.
Pero lo que importa es que te vi; esa eras vos en la montaña quemando los restos de un naufragio, y entonces un libro se cerraba, otro empezaba, y nada iba a ser comprendido por las antiguas teorías racionales para las que ya se había inventado el lenguaje en el palacio del mono.



 
Estoy hablando de otro momento diferente, sin el cual resulta casi imposible entender nada. Al parecer, una mano firme había destapado el frasco de la imaginación. La radiofonía sin hilos se había encargado de extinguir a los nahuales en los bosques, y el sol brillaba veinticuatro horas por día para que esa canción que estaba de moda sonara y no parara de sonar en los pocos países que disfrutaban de un inmerecido período de entreguerras. Los engranajes llegaron para quedarse, como una constante integrada a la mentira fundamental que gobierna las acciones cotidianas: el alma del trabajo. Hubo que festejarlo con pirotecnia.

Mucha pirotecnia.
En esta época el Amor tenía una aventura con la Libertad. Fue lindo pero todo terminó cuando ella se enteró que estaba embarazada, porque no se sabía quién era el padre. La Prensa chismosa especuló con el Amor y el Peligro, pero la verdad era que este hijo lo había tenido con el Demonio de la Ciencia, cuando usaba el pseudónimo de Secreto en las fiestas de disfraces. El hijo fue abandonado y nadie lo quería. Se llamaba Virus. Pero, claro, siempre habías sido compasiva y te encariñaste con él.
El amor, el secreto, la libertad, el peligro y la ciencia. Eran todos igual de culpables de que te fueras, y no pasa un día sin que los odie.

01 December, 2014

Algo para quemar



Yo no debería estar en la calle. A veces creo que lo mejor sería internarme. No es que me sienta particularmente peligroso para mí o para el resto (o capaz que sí), sino que me preocupa esa convicción de estar viviendo lo último de cordura que me queda. De sentir algo vivo adentro.
Desde que tengo memoria fui consciente de ese límite, esa constante a la que han llamado el borde del vaso, y supe reconocerme y medirme en su distancia. Ahora esa presencia habita mi cuerpo, y a medida que la espera se acorta, puedo escuchar (y entender) a las voces. Y de alguna forma, está todo más claro. Pero no soy una bomba de tiempo.

Es algo que podría haberme sacado cualquier médico. No quise, no lo quise. Tuve pánico a que me intervinieran. Preferí esconderlo todo antes que mirar cómo me cambiaban, mientras mis ojos deambulaban por el mundo buscando algo para quemar. Sonreía, mientras tanto, y respondía siempre que sí. Aguanté la respiración lo suficiente, y superé los exámenes de aptitud (o mediocridad) necesarios para no levantar sospechas. Pero no era una bomba de tiempo. Era, más bien, como el furor constante de un fuego blanco sin llama; una radiación antinatural, que lastima lo que toca sin dar ningún calor.
Abandoné la cordura de joven, como quien pierde la fe. Desde entonces, fingí sostenerme en un punto medio. Ahora mi hipocresía cuelga de un hilito, y no me da miedo; lo que me preocupa es saber lo poco que hace falta para que un hombre se rinda ante alguna de las muchas formas de locura que lo acechan.
Habito con un pié en la tierra de los enfermos; la locura tiene lo irreversible de la muerte, y eso lo sabemos todos. Pero tampoco abandono (o resigno) esta vida que conozco, las convenciones sociales. Acá nunca tuve lugar, allá me están esperando. Y todos los días que pasan, resisto con más o menos esfuerzo (con más o menos ayuda) la tentación a ceder por sentir que lo único que me retiene es la cobardía.

22 November, 2014

Otras Cosas

Desvió la mirada y permaneció en silencio. Escuchaba su corazón por encima de la música del bar. Estiró el brazo sobre el sillón para rodearla por detrás de los hombros, ella lo miró, y fue ahí cuando se besaron por primera vez.
Después de algún tiempo juntos, la nostalgia comenzó a fagocitarla. Los intentos de conversar fracasaban. Cada vez más seguido, hablaba de extrañar, de haber perdido aquello con lo que había llegado. Dice el Tao Te Ching: “irse es la vida, volver es la muerte”. Él intentó explicárselo, le dijo que volver a su pueblo, con sus viejos, no era la solución. Que podía hacerlo, pero que cada uno tiene que encontrar su propio camino, y que responder a la necesidad de los demás, por mucho afecto que les tengamos, no garantiza la felicidad propia. También le dijo otras cosas, pero nunca supo si las había escuchado.


Transcurrido cierto tiempo, terminó por aceptar que quizás lo que ella necesitaba realmente era regresar. Quizás (pensó) le faltaba recuperar la sensación de su adolescencia, caminar por la vereda del colegio: cerrar las heridas. No lo sabía. Tampoco supo cómo tuvo la fuerza para ayudarla a empacar, para acompañarla hasta la estación y saludarla con un beso.

14 November, 2014

Perfecto

-Un poco arriba del caballo, ¿no te parece?
-Y, estamos en el año del caballo.
-Claro, tiene sentido. Capaz vos deberías empezar a creértela un poco más, y listo.
-Capaz. Capaz todos deberíamos hacer lo que hacen los demás y seguro así mejoran las cosas.
La conversación se me iba para lo tedioso.
-Vos esperás demasiado de la gente. ¿Cuándo te vas a resignar a entender que son todos unos hijos de mil puta?
-Ni bien pueda.
A ninguno de los dos nos causaba gracia la discusión. Ella me comentó, o más bien dijo al aire:
-Nadie quiere cambiar esto.
-Por cagones -exploté-, porque nadie está bien así.
El teléfono tenía cuatro llamadas perdidas y un mensaje. ¿Podría ser cierto que estuviéramos todos enamorados del espejo? Lacan se daba cuenta y lo decía, o alguien que transcribía sus balbuceos creía que lo decía. Yo solamente podía sentir asco. Lacan también decía que el sujeto se identifica con el deseo del otro, de un otro que aparece como la imagen de completud y de competencia.


No resisto la repulsión de ver a la mayor parte de la gente invirtiendo su vida en ser como alguien más, queriendo disolverse en la pertenencia de los grupos, de los clanes y los clubes, despreciando lo que tenemos pero sin animarnos a pegar el salto por miedo a perderlo. Soñando y construyendo una existencia vacía, fabricada para el olvido.
-¿Otra vez con ese disconformismo retórico?
-Dejame en paz.
-Sabés que ese todos no existe, ¿cierto? Sabés que estás hablando de gente con nombre y apellido.
Me quedé mirando el techo.
-¿Entonces qué te pasa? ¿Vas a volver a como estabas antes?
-No entiendo qué opciones me quedan.
-O sea que sí. Perfecto. Seguí culpando a la gente. Claramente es lo que te hace falta.
Suspiré. Pocas personas nos quieren lo suficiente como para decir lo que no queremos escuchar, pero que necesitamos como el agua. Está la gente que disfruta encontrando algo que pueda lastimarnos, sobran esos miserables; pero quienes se arriesgan a perdernos por decirnos la verdad son los realmente incondicionales.